La mayoría de nosotros ha tenido una mascota en algún momento de su vida. Puede que los que viven solos quieran tener compañía cuando llegan a casa, quizás los que tienen hijos quieran enseñarles a ser responsables o bien los que adiestran animales quieran conseguir en ellos habilidades específicas que los hagan destacar.
Llegan a nuestra vida por casualidad, por decisión o incluso por sorpresa. Poco a poco se hacen hueco en nuestras casas y en nuestros corazones. Pensamos que los elegimos pero son ellos los que nos eligen a nosotros. Creemos que somos sus amos pero son ellos los que acaban poniendo sus reglas. Imaginamos que nos necesitan pero somos nosotros los que los necesitamos a ellos.
Provocan emociones en nosotros que probablemente otro se humano no podría hacernos sentir. Acaban siendo parte de nuestra familia por lo que ansiamos humanizarlos. Ellos se dejan humanizar y nosotros, a su vez, nos dejamos animalizar. Un quid pro quo del que estoy segura que los seres humanos salen ganando.
Tanto llena su presencia como vacía su ausencia. Pero ese dolor de no volverlos a ver es el peaje que debemos pagar por tener el privilegio de haber vivido con ellos. Peaje duro, peaje justo. No temas amarlos por el sufrimiento a perderlos porque el amor siempre vence al dolor.
Su pitusa
Mi padre siempre fue de gatos. El nacer en Madrid, ciudad de leyenda gatuna, hizo que su interés por ese animal fuese natural. Recuerdo que cuando estudié el Erasmus en Bruselas, entre 1997 y 1998, en alguna de las cartas que me escribía aparecían en los encabezamientos de las hojas caras de gatos dibujabas por él:
En una ocasión incluso me envió un billete de Eurogatos emitido por el banco de Ulisseslandia, haciendo alusión a Ulysses que fue el primer gato que tuvimos en nuestra familia. En ese billete mi padre además hacía un guiño a La Gatomaquia, un poema épico burlesco cercano a la fábula y protagonizado por gatos. Dicha obra literaria fue escrita en 1634 por Lope de Vega que no pudo evitar tener simpatía por ese animal tan estético y de gracia tan sinuosa.
Sentíamos vacío pero también sentíamos que aún podríamos dar más amor a otro felino.
Hacia finales de mayo de 2012 mi hermana Patricia vio por internet un anuncio en el que daban en adopción a tres gatitos, uno negro y dos de color gris atigrado. Enseguida ella se enamoró de uno. De uno gris atigrado. De uno hembra. Seguro que mi hermana se diría:
«me pareció ver un lindo gatito»
Sin dudarlo se puso en contacto con la persona del anuncio y ésta le dijo que habían llevado la camada a una tienda de animalitos. Mi hermana no tardó en localizar esa tienda e ir personalmente a conocer a esa gatita que la engatusó. Como mi madre era un poco reacia a tener otro animalito en casa, mi hermana Patricia y su amiga María lo organizaron todo para que la gatita entrase con buena garra en casa.
Pero poco a poco nos parecía que le pegaba más el nombre de Pitusa, siempre efervescente como la gaseosa, así que decidimos que ese sería su nombre a partir de entonces.
Siempre fue pequeñita, incluso ya de adulta, y cuando la peinaba le susurraba:
«Eres una gatita pequeña pero ya sabes que la esencia se guarda en los frascos pequeños».
No sólo le susurraba sino que también le cantaba:
«Mi niña Pitu, mi niña Pitu, se le ha puesto la carita del color de la amapola»
o
«Duérmete Pitu, duérmete ya».
Para cuidar de su salud la llevábamos a una clínica veterinaria que está en la calle Pellicer de Zaragoza. Mi hermana Patricia tenía muy buenas referencias de esa clínica porque hubo un tiempo en el que ella se quiso sacar unos cursos de veterinaria y las prácticas las hacía allí. Se quedó maravillada con Silvia y Emilio, los veterinarios titulares del centro. Con treinta años de experiencia a sus espaldas tratan a los animalitos con una delicadeza e interés dignos de mencionar.
Recuerdo que cuando llevábamos a la Pitu al veterinario iba en su trasportin maullando sin parar.
Un año y medio después de su llegada a nuestro hogar, empezó a tener episodios intensos de celo en los que tenía maullidos constantes y agudos, estaba muy nerviosa, lamía frecuentemente y ponía posturas de apareamiento. Esos episodios se repetían cada dos o tres semanas y duraban entre seis y catorce días. Nos recomendaron esterilizarla por muchos motivos pero sobre todo porque aumentaría de forma significativa su esperanza de vida.
Así que el 9 de enero de 2014 la llevamos al veterinario y la operaron.
Hubieron muchas anécdotas durante su recuperación, pero la más sonada fue que un día me desperté y vi que a los pies de mi cama estaba el body quirúrgico y, sin embargo, ella no estaba. Aún no sé cómo se pudo quitar esa malla ella sola, pero lo hizo. Luego para ponérsela fue una tarea casi imposible porque el body tenía una abertura para la cabeza y cuatro aberturas más pequeñas, una para cada pata. Pero al final lo conseguimos.
La Pitu era más activa al amanecer y al anochecer. El resto de la jornada estaba durmiendo. Podía dormir entre doce y dieciséis horas al día llegando incluso a las veinte horas.
Cuando mi padre se jubiló solía echarse siestecillas bastante a menudo. Una de sus preferidas era la «siesta del carnero», esa cabezadita antes de comer que sienta tan bien. Después de comer o después de cenar, también se quedaba traspuestillo viendo la tele. Para estar más cómodo solía sentarse en un sillon apoyando las piernas sobre una silla para mantenerlas en alto. Enseguida aparecía la Pitu y remoloneando se acercaba a mi padre. Daba un saltito y se acomodaba encima de sus muslos o encima de sus tibias. Más de un ronquidito humano y gatuno se escuchaba en esas veladas.
Mi hermana Irene también se beneficiaba de la compañía de nuestra gatita en las sesiones de siesta. Así, mi hermana se tumbaba en el sillón, se ponía una manta encima y al grito de:
«Pitu, mantita»
nuestra gatita elevaba sus orejitas y acudía rápidamente a la llamada. En pocos minutos ambas sucumbían en los brazos de Morfeo.
Por las noches yo tenía el privilegio de dormir con ella. Solía ponerse a los pies de mi cama o bien a mi lado. Algunas veces, si yo dejaba el brazo extendido, ella recostaba su cabecita sobre él y nos quedábamos las dos dormidas, cara con cara, tan cerca de ella que hasta podía escuchar su respiración.
Si por algún casual yo me despertaba porque se me había dormido el brazo al estar en esa posición, no se me ocurría moverme ni un milímetro por temor a despertarla. Así que me quedaba quieta, con los ojos abiertos, contemplándola y diciéndome a mi misma qué maravilla poder compartir con ella ese momento y que ojalá ese momento durase para siempre.
A la Pitu le encantaba hacernos compañía en nuestra tareas diarias. A mí padre le acompañaba en sus sesiones de costura y no perdía ni ripio de cada puntada con hilo que él daba. Parecía que en cualquier momento iba a decirle a mi padre que si quería que le enhebrase una aguja. Ella jugaba con los hilos sobrantes y persiguiendo alguno que se había caído al suelo.
Siempre quería probar algo de lo que preparábamos aunque fuese un alimento muy de humanos.
En lo que se refiere a comida gatuna, al principio comía con apetito el pienso para gatos con insuficiencia renal que era el indicado para ella. Pero a medida que se iba haciendo mayor se volvió más sibarita en sus gustos alimenticios. Así que combinábamos su pienso habitual con unos sobrecitos de color amarillo que contenían unos granos elaborados a base de pollo y malta. Los comprábamos en Mercadona y la volvían loca.
Pasados unos años dejó de hacerle gracia el pienso y se inclinó más por la comida húmeda.
Pero no cualquier sabor de comida húmeda, ella quería la que sabía a pollo. Podría parecer que dado que ya conocíamos lo que le gustaba comer era cuestión de comprarle esa comida y punto. Sin embargo, eso no era tan fácil.
Igual estaba encantada con una marca de comida húmeda y la devoraba, como que de un día para otro se la poníamos y no la hacía ni caso. Entonces entrábamos en pánico. Primero porque un gato no puede estar sin comer más de un día ya que puede entrar en un proceso metabólico peligroso conocido como lipidosis hepática. Es decir, es una degeneración grasa del hígado que es potencialmente mortal. Y segundo porque no sabes qué nueva marca de comida húmeda le podría volver a gustar.
Así que rápidamente acudíamos a la tienda de comida de animales y comprábamos unos cuantos tipos de comida para jugar sobre seguro. Ya en casa, la Pitu parecía el típico gatito de anuncio al que le ponen dos platos, cada uno con pienso de marcas diferentes, y finalmente elegía la marca del anunciante.
Respirábamos tranquilos cuando encontrábamos la comida que le gustaba, no obstante no bajábamos la guardia porque sabíamos que en cualquier momento nuestra Pitusa podía volver a cambiar de gusto gastronómico sin previo aviso.
Dejaba que le pusiésemos todo tipo de vestuario. Eso sí, cuando se cansaba de llevarlo se lo quitaba en un descuido nuestro y salía corriendo para que no se lo volviésemos a poner. Suerte que guardamos documentos fotográficos de sus poses modelando.
Y es que esconderse era una de sus mejores habilidades. Ya podíamos estar un buen rato buscándola que ella no aparecía hasta que lo consideraba oportuno.
Recuerdo una vez que la eché en falta por la noche y pensé que se habría escondido en alguno de sus sitios preferidos. A la mañana siguiente, al despertarme, me dió la sensación de que no estaba.
Me puse a buscarla por toda la casa pero no la encontraba. Estaba muy nerviosa y salí al rellano, cogí el ascensor y subí hasta el último piso del edificio. Entonces fui bajando peldaño por peldaño las escaleras de la comunidad. Desesperada, y con lágrimas en los ojos, al final la encontré agazapada en un escalón del cuarto piso. Me agaché y la cogí entre mis brazos. Ella no paraba de temblar. Estaba muy asustada y me miraba como si no me reconociese. Cuando entramos en casa rápidamente se metió debajo de una cama y se quedó allí un buen rato. Lo debió de pasar tan mal que nunca más se volvió a escapar.
Tenía hábitos diarios muy curiosos. Le encantaba por ejemplo lamer plásticos con auténtico frenesí. Podía pasarse un buen rato lamiendo todo su cuerpo para estar siempre limpia aunque eso hacía que tragase, indirectamente, gran cantidad de pelo. Para expulsar ese pelo se purgaba y nosotros además le dábamos malta en formato gel, que le encantaba, y así la ayudábamos a que su purga fuese más sencilla.
Pero no sólo lamía los plásticos y su pelo sino que también lamía el pelo de nuestras cabezas.
Tenía auténtica obsesión por el pelo de mi padre, el de mi tío José Mario, el de mi hermano Nacho, el de mi primo Jesús y el de mi cuñado José. Casualmente todos cabellos de hombre.
Cuando veía alguna manta muy esponjosa se ponía como a friccionarla con sus patitas. Investigando descubrimos que hacía eso cuando estaba muy relajada, feliz y segura. Ese gesto provenía de su etapa de cachorra cuando presionaba el vientre materno para estimular la producción de leche.
Cuando acababa de hacer hacer pipí o popó venía a donde estábamos y nos maullaba como avisando que ya había terminado y que ya podíamos limpiar su arenero.
Siempre supo encontrar el mejor sitio para estar ya fuera en invierno o en verano. Cuando bajaban las temperaturas se ponía al lado del radiador, encima de unas mantitas que habían apiladas o sobre el teclado de algún ordenador portátil.
Si veías a la Pitu en algún lugar en específico, ese lugar, sin duda, era el mejor en el que estar justo en ese momento.
Las cajas de cartón, las maletas a medio hacer, las bolsas vacías, todos ellos eran espacios en los que, si veía que encajaba, se metía sin dudarlo. En ellos se sentía segura, confortable y reducía el estrés. Además podía observar su alrededor sin ser vista a la vez que conservaba mejor su calor corporal.
Todo esto y mucho más era nuestra Pitusa. Desgraciadamente en los últimos años tuvimos que hacer visitas recurrentes al veterinario porque padecía insuficiencia renal en uno de sus riñones y en el otro riñón le aparecieron unas lesiones malignas. El veterinario nos decía que era un caso único que un gatito con los dos riñones enfermos hubiese alcanzado los catorce años de vida. Ella siempre se recuperaba de los baches y salía adelante. Incluso llegué a pensar que realmente tenía siete vidas.
Pero desgraciadamente el 19 de junio pasado tuvimos que ir otra vez de urgencias al veterinario. Estábamos preocupados pero confiábamos que de nuevo la Pitu superase esa crisis. No ocurrió así, quizás era porque había consumido ya todas sus vidas, y se fue.
El 22 de junio nos dejó. Paradójicamente partió como mi padre, con un corazón muy cansado como para seguir bombeando. Quedamos vacíos e inconsolables. Tenemos sus cenizas en casa, haciendo compañía a las de mi padre. Dos seres de luz que ya no están en este mundo. Dicen que hay un cielo para humanos y otro para animales. Sólo espero que haya un camino que una esos cielos para que mi padre y la Pitu puedan visitarse y hacerse compañía.




































































