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El bautismo es el primer sacramento en la vida de un católico y es la puerta de entrada a los demás sacramentos. Significa el ingreso del bautizado en la Iglesia, entendida ésta como institución y como comunidad. Según la tradición cristiana, este ritual borra el pecado original y marca el inicio de un camino espiritual guiado por los valores del amor, la fe y la fraternidad.

Lo más habitual es recibir este sacramento siendo un bebé aunque también se puede recibir siendo adulto. A diferencia del bautismo de niños, en el caso de los adultos la Iglesia propone un itinerario de fe. Ese itinerario se llama catecumenado y es un recorrido de formación y catequesis para conocer el Evangelio y la doctrina de la Iglesia. Tiene como objetivo preparar al candidato para recibir, en la misma ceremonia, los sacramentos del bautismo, la comunión y la confirmación. Dicha celebración tiene lugar, habitualmente, en la Vigilia Pascual que es la noche santa en que la Iglesia conmemora la Resurrección de Cristo.

La ceremonia del bautismo está llena de símbolos. Los bautizados se visten de blanco como expresión de pureza del alma. El cura vierte agua sobre la cabeza del bautizado como símbolo de limpieza y renacimiento. Se unge con óleo santo la coronilla del bautizado como expresión de la fortaleza del Espíritu Santo. Y se enciende una vela que representa la luz de Cristo que guiará al bautizado.

El encendido de la vela lo hace el padrino, o la madrina, tomando la llama directamente del cirio pascual que está cerca del altar. Los padrinos, o madrinas, son piezas clave en la celebración del bautismo. Deben ser personas de confianza, o bien de la familia o bien cercanas a ella, y deben estar comprometidas con el bautizado. Tienen que ser un ejemplo a seguir e, idealmente, deberían compartir los mismos valores que los padres del bautizado. Además deben asumir un compromiso a largo plazo ya que su papel no termina con el bautizo sino que continúa durante toda la vida del apadrinado.

Pero el bautizo no sólo es una ceremonia religiosa sino que es uno de los momentos más especiales en la vida del bautizado y de su familia. Es una celebración llena de amor y tradición. En España sigue siendo una práctica muy arraigada donde las familias se reúnen para dar la bienvenida al nuevo miembro en la fe cristiana y en la comunidad.

Sus bautizos

Cuando alguien quería ser el centro de atención de alguna situación mi padre utilizaba el refrán de:

Querer ser la novia en la boda, el niño en el bautizo y el muerto en el entierro”

Y es que en este refrán se deja claro que el protagonista indiscutible de un bautizo es quien que va a recibir ese Sacramento.

No sé a ciencia cierta en qué fecha fue bautizado mi padre ni tampoco tengo documentos fotográficos de aquel momento. De hecho no tenemos fotos de cuando mi padre era bebé. Sin embargo atesoramos una foto en la que apenas tendría dos años y es, de las que tenemos, en la que aparece con edad más temprana. Viendo esa imagen, y esa carita tan inocente y angelical, me lo puedo imaginar en su bautizo.

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021

Así imagino que lo bautizarían casi nada más nacer ya que en la época que nació mi padre, en los años cuarenta, la mortalidad neonatal era muy alta. Entonces se bautizaba a los bebés con tanta premura porque se pensaba que si el niño fallecía y no se había bautizado, no se habría quitado el pecado original con el que en teoría se nace, según la religión cristiana y, por tanto, no podría entrar en el cielo. Deduzco que el bautizo de mi padre sería una ceremonia estrictamente católica, en la que habría lucido un faldón largo de encaje heredado típico de la época. Supongo que el banquete posterior se celebraría en casa y estaría compuesto de chocolate con bizcochos y rosquillas, un banquete modesto por la escasez de la posguerra.

Décadas más tarde de su bautizo, mi padre conoció a mi madre y el 29 de septiembre de 1973  se casaron en Tarrasa. Poco después se mudaron a Madrid y allí mi madre no tardó en quedarse embarazada de su primogénita. Así el 2 de agosto de 1974 nacía mi hermana mayor en Madrid.

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Mis padres estaban entusiasmados, era su primer hijo. Le pusieron dos nombres, Patricia Paloma. El primero porque les gustaba. Al contrario de lo que solía ser habitual en aquella época, ese nombre no correspondía a ninguna tradición familiar. El segundo nombre fue por la Virgen de la Paloma, patrona popular de los madrileños, cuya festividad se celebra el 15 de agosto que es el día grande de las tradicionales fiestas castizas del barrio de La Latina en Madrid.

La bautizaron unos días después de nacer. Era agosto y, en un Madrid vacío y solitario por las vacaciones de verano, hacía mucho calor. Mi tía Lola, la hermana mayor de mi madre y una asombrosa costurera, hizo un faldón precioso de color blanco roto para que mi hermana llevase ese día.

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Su madrina fue Teresa Z, una amiga de mis padres que era una excelente pintora muy cotizada, de la que tenemos en casa algún cuadro. Su padrino fue Fernando M., el jefe, y a la vez amigo, de mi padre en Marconi, la empresa para la que él trabajó durante unos años.

A los 19 meses del nacimiento de mi hermana Patricia, el 8 de marzo de 1976 nacía yo. Mi madre me llevó en su vientre hasta que me dió a luz en una madrugada que llovía a cántaros.

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Mis padres dijeron:

“¡Esta niña va a ser muy guerrera!”

y así fue. Nací con una gran mata de pelo negro en la cabeza, tanto es así que la comadrona me hizo un “quiqui” con el flequillo antes de llevarme con mi madre. Me pusieron dos nombres Mónica María, al igual que pasó con mi hermana Patricia, mi primer nombre no respondía a ninguna tradición familiar y el segundo era por la festividad de la Asunción de la Virgen en la que se conmemora que María fue subida al cielo en cuerpo y alma. Siguiendo los pasos de mi hermana, me bautizaron unos días después de nacer y llevé el mismo faldón que llevó mi hermana Patricia en su bautizo.

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Tuve unos padrinos muy especiales, mi abuela materna, la abuelita Esperanza y mi abuelo paterno, el abuelo Paco. Desgraciadamente ambos se fueron demasiado pronto de este mundo. Demasiado pronto para poder disfrutar plenamente de ellos. Demasiado pronto para valorar sus consejos y sus enseñanzas. Ellos son mis angelitos de la guarda.

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Tras nacer mi hermana Patricia y yo, mis padres empezaban a ir en busca de un varón. Mi madre se quedó encinta y en esta ocasión su tripa era más prominente que en sus anteriores embarazos. Todos creíamos que sería un chico, sin embargo, el 8 de marzo de 1977 mi madre daba a luz, no a un niño sino a una niña. El ginecólogo de mi madre, el doctor César Areces, al contemplar a mi hermana Irene, un bebé de 4 kg 400g, exclamó:

“¡No es un niño, pero menuda niña!” 

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Tanto es así, que el vestido de su bautizo, y el mismo faldón que habíamos llevado mi hermana Patricia y yo, le quedaba pequeño y mi madre le tuvo que poner unos imperdibles por detrás para que cerrase bien.

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Se llamó Irene Alejandra. El primer nombre seguía siendo un nombre que no era de tradición familiar. El segundo nombre fue elegido en honor a su madrina que se llamaba Alejandra y era una buena amiga de mis padres. Como padrino fue elegido el marido de ésta, Telio.

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Unos años más tarde, a finales de 1980, mis hermanas y yo notábamos que mis padres estaban más felices que de costumbre y a mi madre se le empezaba a notar tripa. Fue entonces cuando mis padres nos dieron la gran noticia de que íbamos a tener un hermanito.

Ellos estaban muy ilusionados porque sería el único niño tras haber tenido ya tres niñas. Además, en ese caso, seguiría vivo el apellido paterno, Morillo. Mis hermanas y yo estábamos emocionadas porque tendríamos un «muñequito» al que cuidar y con el que jugar. Finalmente nació el esperado niño, el príncipe de la casa. Fue el 26 de agosto de 1981 justo el mismo día que hacía 37 años nacía mi madre.

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Nada más nacer recuerdo que tenía muchos pellejitos por todo el cuerpo, pero pronto le desaparecieron y dejaron asomar la belleza de ese querubín. Le pusieron dos nombres, Ignacio Gonzalo. El primero, tampoco era un nombre de tradición familiar, y el segundo se lo pusieron porque era un nombre que les gustaba mucho a mis padres. Como le pasó a mi hermana Irene, a mi hermano Nacho también le quedaba justo el vestido del bautizo y el faldón que había heredado de nosotras. Cuando mi padre lo vio vestido, afirmó con guasa :

«¡Si parece un obispo!»

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Sus padrinos fueron Julio y Laura, vecinos y amigos del piso en el que vivíamos en la calle Villa de Arbancon nº 7 de Madrid.

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A la celebración acudieron mis tíos y primos de Madrid, mis tías de Tarrasa, el abuelo Paco y su hermana Manolita.

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Tuvimos que esperar treinta y cinco años a que nuestra familia celebrase otro bautizo. El protagonista fue el primer nieto del Abu Pakitin. Nació el 11 de enero de 2016 y fue una de las grandes alegrías de nuestra familia. Hijo de mi hermana Patricia y su pareja José, este niño rompió moldes.

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Le pusieron sólo un nombre, Miguel, pero ese nombre valía por dos.

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Mi padre estaba orgullosísimo de su nieto, aunque lo cogía poco porque le daba miedo que se le pudiera caer.

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Mi padre protagonizó junto a mi tío José Mario una de las escenas más tiernas con Miguelín días antes de su bautizo.

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Recibió el Sacramento del bautismo el 30 de abril de 2016 en la Iglesia de El Carmen en Zaragoza. Llevaba también el famoso faldón de herencia de la familia, ese faldón que para entonces ya contaba con cuarenta y tres años a sus espaldas.

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Fue una celebración íntima y Miguelín ya despuntó. Acudieron los de siempre, algunos están otros, lamentablemente, ya no.

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La madrina fue Raquel, la hermana de José y el padrino fue mi hermano Nacho.

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El padrino también despuntó porque llegó tarde. Todos los presentes, sentados en los bancos de madera de la Iglesia, girábamos continuamente las cabezas hacía tras impacientes porque llegará mi hermano. Al final apareció y todos exhalamos un suspiro de alivio.

La ceremonia fue preciosa y luego fuimos a comer a un restaurante al que solíamos ir en aquella época que se llamaba «Entre Libros y Pucheros». Digo se llamaba porque ese restaurante cerró a finales del 2020, imagino por la crisis económica que desencadenó el Coronavirus. Pero ese día, ese día del bautizo de Miguelín, todos disfrutamos de la comida y la compañía en ese lugar tan acogedor.

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No faltó tampoco el famoso ir y venir del bautizado de unos brazos a otros de los asistentes al combite. Todos esperando que en el momento de tenerlo en nuestro regazo estuviese cómodo y no llorase.

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En todos los bautizos que nuestra familia vivió hasta el momento se utilizó la misma concha bautismal. Una concha plateada con la que el sacerdote vertía el agua bendita sobre la cabeza del correspondiente bautizado. Una concha plateada que tiene un lugar muy especial en una vitrina acristalada del salón de nuestra casa familiar.

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Cuando creíamos que ya no disfrutaríamos de otro bautizo en nuestra familia, ocurrió lo inesperado. Ocurrió lo buscado. El 13 de abril de este 2026 nacían en Santander unos gemelos. Pero no eran unos gemelos cualquiera, eran el segundo y el tercer nieto de El Gran Pakitin.

La mujer de mi hermano Nacho, Paloma, trajo al mundo a dos niños, a dos ilusiones. Rodrigo y Adriano. Uno con nombre de conquistador y el otro con nombre de emperador. Pequeñitos pero empoderados. El principio de la historia prometía.

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Un mes después de su nacimiento, la nueva familia vino a Zaragoza puesto que era la comunión de Miguelín, y sus nuevos primitos no podían faltar a tal evento. En esa visita mi hermano Nacho y Paloma nos preguntaron a mi hermana Irene y a mi si queríamos ser las madrinas en el bautizo de Rodrigo y Adriano. La petición nos la hicieron regalándonos una taza, una para cada madrina, en la que aparecía la foto de nuestro apadrinado, en mi caso Rodrigo. Al lado de la foto estaba serigrafiada la pregunta:

«¿Quieres ser mi madrina?»

La contestación a esa pregunta fue una de las más sencillas que he tenido que dar en toda mi vida.

Pero aún habían más sorpresas porque esos niños no sólo iban a tener madrinas por parte de su padre, Nacho, sino que también iban a tener madrinas por parte de su madre, Paloma. Las elegidas fueron Ana y Eva, dos íntimas amigas de Paloma. Ana se encargó de preparar unas velas preciosas que al encenderlas durante la ceremonia significará la entrada de Rodrigo y Adriano en la comunidad cristiana y su compromiso de seguir el camino de la fe.

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Y claro, el faldón de los bautizos de la familia también tenía que estar presente en el futuro bautizo. El problema es que sólo había un faldón para dos bebés y ese faldón no podía dividirse cual decisión salomónica.

Entonces empezó la búsqueda de otro faldón que fuese parecido al que ya teníamos. Les preguntamos a Esperanza y Emilia, las hermanas de mi madre, si ellas podrían confeccionar otro faldón como el que hace ya más de cincuenta años había cosido Lola, la hermana mayor de mi madre. Ellas contestaron que lo harían encantadas, pero que ellas sólo sabían confeccionar con patrones y que Lola era la única que podía coser sin tener patrones como guía. Tristemente Lola nos dejó hace unos cuantos años con lo que la búsqueda del nuevo faldón continuaba.

Paloma entonces intentó probar por internet y localizó una tienda en Zaragoza de las que ahora llaman «vintage», o lo que es lo mismo, una tienda en la que venden artículos antiguos. Antes de comprarlo, mi hermana Irene acudió a la tienda para ver de cerca el faldón. Pero ocurrió lo de casi siempre, es decir, lo que se anunciaba por internet no tenía nada que ver con la realidad. Mi cuñada Paloma, no se dió por vencida y al final consiguió un bonito faldón que combinaba a la perfección con el faldón familiar.

El día elegido para sus bautizos fue el 25 de julio. No es tampoco un día cualquiera. Ese día la Iglesia celebra la fiesta de Santiago Apóstol, patrón de España, de Galicia y de su caballería. Así que, el fin de semana de ese 25 de julio que caía en sábado, la familia de Zaragoza nos fuimos destino a Santander para celebrar el bautismo de Rodrigo y Adriano.

La ceremonia tuvo lugar en una pequeña parroquia de Santander. Ofició el Sacramento el mismo cura que casó a mi hermano Nacho y a Paloma hacía ya casi cuatro años. Fue una celebración muy íntima, sólo asistieron quince personas y dos de ellos eran los bautizados.

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Escribí un poema para mis sobrinos y lo recité en la ceremonia, sabía que ellos en ese momento no lo entenderían pero confiaba que en unos cuantos años lo comprenderían:

«Se les buscaba pero no se les esperaba.
No era uno, eran dos.
La felicidad se duplicó.
Nacieron pequeñitos pero ya están grandecitos.

Les coges en tus brazos y te envuelve una ola,
dejando una espuma de inocencia y ternura.
Te embriagan sus aromas de pureza
cual perfumes de gran sutileza.

Frescura innata.
Calidez grata.
Su piel es tan suave y huele tan bien
que te cuesta imaginar que tu origen fue ese también.

Les miras y ansías poder ser ellos.
Meditas lo que que les falta por delante
Sopesas lo que nos sobra por detrás.
No sabes qué les depara el futuro
pero el presente es suyo.

Sus padres se amaron tanto
que obraron esos milagros.
Cambian la vida, cambian la perspectiva.
Horas sin dormir, llantos que calmar.
Biberones que preparar, ropa que cambiar.

Tuvieron que aprender a ser más que ayer
Tuvieron que dejar planes volar
Pero la recompensa es suma
porque esos dos astronautas
les bajaron la luna.»

Nunca había sido madrina, así que fue una sensación indescriptible estar al lado de la pila bautismal y ver cómo el sacerdote vertía el agua sobre la cabecita de Rodrigo y Adriano. Observé la reacción de asombro de ellos al notar que el agua caía por sus coronillas. Era una sensación como que el agua los purificaba realmente y que ellos lo sentían así.

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Al acabar la ceremonia, salimos de la Iglesia para ir a comer al mismo lugar dónde se celebró el combite de la boda de mi hermano Nacho y Paloma, «La posada de Santa Ana».

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Justo a la salida de la Iglesia empezó a llover
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pero tuvimos suerte porque cuando ya estábamos a resguardo dentro del restaurante cayó el diluvio universal.

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No importaba que lloviese, ese agua procedente del cielo, al igual que el agua bautismal,  purificaba a todo y a todos.

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Fue una velada maravillosa porque a la buena gastronomía propia de esas tierras se le unió la buena compañía de las gentes de dos tierras, Zaragoza y Santander.

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Los protagonistas, Rodrigo y Adriano, se portaron muy bien.

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Todos los que estábamos allí nos rifábamos el cogerlos en brazos y poder sentir esas nuevas vidas que estaban justo empezando.

Los padres de las criaturas hicieron detalles a todos los que estábamos allí, especialmente fueron detallistas con las madrinas.

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Así, no sólo nos regalaron una foto de Rodrigo y Adriano, sino que también nos dieron escrita en un tríptico la leyenda de los «Ahoras».

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Esa leyenda contaba cómo los humanos vivían felices junto a unos pequeños pájaros brillantes llamados Ahoras. Estos pajaritos enseñaban a los seres humanos a vivir el presente mediante suaves picotazos y cantos. Sin embargo al dejar que las aves del Antes, del pasado, y del Después, el futuro, los distrajeran, los Ahoras desaparecieron del mundo exterior. Sin embargo su magia y su canto siguen vivos en el interior de cada persona esperando ser recordados.

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Después de entregarnos manuscrita esta bonita leyenda, Nacho y Paloma volvieron a agasajarnos a las madrinas con un collar que llevaba un pajarito como colgante. Este especial regalo es el símbolo de que los padrinos y las madrinas deben actuar como los Ahoras. Su propósito debe ser guiar y cuidar a sus ahijados para que aprecien el valor del presente y mantengan la inocencia sin perderse en las preocupaciones del pasado ni en la prisa por el futuro.

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La celebración culminó con una tarta que degustamos encantados. Esa tarta, símbolo de dulzura y suavidad, ponía el broche final a un día lleno de emociones, de contrastes y de recuerdos que mi padre seguro compartió con nosotros como orgulloso abuelo de esos grandes gemelos.

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