Vacaciones en Valldoreix
Aunque desde que tengo uso de razón hasta que cumplí los veintiséis años, más o menos, nuestras vacaciones familiares de verano fueron en Blanes, hubieron en ese periodo dos años no consecutivos, el 1985 y el 1987, en los que cambiamos de destino vacacional. En los que cambiamos la playa por la montaña y descubrimos Valldoreix.
Valldoreix es una entidad municipal descentralizada (EMD) con ayuntamiento propio que se encuentra en el extremo sur de Sant Cugat del Vallès, en plena Sierra de Collserolla. Esta localidad básicamente la forman casas unifamiliares. Está situada en un entorno natural excepcional que disfruta de la tranquilidad y la montaña a la vez que se encuentra muy cerca de Barcelona y a escasos minutos del centro de Sant Cugat.
Valldoreix además dispone de estacion de los Ferrocarriles Catalanes de la Generalitat, una de las razones por las que mis padres, y en especial mi padre, se decantaron por este destino.
Y es que en aquellos años que fuimos a Valldoreix vivíamos en Tarrasa y aunque mis hermanos y yo teníamos las vacaciones de verano de tres meses que disfrutaban, y disfrutan, los estudiantes, mi padre sólo podía coger el mes de agosto de vacaciones en la Delegación de Hacienda de Tarrasa. Dado que no teniamos coche, en esa ocasión el tren volvió a convertirse en nuestro medio de transporte preferido. Y así durante los meses de junio y julio, y de lunes a viernes, mi padre cogía el tren muy temprano en Valldoreix para llegar a las 8.00 a Tarrasa y después de trabajar volvía a coger el tren por la tarde en Tarrasa para pasar el resto del día con nosotros en Valldoreix.
Cuando era la hora de llegada de mi padre a Valldoreix, y como comenté en otro capítulo del blog, se le podía ver andando por el camino de tierra que llevaba a nuestra finca con una pajita de algún arbusto en la boca, la chaqueta, si llevaba, al hombro y silbando para anunciar que ya estaba allí. Entonces mis hermanos y yo íbamos rápido a recibirle. Siempre nos decía que se había encontrado por el camino al “tío cacerolas”, un mote que mi padre puso a un señor, con el que se cruzaba siempre cuando iba caminando a la finca. Dicho señor conducía un vehículo muy destartalado y levantaba mucho polvo cuando pasaba por el camino de tierra. Decía mi padre que le dejaba perdido de polvo ¡Qué gracia nos hacía el mote de “tío cacerolas”!.
Me he referido a una finca y es que en Valldoreix mis padres no alquilaron un chalet al uso, o torre como se dice en Cataluña, mis padres alquilaron una finca bastante grande. Recuerdo que el señor al que le alquilaron la finca se llamaba el Sr. Abad, y a diferencia del Sr. José al que alquilamos la casa de veraneo en Blanes, éste venía muy poco a visitar su bien inmueble arrendado y cuando venía siempre llamaba a la puerta antes de entrar.
En esos dos veranos en Valldoreix nos acompañaron mis tías Lola, Emilia y Esperanza y la abuelita Esperanza. Y es que la parcela tenía dos casas independientes, una en la parte de arriba y otra en la parte de abajo. Nosotros vivíamos en la parte de arriba y mis tías y mi abuelita en la parte de abajo.
En la parte superior de la finca, dónde vivíamos mis padres, mis hermanos y yo, la casa era de tamaño normal. Recuerdo que, nada más entrar a la casa, había una sala de estar con unos sillones, una mesa y sillas, una televisión y el mueble estrella: «la silla de calor». Así llamábamos a una silla en forma de cuenco tapizada con una tela roja de borreguito que en las mañanas y noches que eran más frescas, mis hermanos y yo luchábamos, literalmente, por sentarnos en esa silla que daba calor. Mi padre no entendía la disputa que entre mis hermanos y yo generaba esa silla a la que a mí padre más bien le daba repelús.
Es cierto que entrado ya septiembre, y principios de octubre, meses que aún aprovechábamos para ir a Valldoreix sólo los fines de semana, en esa zona de bosque las noches se hacían frías y las mañanas se levantaban muy frescas. De hecho más de una tormenta pasamos a refugio en el interior de la casa. En concreto hubo una tormenta que inundó el porche de la casa y recuerdo que todos intentábamos, con mochos o cepillos de barrer, que el agua no entrase dentro de casa. No olvidaré que mi padre no paraba de decir:
¡Achicad agua!
en un intento por animarnos a seguir en esa ardua empresa y en un intento por relativizar y poner una nota de humor en esa situación imprevista.
El exterior de nuestra casa estaba decorado por infinidad de objetos y estatuas de estilo clásico.
Había también una fuente con un estanque de peces. Mis hermanos y yo nos encargábamos de alimenrar a los peces con una comida específica para ellos y que recuerdo olía muy mal pero supongo que, a juzgar por lo rápido que iban los peces hacía ella, a ellos les olía muy bien. Mi madre alimentaba a los peces con un sustento diferente. Mi madre los alimentaba con moscas. Y es que recuerdo que era muy gracioso cómo mi madre se ponía a tomar el sol al lado de la fuente con el estanque y, como hacía tanto calor y las moscas no paraban de revolotear, cuando se ponían sobre su piel les daba un manotazo y las moscas quedaban k.o. De esta forma las moscas se convertían en el alimento de unos peces que se mostraban agradecidos por tan suculento manjar.
Para ir de la parte de arriba a la parte de abajo de la finca, o viceversa, habían unas escaleras de piedra a las que daban sombra unos cerezos. Cada vez que subíamos o bajábamos las escaleras, cogíamos un puñado de cerezas que iban directamente a nuestra boca.
Por esas mismas escaleras podías acceder a una planta intermedia de la finca en la que había un espacio exterior con una barbacoa. La barbacoa estaba en una estructura de piedra y al lado de ella había un conjunto formado por una gran mesa y bancos, ambos hechos directamente con troncos de madera, en las que disfrutábamos de deliciosas comidas hechas a la brasa ¡Otra vez aparecen las barbacoas en nuestras vacaciones de verano! En este caso, como en Blanes, la directora de orquesta que dirigía la barbacoa era mi madre ¡Qué bien lo pasábamos en esas barbacoas mis tías, mi abuela, mis padres, mis hermanos y yo!
En la planta baja de la finca estaba la casa en la que vivían mis tías y la abuelita. Y en esa planta había una piscina. Curiosamente el sistema de llenado de agua de la piscina corría a cargo de un chorrito de agua que salía de la boca de un pez que llevaba en brazos una estatuilla de un niño colocado en uno de los extremos de la piscina. Por tanto, cuando queríamos cambiar el agua de la piscina nos pasábamos una eternidad hasta llenarla.
Mi padre se encargaba de la piscina y sus cuidados. Le echaba el cloro y los productos químicos necesarios para mantener el agua limpia y en perfectas condiciones. Él mismo fabricó una lona de plástico para cubrir la piscina, que se sujetaba a unos enganches. Esta lona evitaba que el agua de la piscina se manchase si por ejemplo llovía o caían hojas secas, y similares, de los pinos que rodeaban la piscina ¡Otra vez aparecen en nuestra vida los pinos por vacaciones! Mi padre se agenció también de un bichero que se componía de un largo mango al final del cual había una red en forma de bolsa que permitía llegar a cualquier rincón de la piscina y así se podían recoger hojas y otros desechos que caían a la piscina. Recuerdo una vez que a unas ranitas les dió por procrear en nuestra pisicina y ¡no se cuánto tiempo estuvimos sacando renacuajos de la piscina!
También en la planta baja había una zona con una canasta en las que mis hermanos y yo hacíamos nuestros pinitos en el baloncesto. Ahí fue donde mi hermano empezó a interesarse por ese deporte que ha practicado desde siempre. Bajo esa pista improvisada de baloncesto estaba el garaje, utilizado íntegramente por mis tías que eran las únicas, de los que allí vivíamos, que tenían coche.
¡En resumidas cuentas en esa finca te podías perder! Pero es que además la finca estaba rodeada por una enorme parcela de bosque que formaba parte de la misma y en la que te podías encontrar ardillas, conejos de bosque y otras especies de roedores que por allí habitaban. Recuerdo que cuando entramos en esa finca, la parcela de bosque estaba totalmente descuidada. Y tanto mis tías, mis padres, como mis hermanos y yo, con pico, pala y rastrillos estuvimos quitando arbustos secos y hierbajos, estuvimos nivelando la tierra y con mucho sudor y esfuerzo dejamos una parcela de bosque cuidada y despejada.
Recuerdo también que en esa parcela de bosque había una pequeña cabaña en el suelo, hecha de troncos, a la que mis hermanos y yo íbamos cuando nos enfadábamos o queríamos estar solos. Allí, alrededor de esa cabaña yo intentaba cazar pájaros mediante trampas de comida ideadas para que los pajarillos cayesen en ellas, cosa que nunca pasó. Iba también provista de un saco de patatas por si veía algún pájaro y lo podía atrapar con el saco y mi padre cuando me veía de esa guisa decía de broma:
«¡Ahí va la loca del saco!»
Y es que, ¡menuda ingenuidad la mía al pensar que de esa manera iba a poder atrapar algún pájaro!
Por las tardes, cuando el sol bajaba, nos íbamos de excursión por los alrededores de la finca. A esas excursiones solíamos ir mis tías Emilia y Esperanza y mis hermanos y yo. Mi padre fue en alguna ocasión pero no era lo suyo… volvía lleno de arañazos, picado por los mosquitos y deshidratado. Como ya comenté mi padre era más urbano que de campo. En esas excursiones íbamos a coger del suelo del bosque la ramas secas y la piñas secas que caían de los pinos y que utilizábamos para encender la barbacoa. Si las piñas que cogíamos eran de pinos piñoneros, entonces extraímos los piñones de su interior y los usábamos para hacer algún postre.
También cogíamos moras de las zarzamoras y hacíamos mermelada con ellas. Yo también aprovechaba esas excursiones para coger caracoles y meterlos en una caja de cartón de zapatos y llevármelos a casa para darles de comer y cuidarlos !Cómo disfrutábamos esas excursiones por el bosque! Cuando descubríamos algún paraje nuevo le poníamos nombre y esos parajes nos servían de brújula para saber dónde estábamos.
Por las noches toda la familia nos reuníamos para jugar a juegos de mesa en el exterior. Bien jugábamos a las cartas, bien a la ajedrez, bien al parchís o bien a la oca. Estábamos tan entretenidos con esos juegos de mesa que se nos hacían las tantas de la noche. Pero nos daba igual, porque aunque mi padre tuviese que madrugar para ir a trabajar al día siguiente, él sabía perfectamente que ese tiempo pasado en familia no lo cambiaba por nada.













