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El sacramento del matrimonio representa un momento crucial en la vida de una pareja. A través de él dos individuos se unen de manera indisoluble y se comprometen, siguiendo las enseñanzas de Cristo, a compartir su existencia en comunión y amor.

Además, el matrimonio representa el fundamento de la familia. Es a través de él que nacen nuevas generaciones en un ambiente de amor y seguridad. La familia, basada en el sacramento del matrimonio, proporciona un entorno estable y amoroso en el que los niños pueden aprender los valores fundamentales del respeto, la responsabilidad y el afecto.

Esta institución no sólo concierne a los individuos involucrados sino que tiene un impacto más amplio en la comunidad y en la sociedad en su conjunto. Las parejas casadas contribuyen a la construcción de comunidades más fuertes y unidas, ofreciendo un ejemplo de compromiso, dedicación y entrega que inspira a los demás.

En la celebración católica del matrimonio hay muchos símbolos. Así el vestido blanco de la novia es el recordatorio de la vestidura blanca del Sacramento del Bautismo. Cuando los novios se toman la mano es signo del compromiso que quieren contraer, el uno con el otro, delante de Dios y de la Iglesia. El colocarse los anillos en el dedo anular representa el sello de la fidelidad y amor prometidos mutuamente por los contrayentes. Y es que el dedo anular se creía que tenía un nervio que lo conectaba directamente con el corazón, como sede de nuestras emociones más profundas, y por eso se escoge ese dedo para enfatizar el significado de los anillos.

Sin embargo, también la unión de dos individuos puede ser celebrada fuera del rito católico. Y ese enlace puede surgir también del amor y el compromiso. Y esa pareja que se crea puede transmitir valores a los que les rodean. Dos formas de unión pero un mismo anhelo de amor eterno.

Sus bodas

En la vida de mi padre las bodas estuvieron muy presentes. Había una canción que le gustaba mucho y que se llamaba En la noche de bodas. La cantaba Celia Gámez y encontré en casa una hojita en la que estaban escritas, del puño y letra de mi padre, las estrofas de esa copla:

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A veces, si una celebración se había alargado mucho en el tiempo y había durado incluso días, mi padre exclamaba:

«¡Si parece una boda gitana!»

Le hacía mucha gracia el dicho:

«De bodas, bodicas»

frase que utilizan los maños para explicar cuando al poco tiempo de una boda se celebra otra boda.  Solía contar la anécdota de que cuando yo era pequeña fui con mis padres a una boda en la que sirvieron cordero para comer y yo decía al principio :

“No mi(me) gusta el collillo (cordero)»

Pero después lo probé y dije:

“Mi  gusta el collillo”

A mi padre también le gustaba contar algún chiste relacionado con los casamientos como aquel que decía :

Iban dos andaluces por el campo y le dice uno al otro:

“¡Mira Pepe una boa!

Y Pepe dice:

”¡Pues que vivan los novios!”

Mis abuelos paternos, el abuelo Paco y la abuela Teresa, se casaron a mediados de los años treinta. Se retrataron en un estudio fotográfico llamado Nira que estaba situado en la antigua Plaza del Progreso n⁰12 de Madrid. En aquella época a nivel mundial se vivía la Gran Depresión, ocurrida después de la caída del mercado de valores en 1929, a la par que en España se vivían los años centrales de la Segunda República Española y la antesala de la Guerra Civil.

Era por tanto un período de estrechez y escasez económica en la que la gente buscaba escapismo en las películas y las estrellas de cine, siendo éstas los referentes de moda del momento. Teniendo en cuenta este contexto, mis abuelos iban vestidos de acuerdo a las tendencias que imperaban entonces.

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Mi abuela llevaba un vestido de crepé blanco ajustado de línea larga y fluida. Esta fluidez se conseguía por el corte al bies de la tela, típico de la época, en el que la tijera cortaba en diagonal la tela para que el vestido cayera pegado al cuerpo de forma líquida. Todo ello acentuaba la cintura y las caderas de manera muy elegante.

Era de cuello cerrado, de hombros sutilmente estructurados y de mangas largas tipo farol que se estrechaban en la muñeca. Debido a la precaria situación económica que ese estaba viviendo, el vestido de boda de mi abuela, al igual que el de las demás novias de entonces, sustituyó los bordados caros y las pedrerias por pliegues, drapeados o detalles confeccionados con la misma tela.

Como complementos llevaba un velo estilo catedral de encaje fino y unos guantes cortos de color blanco. El broche final era un ramo de presentación que estaba formado por rosas blancas de tallo largo ordenados de manera que mi abuela podía llevarlo recostado en su antebrazo.

Mi abuelo vestía para la ocasión de forma clásica al igual que los demás novios de la época. Llevaba un traje recto de color negro que complementaba con una camisa blanca de cuello rígido y pajarita negra. De la fotografía de novios de mis abuelos se deduce que, en aquel entonces y como ocurre ahora, la protagonista de una boda siempre fue, es y será la novia.

Fruto del amor entre mis abuelos paternos nacieron mi padre y su hermana. Teresa, la hermana de mi padre, nació el 18 de agosto de 1936 en Madrid. Todo el mundo la llamaba Monicha. Mi padre también la llamaba Monichilla o Monichina. Este alias se lo puso la tía Consuelo nada más nacer.  Y no podía ser de otra forma ya que la tía Consuelo, la hermana de la abuela Teresa, era toda una Pérez de pro a la que los motes le salían solos. No se sabe muy bien porqué le puso este apodo pero lo cierto es que ese sobrenombre acompañó a la hermana de mi madre durante toda su vida.

Monicha era ocho años mayor que mi padre, así que cuando él era un chaval ella ya era una jovencita con inquietudes propias de su edad.

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Le gustaba relacionarse y hablar con la gente. Siempre fue una buena conversadora y sabía escuchar. Mi padre nos contaba que de pequeño, cuando era la hora de volver a casa de su hermana y aún ella no había regresado, sus padres le mandaban a él para que fuese a buscarla.

Monicha tenía una voz única que no dejó de cultivar a lo largo de los años. Mi padre la alabada y decía de ella que

“cantaba haciendo gorgoritos”

Cantó en varios coros. Uno de los primeros coros en los que cantó fue en el de la iglesia de San Manuel y San Benito. Esta iglesia estaba situada en la calle de Alcalá, frente al parque del Retiro de Madrid. En este coro cantaban varios jóvenes, entre ellos Miguel Ángel Villoria, al que su hermano José Mario Villoria acompañaba y de paso se quedaba a escuchar. De tanto ir al coro, José Mario se fijó en aquella preciosa joven y en poco tiempo se hicieron pareja. Él había nacido el 19 de marzo de 1941, con lo cual era cinco año más joven que ella, pero esa diferencia de edad no supuso ningún obstáculo para la celebración de su boda el 23 de septiembre de 1966.

 

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Mi padre, por su parte, conoció a mi madre a principios de 1970 en Tarrasa. Él estaba estudiando en la Escuela de Ingenieros y ella trabajaba de profesora. No tardaron mucho en decirse el sí quiero y se casaron el 29 de septiembre de 1973.

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 La celebración religiosa tuvo lugar en la parroquia San José de Tarrasa.

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El vestido de boda de mi madre se lo hizo su hermana Lola, la gran costurera de la familia Sánchez Ortuño. Era un vestido de estética muy femenina y romántica, pero sin resultar recargado. La silueta era larga y fluida con una caída bastante limpia. El cuerpo era de manga corta abullonada, ligeramente estructurado en los hombros. Ese volumen aportaba un aire muy delicado y el escote cerrado y discreto reforzaba la sensación de elegancia serena.

La falda caía recta con amplitud suficiente para moverse con naturalidad. No tenía gran cola ni una silueta espectacular por lo que dejaba que mi madre fuese la protagonista. El blanco del vestido contrastaba con el ramo pequeño de rosas rojas que llevaba en sus manos y que daba un toque de pasión al conjunto. Los guantes blancos aportaban ceremoniosidad y refinamiento y su melena suelta, larga y negra, daba una sensación de naturalidad extra.

Mi padre llevaba un traje oscuro de corte clásico, camisa blanca y corbata a juego con un pequeño matiz rojizo. Una elegancia que no necesitaba adornos.

Él aportaba sobriedad y ella luminosidad. Ella sostenía las flores y él parecia acompañar y sujetar parte del ramo junto a ella. Sus manos estaban juntas y los dos se miraban fijamente en lugar de mirar a la cámara. Eran simplemente, o extraordinariamente, dos personas que, por un instante, se olvidaron de que les estaban haciendo una fotografía porque estaban pendientes el uno del otro.

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El convite de la boda se celebró en el Restaurante Cavall Bernat situado en un paraje idílico y natural de la población de Matadepera.

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El restaurante era una majestuosa masía que brindaba además una excelente cocina.

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Mis padres querían una celebración íntima por lo que sólo invitaron a los familiares más allegados y a los amigos más cercanos.

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En total eran veintitrés invitados que fueron distribuidos en una gran mesa rectangular.

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Los presentes recuerdan lo bien que se lo pasaron y el abundante y exquisito banquete con el que fueron agasajados. Se cuenta que habían tantos entrantes que todos pensaban que esos aperitivos serían el banquete en sí y comieron de ellos hasta quedar saciados. Sin embargo, la sorpresa de los asistentes llegó cuando, después de esos cuantiosos y suculentos entrantes, los camareros empezaron a servir un primer plato, después un segundo plato y finalmente la tarta nupcial.

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Del matrimonio de mis padres nacimos mis hermanos y yo. La mayor de los hermanos, mi hermana Patricia, se casó el 31 de mayo de 2002. Lo hizo con un chico llamado Javier al que conoció por amigos en común.

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Mi hermana se había fijado en él desde un principio y poco a poco nació el amor entre ellos. Para su boda ella eligió un vestido de silueta clásica de novia, con una cintura marcada de manera sutil y con una falda larga y amplia que caía con bastante movimiento. El escote abierto, tipo barco, dejaba sus hombros al descubierto y daba una sensación de delicadeza muy especial. Las mangas cortas y suaves, prácticamente integradas en el escote, aportaban un equilibrio entre sencillez y romanticismo.

Llevaba un velo ligero y transparente que caía por detrás de los hombros sin competir porque acompañaba pero no dominaba. El ramo de orquídeas blancas, lineal y descendente, daba un toque elegante a la par que sofisticado. Además, el tallo largo y verde que descendía del ramo aportaba naturalidad al conjunto ya que parecía como si se acabaran de recoger las flores de un jardín. Para mí padre, llevar del brazo a su primogénita hasta el altar, fue todo un orgullo

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La familia nos pusimos de punta en blanco para asistir a la boda ya que mi hermana Patricia era la primera que se casaba de la saga Morillo-Sánchez.

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Los enamorados se dieron el sí quiero en la basílica de El Pilar y a la boda acudieron familiares y amigos que disfrutaron mucho del enlace.

Desgraciadamente, o afortunadamente, al cabo de 8 años, el 25 de mayo de 2010, la pareja que tan felizmente se había prometido amor eterno, se divorció. Entonces mi hermana regresó a vivir a nuestra casa de Gran Vía 40 y mi padre, a pesar de lo ocurrido, estaba  muy contento de que su hija volviese al hogar familiar.

Ciertamente la separación de esa pareja fue lo mejor que pasó porque posteriormente mi hermana conoció a otro chico, José, con el que tuvo a Miguelín, un ser de luz y el primer nieto del Abu Pakitin.

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Unos pocos meses después de la boda de mi hermana Patricia, mi padre estuvo muy cerca de volver a ser el padre de la novia. Y es que mi hermana Irene se iba a casar a finales del 2002 pero al final no se celebró el enlace.

La historia se remonta a cuando mi hermana Irene viajaba bastante y en uno de esos viajes conoció a un chico en Barcelona. El chico se llamaba Roger. Era un novio, según mi padre de altos vuelos, que agasajó a mi hermana con un sinfín de regalos y que siempre estuvo muy atento con nosotros. Mi padre lo llamaba el ínclito y siempre le apreció mucho porque, aunque era un chico de pudientes, se portó con nosotros con humildad y eso conquistó a mi padre.

La pareja se comprometió pero tres días antes de la boda mi hermana Irene nos llamó y nos dijo que la boda se suspendía. Todos quedamos sorprendidos y apenados porque estábamos muy ilusionados con el enlace. Echando la vista atrás, esa ruptura fue lo mejor que le pudo pasar a mi hermana ya que desde hace años está con Dan, un chico que encaja a la perfección con ella.

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Mi padre hubiera querido llevar del brazo a todas sus hijas al altar. No pudo ser pero estoy segura que nos observa y está feliz al vernos. Sus hijas hemos tomado caminos diferentes pero teniendo siempre como referencia el amor que él siempre nos inculcó.

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