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El séptimo arte te puede mostrar una realidad o una ficción. El cine, ese otro arte que te invita a soñar, hizo a mi padre soñar despierto. Sólo tenía que abrir los ojos, mirar a la gran pantalla y dejar volar su imaginación a lugares y momentos de cine. Tan lejos y tan cerca.  Casi podía tocar lo inalcanzable. Nacer en una época te puede brindar la posibilidad de vivir experiencias que no vivirías si hubieses nacido en otra época distinta. Mi padre nació en la época correcta. Se abre el telón……

El Gran Pakitín y su Cine

Cuando mi padre era jovencillo, con trece o catorce años, iba al cine con sus amigos, bromeaban sobre los títulos de las películas que proyectarían. Todos eran títulos de broma como: “Carrera de acomodadores por debajo de las butacas”, “Papá no te tires pedos de Pedy Godman”, “La momia que comía pan rallado” o “Tres meando debajo de un columpio”.  Si esa noche no se iba al cine, entonces echaban la película “Las sábanas blancas”. Y el día que no había cine la película se llamaba “Escarpias solitarias” puesto que así se encontraban las alcayatas en las que en la plaza de España de Madrid se colgaban las carteleras. Mi padre nos recordaba a menudo esos nombres de película y lo hacía con una maravillosa mezcla de gracia y nostalgia.

Cuando se estrenó en las salas de cine de Madrid la película de “Psicosis(1960) dirigida por Alfred Hitchock y protagonizada por Anthony Perkins y Janet Leigh, mi padre era jovencito y fue a ver la película con su hermana y sus padres. Fue una película que causó sensación en su momento e incluso hoy en día es considerada una obra maestra del suspense. Al acabar la película, la familia Morillo-Pérez salió del cine animada y comentado las escenas que más les había llamado la atención de la terrorífica película. Sin embargo,  mi padre cuenta que tanto él como su hermana y sus padres estuvieron sin dormir unas cuantas noches por el miedo que a posteriori les produjo la película.

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021

De hecho recuerdo que en una ocasión mis padres compraron una mecedora para casa. Cuando mi padre se sentaba en la mecedora, mis hermanos y yo bromeábamos diciendo que parecía la mecedora de la madre de Norman Bates (Anthony Perkins), el protagonista de la película “Psicosis”. Y es que la escena de la película en la que se descubre a la madre de Norman Bates meciéndose en un balancín es una de las escenas más escalofriantes del cine de terror y conduce al desenlace único e irrepetible de esa película que no envejece con el tiempo. Mi padre cuando estaba en la mecedora y le hacíamos ese paralelismo enseguida se apresuraba a decir: “¡Anda, dejad de decir tonterías!”.

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Desde aquella experiencia con la película “Psicosis” mi padre prefería no ver las películas ni de miedo ni de asesinatos. Todo lo contrario a mi, que me encanta ese género de cine. Cuando yo estaba en casa viendo alguna de esas películas y mi padre me veía, me decía bromeando :

“¡Ya estás otra vez con las películas de casquería¡”

o me espetaba de forma jocosa:

“¡Ni la película podía llegar a más, ni tú podías llegar a menos¡”

Cuando mi hermana Irene volvió a Zaragoza, ya que como he comentado en alguna ocasión vivió unos años en Barcelona, vino a vivir a casa con mis padres y conmigo. Desde su llegada nos aficionamos todas las noches a poner una película e incluso nos hacíamos palomitas como si estuviésemos en el cine. 

A mi padre le iban las películas de tramas sencillas. Cuando una película hacía por un ejemplo un “flash back” (escena retrospectiva) a mi padre se le descuajeringaban todos los esquemas, perdía su interés y se echaba cabezadas. Era muy gracioso porque recuerdo que cuando abría los ojos después de haberse quedado traspuesto durante una gran parte de la película, igual estábamos viendo otra película y él se pensaba que era la película anterior. Entonces después de un rato de seguir la trama de la película actual nos preguntaba por ejemplo: “¿Y el de la camisa azul dónde está? “ refiriéndose a un personaje de la película anterior. Y nosotros nos reíamos muchísimo.

Luego quería que le contásemos un resumen de la película y yo le decía: “¡Jo papi, es que siempre te quedas dormido y luego quieres enterarte de todo! ” y el me decía: “Anda, cuéntamela que te prometo que es la última vez que me quedo dormido”. Entonces, si no entendía el resumen que le hacía yo, él no paraba de preguntarme por detalles y yo le replicaba: “¡Pues no haberte quedado dormido!”. Y así estábamos un rato pinchándonos y chinchándonos.

Una de las últimas películas, no me acuerdo del nombre, que mi padre vio en casa antes de ir al hospital fue una de las típicas que ponen en televisión para La Semana Santa. Mi padre se reía y decía que se había hecho un lío al seguir la trama de la misma ya que se echó una cabezada y cuando despertó Nerón se había cambiado de túnica con lo cual mi padre se volvió loco para retomar la historia y localizar quién era Nerón.

Era habitual que, como solíamos ver las películas en la sala de estar donde estaba el reloj de pared, sonasen las campanadas de los cuartos y las horas justo en el clímax de la película cuando se decía: “El asesino es….…” y entonces se oía de fondo: “ding dong, ding dong, ding dong, ding dong” (de los cuartos) y luego “dong, dong, dong….” (de los las horas puntas). ¡Y no quiero ni contar cuando eran las 00:00 hora! Todos decíamos: “¡¿Qué han dicho?!” y teníamos que retroceder la película y volver a escuchar la parte que no habíamos podido escuchar por las campanadas de ese reloj al que, cómo ya conté, mi padre siempre daba cuerda y mantenía en hora.

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Unida su afición a los relojes y su interés por el séptimo arte, quedó grabada en la retina de mi padre la secuencia protagonizada por uno de los actores más aclamados del cine mudo, Harold Lloyd. ¡Y eso que la escena se rodó hace casi ya 100 años! . En la película “El hombre mosca” (1923), Lloyd acababa colgado en las agujas de un reloj en lo alto de un edificio mientras que todo lo que le podía salir mal, le salía mal. Era una secuencia trepidante en la que se mezclaba el humor y el suspense y que dejó a mi padre maravillado. La mayoría de planos cercanos de Lloyd se rodaron en la azotea del estudio donde se rodaba el film, sobre un pequeño decorado que se construyó simulando la fachada de un rascacielos. Para los planos largos en el edificio real, Lloyd contó con la ayuda de Bill  Strother, precisamente, el hombre mosca que inspiró al actor para hacer esa película.

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Otro actor cómico del cine mudo al que mi padre admiraba, era Buster Keaton. Este actor decía que :

Todos los gags están extraídos de las leyes del espacio y el tiempo […] Una buena escena cómica conlleva más cálculos matemáticos que una construcción mecánica”

Había una escena emblemática en la película “El héroe del río” (1928), en la que William (Buster Keaton) recorría las calles aturdido por el vendaval que había desatado un tornado. En un momento dado se detuvo de espaldas a una casa y súbitamente la fachada se desplomó sobre él, con la fortuna de que su cuerpo atravesó de forma precisa el hueco de una ventana. Aparte de una estimable sangre fría aguantando inmóvil la caída, ¿qué cálculos serían necesarios para conseguir esta escena?. Matemáticas y cine, buena fórmula para atraer la atención de mi padre. Sin olvidar el humor hilarante que destilaban esas escenas a la vez cómicas y caóticas.

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Le apasionaban las películas del Oeste con sus habituales protagonistas: los indios, los vaqueros (a los que los indios llamaban “rostros pálidos”), las damas, los bandoleros. Como decía mi padre, las películas de “buenos” y “malos”. Películas en las que había tiros y como también decía mi padre:

“¡Muere hasta el apuntador!

Actores como John Wayne, Yul Brinner, Gary Cooper, Errol Flynn, Clint Eastwood o Henry Fonda y títulos como Sólo ante el peligro”, “Río Grande”, “Los siete magníficos”, “Murieron con las botas puestas”, “El Bueno, El Feo y El Malo” o “La muerte tenía un precio”, hacían las delicias de mi padre en las sobremesas de diario en el canal de televisión TRECE.

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También le gustaba el Cine Negro, con películas comoEl Halcón Maltés”, “Perdición”, “Al borde del abismo”, “La dama de Shangai”, “El tercer hombre” y una más reciente Camino a la Perdición” (2002). Actores como Humphrey Bogart, Orson Wells y actrices como Lauren Bacall, Rita Hayworth, Barbara Stanwyck y Janet Leigh fueron imprescindibles para el desarrollo de las tramas y del argumento principal que no era otro que la lucha contra el crimen. Los tópicos y estereotipos de este tipo de cine se repetían constantemente.

Era característico en este género de cine el uso de un lenguaje metafórico, de escenas con iluminación tenebrosa y experimentaciones propias del cine en blanco y negro con los claroscuro. Esto último se acentuaba a menudo con cuadros nocturnos o escenas con lluvia ambiental. El detective sagaz, pero de vida  desordenada, enfundado en una gabardina (prenda que mi padre no dudó en incluir en su guardarropa durante una buena temporada y que cuando la llevaba decíamos que parecía el “inspector Gadget”), los mafiosos que amenazaban el orden legal, el policía sometido a las tensiones de una sociedad corrupta, y la mujer fatal, atractiva y seductora, aunque peligrosamente cercana al lado más turbio de la vida, mantenían a mi padre pegado a la pantalla.

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021
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Para no acabar con drama de cine negro, pondré una nota de humor con un chiste que solía contar mi padre que viene como anillo al dedo a este capítulo del blog:

“Estaban un marido y su mujer en el cine, y nada más empezar la película aparece en pantalla el león de la Metro-Goldwyn-Mayer rugiendo, y le dice el marido a la mujer: ¡Venga María vámonos a casa que esta película ya la hemos visto!.

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