«El Gran Pakitín y los Gatos en general»
Mi padre tenía mucho respeto por los animales. No era un hombre de estar rodeado continuamente de animales, pero les tenía en mucha estima y cariño. No en vano, la onomástica de mi padre era el cuatro de octubre, día de San Francisco de Asís. La historia de este Santo era una historia de amor no sólo al prójimo, sino también a todos los seres vivos.
Francisco de Asís se despojó de todas las riquezas materiales y se dedicó a servir y ayudar no sólo a sus semejantes, sino también a todos los seres vivos y a todos los animales, a los que consideraba hijos de Dios y llamaba “hermanos”. Se dirigía a ellos y era escuchado y obedecido por estas criaturas. Célebres son las anécdotas de los pajarillos que venían a escucharlo cuando cantaba las grandezas del Creador, del conejo que no quería separarse de él en el lago Trasimeno y del lobo Gubbio, amansado por el Santo:
“¡Ven aquí, hermano lobo! Yo te mando, de parte de Cristo, que no hagas daño ni a mí ni a nadie”
Las golondrinas le seguían en bandadas y formaban una cruz, por encima de donde él predicaba. Cuando estaba solo en el monte, una mirla venía a despertarlo con su canto cuando era la hora de la oración de la medianoche. Pero si el santo estaba enfermo, el animalito no lo despertaba.
Pero mi padre era sobre todo de gatos ¿Y qué hay más gato que un madrileño? Posiblemente nada. Y es que cuentan que el Madrid de la Edad Media, llamada Mayrit, estaba bajo el dominio árabe. La ciudad estaba rodeada por una gran muralla, lo que entorpecía los planes de conquista de los reyes españoles. Pero la suerte cambió en 1083, todo gracias a las habilidades que demostró un soldado.
Según la leyenda, un día de mayo, mientras las tropas cristianas del rey castellano Alfonso VI esperaban en silencio al otro lado de los muros de la ciudad musulmana, un valiente soldado comenzó a escalar la muralla de la ciudad de 12 metros de altura. Lo hizo sólo con una daga en su mano y una agilidad propia de un gato. Una vez arriba quitó la bandera árabe, poniendo la bandera cristiana y reconquistando así la ciudad. Se dice que cuando el rey Alfonso VI vio al soldado trepando, exclamó:
”!Parece un gato!”
La leyenda cuenta que gracias al intrépido y ágil soldado se pudo ganar la batalla y se conquistó Madrid.
A partir de entonces, este soldado se apellidó Gato y se convirtió en un héroe nacional. Con el paso del tiempo el término ”gato” identificó, primero, a cualquier persona valiente de Madrid, y finalmente su significado se extendió para abarcar a cualquiera que hubiera nacido en la ciudad.
Mi padre, ávido lector de varias materias, también leía libros sobre gatos.
Pero fue la lectura de ”La Gatomaquia” la que tuvo un especial impacto en él. Escrita por Lope de Vega en 1634, «La Gatomaquia» era un poema épico burlesco cercano a la fábula y protagonizado por gatos. A un animal tan estético, de gracia sinuosa que tanto recuerda el movimiento femenino, no podía menos de tenerle simpatía Lope de Vega.
Esta fábula relataba la historia de Micifuz, un gato pobre, que estaba enamorado de la hermosa Zapaquilda. Marramaquiz, un rico indiano enemigo de Micifuz, intentaba seducir a su amada, con la ayuda del mago Garfiñanto, para darle celos. Pero al no surtir efecto esta táctica, decidió secuestrar a Zapaquilda durante su convite de bodas con Micifuz. Se desató entonces una épica guerra gatuna con un final inesperado. Lope de Vega era particularmente aficionado a los gatos.
Así, «La Gatomaquia» estaba protagonizada por felinos humanizados cuyas acciones giraban en torno al amor, la galantería y el coqueteo. Era una sátira de las costumbres y una critica del amor al uso de la época. En esta fábula los gatos actuaban de igual modo que los hombres en todas sus guerras. Era una clara parodia de la Ilíada. Zapaquilda, la Elena de tan peregrina Troya, coqueta sempiterna, favorecedora de Marramaquiz primero y de Micifuz luego, era el motivo ocasional entre las dos extrañas guerras que se enfrentan y contraponen.
Era admirable que Lope de Vega, un hombre en el ocaso de su vida, hubiese podido soltar un chorro de donaire tan fresco, tan ágil y tan vivo. El estilo de «La Gatomaquía» era el más suelto y natural que salió de la pluma de ese escritor. Los versos parecían brotar espontáneamente, sin esfuerzo. Con ripios frecuentes, que provocaban la sonrisa. Con numerosas palabras inventadas por el autor, en todo momento dispuesto a la broma.
Era la sonrisa de Lope de Vega anciano, la más hermosa muestra de conformidad con la vida, la más alegre y serena aceptación del mundo. Se hizo niño al pie de la sepultura y lo tomó todo a broma. Hizo una perfecta ecuación del mundo gatuno y del humano, y demostró que la juventud del espíritu reside en el trabajo, en la benevolencia y en la misericordia.
Entiendo perfectamente porque mi padre hacía tantas alusiones a «La Gatomaquia». Mi padre encontró en esta fábula la unión de tres facetas que le apasionaban: lo épico, el humor y el mundo gatuno. Para muestra, unos versos de tan genial poema:
“Asomábase ya la Primavera
por un balcón de rosas y alelíes,
y Flora, con dorados borceguíes,
alegraba risueña la ribera.
Tiestos de Talavera prevenía el verano,
cuando Marramaquiz, gato romano,
aviso tuvo cierto de Maulero,
un gato de la Mancha, su escudero,
que al sol salía Zapaquilda hermosa,
cual suele amanecer purpúrea rosa
entre las hojas de la verde cama,
rubí tan vivo, que parece llama,
y que con una dulce cantilena
en el arte mayor de Juan de Mena”
Cuando estuve de Erasmus en Bruselas, de 1997 a 1998, en alguna de las cartas que mi padre me escribía aparecían en los encabezamientos de las hojas caras de gatos dibujabas por él.
El billete estaba emitido por el banco de Ulisseslandia (haciendo alusión a nuestro gatito Ulysses al que tengo reservado un apartado especial en el blog ¡cómo no podía ser de otra forma!). En el anverso del billete aparecían juntas las caras de los reyes gatos de Ulisseslandia, Marramaquiz I y Zapaquilda II. También aparecían escritos los nombres del gobernador, que era Micifuz, y del cajero, que era El Gato con botas.
En el reverso del billete salían las caras de Marramaquiz I y Zapaquilda II, una en cada extremo del billete, con la inscripción debajo de cada una de ellas de las palabras en latín «Deo Gratias» (Gracias a Dios).
En este billete mi padre dejaba volar su originalidad, mostraba sus ganas de hacer humor, se intuía su habilidad para dibujar y hacía un claro guiño a «La Gatomaquia».
Un gatito de dibujo animado al que mi padre guardaba mucho cariño era a “Félix el Gato”. Un minino de pelaje negro, ojos blancos, y amplia sonrisa que dio sus primeros pasos en el cine mudo en 1919 y más tarde comenzó su carrera en televisión en 1958. Su última gran aparición fue en la ComicCon de San Diego, en 2016, convertido en ícono para una colección de zapatillas temáticas ¡Lo que tiene que hacer un viejo gato para sobrevivir!¡Realmente este gatito ha tenido siete vidas¡
Mi padre disfrutaba de jovencito de las aventuras de este avispado gatito y sobre todo le apasionaba que tuviera un maletín mágico que sus villanos antagonistas trataban inútilmente de robarle y del que sacaba mil y un utensilios que le hacían salvarse de cualquier situación complicada a la que se enfrentase.
Mi padre no olvidaba la pegadiza cancioncilla que decía:
«Félix el gato, el único, único gato
Te hará reír,te hará sentir
que a tu casa debieras venir
viendo a Félix, el único gato»
Otros gatos, también de dibujos animados pero más recientes, a los que mi padre tenía mucha simpatía, eran Garfield e Isidoro. Garfield primero fue protagonista de una tira cómica y posteriormente fue protagonista de una serie de dibujos de televisión. Era un gato atigrado naranja, perezoso, egoísta y con sobrepeso cuyos principales pasatiempos eran relajarse, dormir, mirar la televisión, atormentar a su dueño Jon y al perro Odie, y fastidiar a un gatito pardo llamado Nermal. Le encantaban las lasañas de carne, y odiaba los lunes, los ratones y las arañas. Un minino muy original que hacía reír a mi padre. Especialmente a mi padre le resultaba muy curioso que a ese gato le gustase tanto la lasaña.
Al igual que la historia del gato adicto a las lasañas, Isidoro empezó su existencia con una tira cómica y luego pasó a la pantalla. Era un gato con mal genio, naranja con rayas y muy enredón. Isidoro era un gato de calle, de cubos de basura y de fechorías y travesuras. Uno de esos pícaros que se hacían querer, que traía de calle al lechero y el pescadero del barrio pero se transformaba en galán cuando se trataba de conquistar a Sonia, la gata que le gustaba. Isidoro le gustaba a mi padre porque era divertido, travieso y tenía un carisma arrollador.
Ambos gatos, Garfield e Isidoro, son físicamente muy parecidos al que fue nuestro gatito Ulysses. Creo que mi padre desarrolló esa simpatía hacia esos mininos televisivos porque en el fondo le recordaban a su querido gato que nunca olvidó…..










