En el refranero español hay gran variedad de dichos para el quinto mes del año. Así se dice: «Mayo entrado, un jardín en cada prado» o «Mayo florido, en flor el olivo y granados los trigos» y también: «Agua de mayo, pan para todo el año». Pero mayo no sólo es un mes especial por las flores o por el tiempo atmosférico que presagia las buenas cosechas futuras sino que también lo es por la celebración de las comuniones.
La Primera Comunión es uno de los Sacramentos más importantes dentro de la tradición cristiana, especialmente en la Iglesia Católica. Es la primera vez que un niño recibe la Eucaristía, es decir, el cuerpo y la sangre de Cristo representados en el pan y el vino consagrados durante la misa. Este rito simboliza la incorporación plena del comulgante a la vida religiosa y su compromiso con la fe cristiana. Se trata de un hecho de gran espiritualidad, aunque a veces, en nuestros días, se vea eclipsado por aspectos más superficiales entorno a la celebración y los regalos .
La edad habitual en la que los niños celebran la Primera Comunión es entre los 8 y los 9 años pero esto puede variar en función de la parroquia y del país. Unos dos años antes de recibir este Sacramento los comulgantes se preparan asistiendo a catequesis. En ella se aprenden los principios fundamentales de la fe cristiana y el significado de la Eucaristía. La catequesis no sólo consiste en recibir clases de religión, sino que también ayuda a desarrollar valores como la humildad, la gratitud y el sentido de comunidad.
Sus comuniones
Mi padre era muy creyente y muy devoto. Era “católico, apostólico y romano”. No sólo acudía a misa todos los domingos y rezaba sus oraciones sino que se esforzaba por evitar el pecado, conocía y estudiaba su fe, practicaba las buenas obras y concedía y aceptaba el perdón. Nunca negó un perdón a nadie y cuando tuvo que pedir perdón no dudó en hacerlo. Recuerdo que era habitual en él santiguarse antes de salir a la calle, antes de comer o antes de hacer un viaje.
Había sido educado en una época en la que la religión católica se caracterizaba por el temor a Dios. Pero ese temor a Dios no significaba miedo. Ese temor a Dios significaba una absoluta reverencia y admiración por un Dios Todopoderoso, el Creador de todas las cosas. Su cuñado José Mario, el marido de su hermana Monicha, me comentó que de pequeños mi padre y su hermana rezaban de rodillas en su habitación y pedían que no les pasase nada malo ni a ellos, ni a sus padres, ni a sus seres queridos.
Creo que mi padre era muy consciente, a su corta edad, de lo que significaba hacer la Primera Comunión. a recibió un ocho de junio de 1952, un mes más tarde del habitual mes de mayo de las comuniones. Fue en la Parroquia de Ntra Sra de las Angustias de Madrid. Para la ocasión iba vestido de punta en blanco. Llevaba un traje de color albo y adornaba su garganta una pajarita del mismo color. Colgado al cuello portaba una cadena con un crucifijo. En una de las manos llevaba un misal y un rosario que se enredaba entre sus dedos y en la otra mano llevaba unos guantes que esperaban ser puestos.
Por esas mismas fechas mi madre recibía la Primera Comunión. La celebraba en su lugar de nacimiento, Hellín. Habitualmente era su hermana Lola la que confeccionaba los vestidos que mi madre llevaba pero en es ocasión fue una modista del pueblo la que diseñó el vestido. Dicen que era de un color tan blanco que parecía que a mí madre le envolviese la luz de las apariciones marianas.
Lástima fue que no hubo documento fotográfico del momento puesto que ese día se quemó accidentalmente el estudio del fotógrafo del pueblo que iba a inmortalizar el momento. Este desgraciado acontecimiento dejó a todos los niños que ese día comulgaban sin un recuerdo en imágenes para la posteridad.
Mis padres, habiendo recibido esa educación tan católica, nos inculcaron a mis hermanos y a mí los valores cristianos y, recibimos, por ende, el sacramento de la comunión. Mi hermana la mayor, Patricia, recibió su Primera Comunión el 13 de mayo de 1984 en la Parroquia de San Leon Magno de Madrid.
Tenía nueve años y nuestras tías, las hermanas de mi madre, fueron las que le confeccionaron el vestido. Era un vestido sencillo pero muy bonito. Blanco, largo hasta los pies, de mangas cortas y abullonadas y con un cinturón de raso de color rosa. Raso y rosa combinan a la perfección en la confección y en la composición. Ese día mi hermana llevaba el pelo suelto con raya en medio y dos adornos en forma de pequeñas flores blancas, uno a cada lado de la cabeza. Igual que mi padre en su comunión, ella portaba una cadena con un crucifijo.
Después de la liturgia, el convite tuvo lugar en una cafetería llamada «Manila» en el barrio de embajadores de Madrid. Las cafeterías «Manila» estaban localizadas en varios puntos de la capital. Para los madrileños eran sinónimo de tortitas con nata, merienda con churros y bollería fina. Convencieron al público de que un sándwich mixto podía ser tan apetitoso como un bocadillo de calamares o un pincho de tortilla. Así introdujeron el estilo neoyorquino de la merienda americana y el plato combinado. Hoy en día todos los establecimientos de esa cadena hostelera han desaparecido pero muchos guardan el recuerdo de veladas en las que las charlas y la buena comida combinaban a la perfección.
A esa cafetería del barrio de embajadores acudieron todos los invitados de la comunión de mi hermana. Entre ellos estaban nuestros abuelos, nuestros tíos abuelos, nuestros tíos, nuestras tías y nuestros primos. También fue la madrina de mi hermana Patricia, Teresa Z., junto a su marido y sus hijos. Fue una celebración muy especial en la que comimos casi todo, conversamos sobre todo, nos reímos con todo y cantamos por todo.
Como anécdota curiosa, en las cartas del menú aparecía escrito: «Primera Comunión de la niña Patricia» y unas líneas más abajo ponía la fecha «13 de mayo de 1894». Una equivocación de imprenta, un baile de números en las cifras del año que, de alguna forma, nos hizo viajar al pasado y nos transportó a finales del siglo XIX.
La siguiente comunión en nuestra familia fue la mía. Tuvo lugar el 4 de mayo de 1985 en la Parroquia Sta. María de la Asunción de Ullastrell en la provincia de Barcelona. Siempre heredábamos la ropa y lo mismo ocurrió con el vestido de la comunión. A mí me añadieron un complemento, una rebeca de color rosa, porque hacía fresquito. También llevaba al cuello una cadena con un crucifijo. Me peinaron con raya al lado con una discreta trenza lateral y al inicio de la trenza había un adorno en forma de una pequeña flor blanca.
El convite se celebró en el Club de Egara de Tarrasa. Éste era un club deportivo que fue fundado en 1935 y cuya disciplina más destacada era el hockey sobre hierba aunque también tenían secciones de tenis, pádel y golf entre otros. Estuvo muy bien porque era un club muy «chachi», como diría mi padre, y había un amplio espacio con muchas instalaciones en las que jugar o pasear.
También se regalaban marcos de plata para fotos que llevaban motivos decorativos relacionados con ese día tan especial. Estos marcos, portando nuestra foto vestidos para la ocasión, podían ocupar durante decenios la repisa del salón de nuestras casas. A veces se regalaban junto con un álbum de fotos que recogía el reportaje fotográfico del evento.
La bicicleta era el regalo estrella ansiado por los niños que a veces se quedaban con las ganas porque no la recibían. Algunos invitados consideraban la Primera Comunión como la ocasión ideal para despertar inquietudes artísticas en los niños y obsequiaban al comulgante con un organillo.
Después de mi comunión vino la de mi hermana Irene. Tuvo lugar un 3 de mayo de 1986, un día antes del que comulgué yo el año anterior. Se celebró, al igual que la mía, en la Parroquia Sta. María de la Asunción de Ullastrell. Mi hermana Irene heredó el vestido que yo en su día heredé de mi hermana Patricia. Como Irene sólo era un año menor que yo, llevó el mismo look que llevé yo en su día: raya al lado con una discreta trenza lateral cuyo inicio iba adornado por una pequeña flor blanca. También se puso, como yo hice en mi comunión, una rebeca de color rosa.
En principio la comunión de mi hermana Irene fue muy parecida a la mía, salvo que desgraciadamente ella no tuvo banquete de celebración. El motivo fue que nuestra abuelita Esperanza, la madre de mi madre, estaba malita y se considero que era mejor no hacer celebración dadas las circunstancias. Mi hermana Irene aceptó la situación y nunca la escuché decir que no tuvo convite en su comunión. Nunca se quejó.
Recuerdo las sesiones de fotos que mi padre nos hacía en casa a mis hermanas y a mi antes de recibir la Primera Comunión. Todas posábamos de la misma forma. Bien de pie portando una rosa o un cirio y con una cortina de fondo. Bien de frente al espejo. A veces ladeando la cabeza y con las manos colocadas juntas palma con palma rozando una mejilla. Otras veces sin ladear la cabeza con las manos juntas palma con palma. Todo un reportaje digno del mejor fotógrafo.
En el siguiente capítulo hablaré de las comuniones de los últimos varones que, de momento, han comulgado en nuestra familia. La de mi hermano Nacho y la de Miguelín, el querido nieto de El Gran Pakitin. Éste último la celebró ayer, 16 de mayo de 2026, y fue una gran comunión. Mi padre debió de estar disfrutando de lo lindo viendo lo felices que éramos toda la familia. Me lo imaginaba caminando a lado de su nieto, de la mano, como en tantas ocasiones hicieron juntos.























