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Una debilidad puede llevar a una fortaleza. Todo depende de cómo actúes ante esa debilidad. Puedes sucumbir a los obstáculos o puedes superarlos. Puedes compadecerte por tu situación o puedes aceptarla y adaptarte a ella. No nacemos enseñados para afrontar dificultades, pero la fuerza interna y el apoyo de los que nos rodean, harán que lo difícil se vuelva menos  difícil, que lo negro se vuelva gris y que la oscuridad se transforme en un claroscuro. Siempre esperanzados en que la facilidad, lo blanco y la luz pueden alcanzarse, porque nada es imposible.

«Su Diabetes»

Durante los capítulos de este blog, en algunas ocasiones he mencionado de pasada, o más bien de puntillas, el tema de la diabetes que padecía mi padre. Es una circunstancia que afectó a su vida en los últimos años y que,  inevitablemente, marcó su forma de ser y actuar.

Y es que, la  gran prueba de supervivencia que pasó mi padre fue una duodenopancreatectomía que le realizaron el 28 de marzo de 2017. Es decir, le quitaron el páncreas, parte de duodeno y la vesícula. Y como decía mi padre de broma:

“¡Y sabe Dios cuántas cosas más me habrán quitado!”

Fue intervenido por el Dr. Esarte que, literalmente, le salvó la vida. Ese doctor es toda una eminencia en el campo que operó a mi padre y sobre todo tenía una extraordinaria calidad humana. Desde entonces, entre mi padre y ese doctor se creó un vínculo muy especial, aquél que se crea entre el salvador y el salvado. El día de esa operación se convirtió para mi padre y para nosotros en su “nueva” fecha de nacimiento.

Después de la operación estuvo en el hospital recuperándose de la complicada intervención. Durante su estancia en el hospital tuvo episodios de empeoramiento de su estado de salud y le tuvieron que ingresar en la UCI. Finalmente, el 21 de abril de 2017, tres semanas después de la operación, mi padre recibió el alta en el hospital. A partir de ese día, a partir del día que volvió a casa, empezaba una nueva vida para él y para nosotros.

Estábamos muy contentos que volviese a casa, pero muy asustados por saber si íbamos a ser capaces de superar lo que venía a partir de ahora. Y es que a las personas a las que les extirpan el páncreas  por completo se les deja sin células de los islotes que son las productoras de insulina y otras hormonas que ayudan a mantener seguros los niveles de azúcar en la sangre. Así que mi padre, de la noche a la mañana, se convirtió en insulinodependiente. El mundo de la diabetes era un mundo desconocido para nosotros y tuvimos que entrar en él de golpe y sin anestesia. Sin saber nada y viendo que tendríamos que ir rápido en el aprendizaje ya que en cuestión de minutos había que tomar decisiones, literalmente, de vida o muerte.

Antes de ser diabético, mi padre había sido donante de sangre. Siempre colaboró en esta causa hasta que esa enfermedad, y alguna que otra patología más que tenía en su sangre,  hicieron que tuviese que abandonar ese gesto tan solidario que realizó gran parte de su vida.

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021

Con la diabetes, las plumas de insulina (tanto lenta como rápida), las agujas para las plumas, el glucómetro, las tiras reactivas de los controles glucémicos y las lancetas pasaron a formar parte de nuestra vida diaria. Como yo vivía en casa con mis padres, me convertí en la enfermera jefe. Mi hermana Irene se convirtió en la enfermera de guardia. Mi hermana Patricia, como tenía que cuidar a Miguelín, y mi hermano Nacho, como vivía en Francia, se quedaron de retén en caso de que mi hermana Irene o yo no pudiésemos asistir a mi padre. Ahora que he mencionado a su nieto Miguelín, a su corta edad, era consciente de lo que le pasaba a mi padre. Un día dibujó un páncreas en el colegio y nos dijo que ese órgano del cuerpo no lo tenía el abu Pakitin

“porque se le puso de color oscuro”

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021

Otro día, hizo una manualidad de un páncreas más creativo.

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021

Mi padre utilizaba dos tipos de insulina, la insulina lenta y la insulina rápida. La insulina lenta, o basal, se la inyectaba una vez al día y su función era la de mantener el cuerpo con unas glucosas estables a través de una secreción mínima continua de esta hormona. El principal beneficio  que tenía este tipo de insulina era que permitían a mi padre una libertad de horarios en su plan de alimentación, en el que además, en el caso de que no ingiriese alimentos, le seguía manteniendo en equilibro sin hiperglucemias ni hipoglucemias.

La insulina rápida se la pinchaba en las comidas, es decir, además de la insulina basal o lenta que es una inyección fija, la rápida variaba en función de los alimentos que ingería y el índice glucémico de los mismos. Además servía  para corregir las subidas de glucosa o hiperglucemias.

En insulina rápida, mi padre prefería Humalog Junior Kwikpen, una pluma que permitía ajustar la dosis de insulina en incrementos de media unidad. A mi padre le encantaba la posibilidad que ofrecía dicha pluma de hacer un ajuste más preciso de la dosis. Mi padre incluso bromeaba diciendo que estaría aún mejor una pluma que ajustase la dosis en incrementos de ¼ unidad. Tenía, y tiene, en un cajetín de la nevera la insulina rápida y la insulina lenta, que correctamente etiquetó con sus nombres para que no hubiese ningún error.

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Los pinchos para las plumas de insulina eran unos pinchos de aguja muy fina y tenía que desechar cada pincho una vez utilizado.

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Mi padre tenía una caja en la que depositaba los pinchos utilizados para después llevarlos a reciclar correctamente.

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Tenía un neceser en el que llevaba el medidor de glucemia, la lanceta y las tiras de los controles de glucemia.

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En ese mismo neceser llevaba también un bote de alcohol y una bolsa de algodón para, como decía él,

“cumplir con los estándares sanitarios”

ya que el alcohol y el algodón lo utilizaba para desinfectar la zona de la piel en la que se hacía el control glucémico o en la que se pinchaba insulina.

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Tenía que hacerse una media de 8 controles diarios e inyectarse insulina una media de 7 veces al día. Mi padre bromeaba y decía:

“tengo las yemas de los dedos de las manos como acericos de tantos pinchazos que llevo”

Muchas veces me decía que no le pinchase yo para hacerle el control glucémico y añadía:

“¡Hija, qué son mis dedos¡”

Él podía hacerse los controles glucémicos y pincharse la insulina, pero el Parkinson que padecía, se hacía más evidente a la hora de pincharse, por los nervios del momento, y por ese motivo en muchas ocasiones le teníamos que pinchar nosotros.

Cuando se media el azúcar con el glucómetro decía sus valores en alto para que nos enterásemos todos, y de broma decíamos que parecía que estaba cantando el bingo. Me acuerdo que empleaba el plural mayestático cuándo dábamos con la dosis adecuada y decía:

Moniquilla, ¡vamos cogiéndole el truquillo a esto del azúcar, ¿verdad?! ”

y sin embargo cuando nos quedábamos cortos (o largos) en la dosis me decía :

Moniquilla, deberías haber puesto más” (o menos)

Y yo me reía por la forma que tenía de atribuirse los méritos cuando la dosis era la correcta y el de lavarse las manos cuando la dosis no era la acertada. ¡Lo hacía y decía con tanta gracia y salero!

En el transcurso de una enfermedad como la diabetes, es normal tener subidas o bajadas de azúcar. Nos dimos muchos sustos, sobre todo al principio, pero fuimos cogiéndole el truco y cada vez controlábamos sus índices glucémicos con mayor habilidad. Recuerdo que cuando tenía una bajada de azúcar le daban taquicardias que teníamos que atajar con azúcar o carbohidratos para que le subiesen los niveles de glucemia y le desapareciesen las taquicardias. Una vez los niveles volvían a ser los normales,  le preguntábamos que qué tal se encontraba, y él siempre relativizando decía:

“No pasa nada, este es el curso normal de la enfermedad”

Aceptó su enfermedad a pesar que era una patología complicada y que afectaba directamente a su estado de ánimo. Tuvo que dejar de hacer cosas pero siguió haciendo otras muchas cosas más. La diabetes estaba ahí y tuvo que aprender a convivir con ella.

Se apuntó a “La Asociación para la Diabetes de Zaragoza” (ADE Zaragoza).

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Acudió a algunas charlas impartidas por la asociación y de vez en cuando se ponía en contacto con ellos para consultar algunas dudas.

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También se compraba la revista que publicaba mensualmente La Federación Española de Diabetes y que se llamada “Diabetesfede”.

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Intentaba estar al día de todo lo referente a su enfermedad. Sobre todo, estuvo muy pendiente cuando se lanzó al mercado un medidor de azúcar sin pinchar. Era un medidor no invasivo capaz de monitorizar los niveles de glucosa en sangre, en cualquier momento, a través de un simple escaneado. El medidor constaba de un discreto sensor para colocarlo adherido a la piel que medía automáticamente y almacenaba de forma continua las lecturas de glucosa, de día y de noche, y de un sensor que escaneaba los niveles y permitía ver los datos recopilados por el sensor. Pero Sanidad financiaba en 2019 con este medidor solo a los niños diabéticos, y como ya en 2020 apareció la pandemia del Covid19  y todo se trastocó, mi  padre ya se desentendió un poco de este tema.

Mi padre tenía que llevar unas pautas de comida muy rigurosas.

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021
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Su endocrina, la doctora Ilundaín, le citaba cada cierto tiempo para controlar los niveles de azúcar. Recuerdo que al principio de todo, la doctora le hizo rellenar a mi padre unas hojas muy detalladas en las que tenía que poner lo que comía, a qué hora lo comía y cuántas dosis de insulina se ponía.

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021
Todo cambió el 17 de Mayo de 2021

Mi padre, tan disciplinado como siempre, hacía unos informes cada vez más precisos.

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021
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Cuando ya pasaron unos meses después de su operación, mi padre y la doctora, “negociaban”, como decía ella, algún que otro caprichito que se pudiese permitir mi padre en gastronomía. La dieta que seguía era tan importante que, como dato significativo, mi padre pasó de pesar sólo 46 kilos después de la operación a pesar 67 kilos al cabo de dos años de su recuperación. Detrás de esa subida de peso paulatina, no sólo estaba una dieta, sino que también había mucho sacrificio y mucha lucha. Mi padre volvió a demostrarnos su capacidad de superación.