Su solidaridad y su caridad
El hecho de que mi padre siempre se preocupase por los demás tiene que ver mucho con la educación que recibió de pequeño. Por ejemplo, sus padres les decían a él y a su hermana Monicha que rezasen y pidiesen por todos a los que querían. Así que por las noches, muy obedientes, mi padre y su hermana se levantaban de la cama y se arrodillaban en el suelo para pedir por los suyos.
Como comenté en otro capítulo, cuando mi padre era pequeño, sus padres le imponían ir a buscar a su hermana mayor, Monicha, cuando está no había llegado a casa a la hora que se la esperaba. Creo que todas esas pautas y reglas impuestas a mi padre desde pequeño hicieron que se preocupase por los demás a lo largo de toda su vida. Una preocupación, no por el deseo de controlar sino por el anhelo de que las personas a las que amaba estuvieran bien y no les pasase nada malo.
Cuando ya fue adulto, la preocupación excesiva por su familia, y el saber si estábamos bien, le provocaba angustia y ansiedad. Tuvo que ir al psiquiatra y tomar medicación para ayudarle a sobrellevar esa situación. Por cierto, que su psiquiatra era el Dr. Simón, padre del otro conocido Dr. Simón, de nombre Fernando y de especialidad epidemiólogo, que durante la pandemia acuñó la tan repetida frase de: “Estamos a punto de alcanzar el pico de la curva de contagios”.
En una de sus visitas al “loquero”, como llamaba mi padre de broma al psiquiatra, antes de unas vacaciones, el Dr. Simón apuntó en su cuaderno de notas : “ Vacaciones inciertas”. Y desde luego que aquel año las vacaciones de verano fueron inciertas, hasta tal punto que, llevando de veraneo en Gandía unos días, mis padres tuvieron que volverse porque mi padre no aguantaba allí. Y como mis padres ni tenían, ni usaban, coche cogieron un taxi desde Gandía hasta Zaragoza.
Esa ansiedad y preocupación en una ocasión le llevó a una fuerte depresión. Mi padre me contaba que lo más duro de la depresión eran sobre todo las mañanas. El levantarse de la cama suponía un gran reto. Mi padre me contó que una de las señales que le indicaron que iba superando la depresión fue el que volvió a afeitarse por las mañanas. Al principio de la depresión, sólo el hecho de coger la maquinilla de afeitar y rasurarse el rostro, le suponía un mundo.
Mi padre últimamente solía afeitarse con maquinilla eléctrica, pero durante un tiempo se afeitó con espuma, brocha y maquinilla de afeitar manual. Recuerdo que, para hacernos reír, cubría su barba con la espuma blanca de afeitar, como si fuese Papá Noel, salía del lavabo y se dirigía a dónde estábamos para provocar nuestras carcajadas. Mi hermana Irene tenía una amiga en el colegio de San Agustín en Zaragoza que se llamaba María Pilar. Esta amiga tenía una melena muy frondosa y si se recogía el pelo le quedaba una coleta muy tupida. Entonces mi padre, para hacer la broma, le cogía la coleta y le decía :
”¡Ésta sí que sería una buena brocha para afeitarme¡”
A menudo bromeaba diciendo que era de la cofradía de “San Trankimazin” porque le recetaron ese tranquilizante que le ayudó mucho en su lucha contra la depresión . Recuerdo que también hizo un curso de control mental, “El Método Silva”, para relajarse y controlar la ansiedad. Escuchaba unas cintas de cassete como parte del tratamiento y se aislaba en su despacho para poderse concentrar al cien por cien en la terapia.
Poco a poco, superó esta complicada situación, gracias a la medicación, a su familia, a sus amigos y a sus compañeros de trabajo. En especial, me contó que su jefe de Hacienda y sus compañeros de aquella época fueron muy pacientes y muy comprensivos con él cuando se reincorporó paulatinamente a su rutina laboral. Pero, sobre todo, la disciplina, la constancia, la voluntad, el esfuerzo y el sacrifico fueron las armas que le hicieron vencedor. Armas que empuñó en esa batalla y en otras muchas a las que se enfrentó a lo largo de su vida.
De “loquillos” mi padre tenía un par de chistes preferidos. Porque él siempre intentaba poner una nota de humor a cualquier situación:
“ Iban dos locos en una moto a toda velocidad. El conductor se detuvo, se quitó el jersey de pico que llevaba y se lo volvió a poner al revés, con el pico en la espalda, para protegerse del frío. En una curva perdieron el equilibrio y cayeron. Llegó la ambulancia, trataron de salvarlos pero finalmente murieron ambos. En el informe médico decía: Dos personas iban en una motocicleta y tuvieron un accidente. Cuando llegamos, el que iba detrás ya había muerto. El conductor murió cuando intentamos enderezarle la cabeza”.
“Llega la policía a un piso alertado por un vecino que decía que se oían ruidos muy fuertes de martillo. Cuando llega la policía al piso en cuestión, se encuentran a un hombre y una mujer. El hombre con un martillo y la mujer con un cuadro. Uno de los agentes dice al hombre: ¿a qué se debe este escándalo? Y el hombre dice: porque yo lo coloco, y ella lo quita (Yo loco, loco y ella, loquita) y dice el otro agente: ¡pues los dos al manicomio! “.
Pero mi padre no se preocupaba sólo por su mujer y su hijos, sino que se preocupaba por todos los que le rodeaban. La preocupación por los demás era algo innato a él, formaba parte de su ADN. Seguía la máxima de “Haz el bien y no mires a quien”. Recuerdo que, por ejemplo, si íbamos caminando por la calle y se encontraba una cáscara de naranja, una peladura de plátano o cualquier cosa en el suelo con la que alguien pudiese resbalarse y caer, él con el pie le daba unos toquecitos a la cáscara o peladura hasta dejarla apartada del lugar de tránsito de los peatones. Un gesto sencillo, un gesto que suma.
Hace unos años, un pariente muy cercano y querido por mi padre pasó una larga y mala época por culpa de los nervios y la ansiedad. Uno de los familiares que estuvieron al lado de este pariente me contó que mi padre reaccionó enseguida a la llamada de auxilio. Dijo que mi padre no preguntó, sólo dijo:
“cuándo, dónde, cuánto y cómo”
Y es que ya se sabe que cuando una persona pasa malos momentos, muchas veces la respuesta de los que le rodean es alejarse del foco del sufrimiento. Sin embargo, mi padre en esa situación, como en otras del mismo calibre, no puso condiciones. Había que estar y estaba.
Juan Mari, el hijo de Juan S. (un buen amigo de mi padre), me contó que su padre conoció a mi padre un día en la playa en Blanes. Ese día se había perdido un niño por los alrededores y mi padre se desvivía por encontrar al menor como si fuese su propio hijo. Una actitud poco usual en una sociedad cada vez más egoísta y en la que prima la preocupación por uno mismo.
Cuando iba a misa, no dudaba en aportar siempre dinero en las recolectas que hacía la parroquia. Me acuerdo que mi padre, si no tenía suelto para echar en misa, cogía monedas de un hucha metálica con forma de cerdito que yo tenía en la mesa de mi cuarto. Siempre restituía el dinero que cogía ¡Aunque a veces yo bromeaba diciendo que el cerdito cada vez pesaba menos!
Cuando éramos pequeños, mis hermanos y yo, íbamos a misa con mis padres y recuerdo que, antes que pasasen el cepillo en la Iglesia, mi padre nos daba monedas para que fuésemos nosotros quiénes hiciésemos el donativo. Y nosotros tan contentos, como si fuésemos mayores, echábamos las monedas al cesto de la recolecta.
Cuando un camarada necesitaba ayuda, mi padre no dudaba en tenderle una mano y arroparle. Mi padre estaba muy pendiente de Andrés P., su camarada y amigo que vivía en Brasil desde hacía años. A pesar de la distancia que los separaba, mi padre no dejaba de preocuparse por él . El propio Andrés P. decía que mi padre era el único que en los momentos más difíciles siempre había estado para ayudarle. Lo mismo hacía con su camarada Jesús M. al que siempre daba consejos sobre cómo llevar su negocio y al que siempre animaba para que no tirase la toalla. Su camarada Joan consideraba a mi padre como un hermano mayor. Como comenté en otro capítulo, dio clases a los hijos de su amigo y camarada Fernando L. Una camarada de Jaén, Marian, me contaba que mi padre siempre la animó para seguir con su proyecto de Revista Unidad Falangista.
Era socio de organizaciones globales sin ánimo de lucro como Acnur o Cruz Roja cuya misión es salvar vidas y proteger los derechos fundamentales de los más desfavorecidos.
También, si veía a alguien necesitado pidiendo en la calle no dudaba en darle una limosna. Mi padre no sabía en qué emplearía ese dinero la persona a la que se lo entregaba, lo que sí sabía es que por lo menos aliviaría en alguna medida la mala situación que atravesaba ese semejante. Se mostraba aún más caritativo con aquellas personas que pedían limosna en la calle y que eran ya mayores. Pensaba que esas personas tendrían más dificultad para encontrar trabajo en un futuro cercano y que probablemente tendrían la responsabilidad de sacar adelante a una familia.
Hace unos treinta años mi padre y mi madre apadrinaron a una niña de la India, Sonu Lala, para ayudarla en su alimentación y educacion. Mis padres conocían a un fisioterapeuta al que iban a tratarse en Zaragoza y este fisioterapeuta estaba muy vinculado a organizaciones que prestaban apoyo y ayuda a las niñas hindúes en su país. En la India, la obsesión por tener un hijo varón, y si es el primogénito aún mejor, parece imposible de erradicar. Las causas que impulsan a los hindúes a preferir un hijo varón a una niña son culturales y económicas. Según la tradición hindú, el ritual funeral de un padre sólo puede ser llevado a cabo por un hijo varón. Por otro lado, la costumbre de que la novia entregue una dote económica en el momento de la boda sigue practicándose. De ahí que muchas familias consideren una carga tener una hija, y una suerte tener un hijo.
Mi padre era consciente de las penurias que podría llegar a pasar una niña en la India, eso si tenía la suerte de sobrevivir. La educación sería la clave para poder ofrecer a esas niñas un futuro en ese panorama tan desesperanzador. Por ese motivo, mi padre no dudó en prestar su apoyo a esa causa. Cuando Sonu Lala se hizo mayor, y había recibido sus estudios, mis padres apadrinaron a otra niña, Romania, hasta que ésta se hizo mayor y así sucesivamente fueron apadrinando a niñas hindúes. Me acuerdo que las niñas nos escribían de vez en cuando en inglés y mi padre y yo redactábamos, juntos y en inglés, la cartas que les remitíamos en respuesta.








