La música y el baile. ¿Cómo separarlos? ¿Cómo no agradecerles lo que transmiten? El compás de la música susurra y marca los pasos del baile y el baile dibuja y envuelve a la música. Mi padre conocía muy bien a ambos. Escuchaba la música y se imaginaba en la cabeza los pasos de un baile imaginario. Soñaba con sus pies. Aunque algunas veces no podía llevar a cabo sus aficiones, por las circunstancias que fuesen, no abandonaba la ilusión por esa afición y encontraba una forma alternativa para disfrutarla. Él sabía que había que seguir bailando aunque se quedase sin música.
El Gran Pakitín, sus Músicas y sus Bailes
Mi padre nos solía preguntar a mis hermanos y a mi: “¿Cómo os puede gustar el chunda chunda?”, haciendo referencia a la música moderna de discoteca. Y es que a mi padre le gustaban las canciones patrióticas y las marchas militares. Las marchas militares que le gustaban no eran sólo españolas, sino también italianas o alemanas. Entre las alemanas le gustaban: “Alte Kameraden”, “Deutschland über alles”, “Wohlauf, Kameraden Aufs Pferd”, “Ein Heller und ein Batzen”. Entre las italianas disfrutaba con: “Battaglioni del duce”, “Giovinezza”.
El mundo del ejército le apasionaba. Siempre me decía que con el fuerte carácter que yo tenía podría ser una buena sargenta y que llevaría a todos a raya en el cuartel. Desde que falleció mi padre, utilizo el llavero que él siempre portaba. Es un llavero militar de la Legión. En el anverso aparece serigrafiado: “Tercio Gran Capitán Primero de la Legión” y en el reverso se puede leer: “El mayor honor es morir en el combate”. Siempre lo llevo, cada vez que lo toco siento como si estuviese más cerca de él.
Los últimos días de su vida que pasó en el hospital, a menudo se emocionaba al recordar algunas marchas militares que le gustaban mucho, como la de “Badajoz”, “El Alcázar de Toledo”, “Tercios Heroicos”, o “El Novio de la Muerte” y empezaba a tatarearlas con lágrimas en los ojos. Yo le decía :
”Papi, bonito, ¿qué te pasa? no llores que me vas a hacer llorar a mi también “
y él me miraba con sus ojitos verdes y asentía con la cabeza e intentaba que sus lágrimas parasen de caer.
Tiene en un armario de casa una cartera, a modo de bandolera, dónde guardaba un lector de CDs que le regaló mi hermano Nacho. Eso de los ipods no existía en el vocabulario de mi padre. En esa misma bandolera, junto al reproductor de CDs, hay unos CDs ordenados con fundas de plástico. En cada CD hay una etiqueta en la que están escritos los títulos de las canciones . Además los CDs estaban ordenados por géneros musicales. ¡Siempre tan ordenadito, todo lo etiquetaba y rotulaba!.
Mi padre no podía ser más chulapo, más castizo y más gato de lo que era. Le gustaba, como no podía ser de otra manera, el chotis. Ese baile de pareja, agarrado y lento, que se baila al ritmo de un organillo, cara a cara. Su chotis preferido era el “Ya hemos pasao” de Celia Gámez . Escuchaba muy a menudo este chotis, especialmente el 1 de abril de cada año. Y es que el último parte de la Guerra Civil Española fue firmado por el General Francisco Franco el 1 de abril de 1939 en un folio con el membrete del Cuartel General del Generalísimo Estado Mayor. Dicho comunicado puso fin oficialmente a la Guerra Civil Española, por lo que fue muy difundido nacional e internacionalmente.
Fue el único parte firmado por el General Francisco Franco, quien revisó minuciosamente su redacción e hizo varias correcciones. El texto definitivo fue llevado a toda prisa desde el burgalés Palacio de la Isla, sede del gobierno franquista durante la guerra, hasta el entonces estudio de Radio Nacional de España, en el cercano Paseo del Espolón. Fue leído a las 22:30 por el actor y locutor Fernando Fernández de Córdoba, con entonación y énfasis propios de la radiofonía de aquellos años. Mi padre guardaba, debajo del cristal de su mesa del despacho, una copia de este último parte de guerra.
Otro chotis que le hacía mucha gracia a mi padre, también cantado por Celia Gámez, era “Pichi”:
“Pichi, es el chulo que castiga
Del Portillo a la Arganzuela
porque no hay una chicuela
que no quiera ser amiga
de un seguro servidor”
(…)
Anda, y que te ondulen con la ‘permanén’
Y pa’ suavizarte que te den ‘col-crém’
(…)”
De Celia Gámez he encontrado en una hojita escrita del puño y letra de mi padre, la copla “En la noche de bodas”. Mi padre era todo un romántico
Era muy aficionado a los toros, entre otras cosas, porque el mundo del toro estaba intrínsecamente ligado al pasodoble, ese baile popular español de pareja, de ritmo rápido y vivo y de carácter semejante a la marcha. ¡Se conocía todos los pasodobles que tocaba la orquesta que amenizada el espectáculo! Entre sus pasodobles preferidos estaban : “Canta Guitarra” de Sara Montiel o “Viva el Pasodoble” de Rocío Jurado.
Mi padre me contaba que lo “bonito” del toreo es ver cómo se enfrentaba el hombre y el toro. Ser humano frente a animal, dos fuerzas distintas que se retan cara a cara, los dos con sus propias armas, sólo vencerá uno pero ambos habrán luchado y se habrán dejado la piel en el ruedo. Sabía bastante del arte de torear, todo lo que le interesaba era objeto de su estudio y comprensión como buen ingeniero industrial que era, padecía de deformación profesional.
Mi padre siempre decía:
“los toreros están hechos de otra pasta”
refiriéndose a esa capacidad de recuperación que tienen los toreros después de recibir cornadas en el ruedo y a su ulterior deseo o fuerza incontrolable que les empuja a volver a torear aún habiendo sufrido percances graves en la plaza. Como dijo Juan José Padilla: “Me miro al espejo con orgullo. El sufrimiento es parte de la gloria”.
En el mundo de la tauromaquia, mi padre era especialmente seguidor de Juan José Padilla y José Tomás de los que tenía, ordenadamente archivados, recortes de periódicos de artículos que hablaban sobre ellos.
Mi padre siempre tuvo presente a Manolete que fue uno de los grandes toreros de España en la década de 1940. Su temprana muerte a los 30 años en la plaza de toros de Linares, causada por la profunda cornada que le asestó el miura Islero, lo convirtió en un mito de la España de la posguerra.
Tampoco mi padre olvidó al torero Francisco Montes Reina, conocido como “Paquiro” que fue el principal impulsador de la renovación de la lidia. Fue innovador en el manejo del capote e imprimió lujo al terno. Impuso la gorra de torear a la Fiesta, que en honor a su apellido se comenzó a llamar montera.
Nacido en Chiclana el 13 de enero de 1805, tomó la alternativa el 18 de abril de 1931. Se convirtió en la gran figura del toreo de su época. Torero de largas patillas, desplegó en los ruedos toda su Tauromaquia que le llevó a ser conocido como uno de los diestros más artistas y románticos de la Historia. Su etapa final en los ruedos estuvo marcada por las cornadas y falleció el 4 de abril de 1951 debido a las consecuencias de una grave cogida del año anterior. A su muerte el escritor Alfonso García Tejero le dedicó los siguientes versos:
“El rey de los toreros se apellida y con justa razón rey se proclama… Su nombre ya no muere, pues su vida en letras de oro se verá esculpida y tanto durará como su fama.”
También había lugar para el humor en los toros y mi padre solía contarnos la historia del torero “Cagancho” y de una de sus peores actuaciones que tuvo lugar en la plaza de Almagro. De hecho esa desastrosa actuación dio lugar a la frase:
“Quedar como Cagancho en Almagro”
que significa quedar mal, muy mal.
En Almagro, Ciudad Real, fue donde el torero “Cagancho” dio su famosa “espantada” el 25 de agosto de 1927. Joaquín Rodríguez Ortega, “Cagancho”, matador de toros sevillano, gitano de Triana, era una de esas figuras del toreo capaz de ejecutar las faenas más espectaculares y sentidas, y a la vez dar unas espantadas vergonzosas. La más sonada y grave fue la de Almagro. El público saltó al ruedo y la Guardia Civil, a caballo, tuvo que despejar el ruedo, sacarlo de la plaza protegido, entre una lluvia de todo tipo de objetos. Ha pasado a ser considerada como la bronca más gorda ocurrida jamás en una plaza de toros en España. Se ocasionaron graves disturbios y acabó con el torero refugiado en el Ayuntamiento y los aficionados queriendo asaltarlo.
Cruzando el charco, pero sin moverse de casa, a mi padre le encantaba el tango. Ese baile característico de la región del Río de la Plata, principalmente de las ciudades de Buenos Aires y Montevideo, y que se centra en la música y la pareja.
Quedó maravillado con el tango de la película “Perfume de mujer”, aquella secuencia en la que el teniente coronel Frank Slade, interpretado magistralmente por el gran Al Pacino, invita a bailar a Donna, la actriz Gabriella Anwar, en pleno restaurante, a pesar de ser un invidente. La química entre la pareja y el tango de “Por una cabeza” compuesto por Carlos Gardel fueron los elementos que convirtieron a esta secuencia en una de esas que difícilmente se pueden olvidar ¿quién no pensó en entrar a clases de tango después de ver esta película? . Pues mi padre fue uno de esos que pensó en apuntarse a clases de tango.
De hecho durante mucho tiempo insistió a mi madre para que los dos acudiesen a alguna academia de tango. Pero como mi madre no se animaba a acompañarle y ser su pareja de baile, mi padre optó por dejar de lado esa idea. Mi padre si no era con su titis, no quería bailar. Así que nunca lo practicó, pero tenía los pasos bien marcados en esa maravillosa cabeza que poseía por si algún día tenía la oportunidad de mover sus piececitos y su cuerpecito al son de “Por Una Cabeza”. Dado que no acudió a ninguna academia para aprender a bailar tango, aprendió a bailarlo a través de tutoriales de Internet. Además tenía apuntaditos los pasos de baile del hombre en una hoja arrancada de un bloc de notas:
















