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De color marrón rojizo oscuro y con forma muy similar a un triángulo, el hígado es el órgano interior más grande del cuerpo humano pesando en promedio 1,5 kg. Se encuentra situado en la parte superior derecha de la cavidad abdominal, debajo del diafragma y encima del estómago, el riñón derecho y los intestinos.

Es responsable de más de 500 funciones esenciales incluyendo la desintoxicación de la sangre, la producción de bilis para la digestión de grasas, el metabolismo de nutrientes y el almacenamiento de energía y vitaminas. También regula la coagulación sanguínea y sintetiza proteínas plasmáticas. Además, no sólo filtra y elimina deshechos sino que neutraliza tóxicos, microbios y sustancias cancerígenas.

El hígado es el único órgano del cuerpo que se regenera. Si donas una parte de tu hígado en vida esa parte vuelve a crecer en sólo cuatro meses. Quizás ese poder de regeneración del hígado lo conocían ya los antiguos griegos porque en la mitología helénica Prometeo fue un titán que robó el fuego de los Dioses y lo entregó a los hombres. Como castigo, Zeus lo encadenó a una roca y envió un águila que cada día devoraba su hígado. Durante la noche, el hígado volvía a crecer, y al amanecer el tormento se repetía, de forma eterna, hasta que fue liberado por Hércules.

La ingesta de toxinas como grasas saturadas, tabaco, alcohol, medicación y azúcares colapsan este órgano. Pero también las emociones reprimidas dañan el hígado. Aquellas emociones que “enterramos” porque no están ni socialmente ni culturalmente bien vistas tienen un impacto directo sobre el hígado. Cuando no controlamos la ira, la rabia, el enfado o el rencor, su energía es soportada por este órgano sobrecargándolo de trabajo. 

Sus hígados

Mi padre solía utilizar expresiones con la palabra hígado como

“Estoy que echo los higadillos”

si terminaba exhausto al esforzarse al máximo, físicamente o mentalmente, para conseguir un objetivo. También, fiel a su humor, tenía algún chiste de los suyos utilizando dicha expresión:

“Un hombre muy avaro estaba esperando al autobús en la parada para ir a su casa y cuando llega por fin el autobús se le enciende la bombilla y dice: ¡Pues si me voy corriendo detrás del autobús me ahorro las 80 pesetas! Así, que dicho y hecho, y sale corriendo detrás del autobús. Cuando llega al portal de su casa todo jadeante y echando el higadillo dice: ¡Qué burro soy! ¡Si en vez de correr detrás del autobús hubiera corrido detrás de un taxi me habría ahorrado 500 pesetas! » 

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021

O también decía:

“Me han sacado los higadillos”

si algo le había costado mucho más caro de lo que esperaba.

En gastronomía el hígado de los animales forma parte de lo que se llama «casqueria», es decir las entrañas de un animal. La casqueria es odiada y amada a partes iguales y pertenece, en su mayoría, a lo que coloquialmente se llaman «platos de cuchara». De ese tipo de platos a mi padre desde muy joven le encantaban los callos a la madrileña o el rabo de toro.

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Le gustaba ir con sus compañeros de trabajo de Hacienda a un restaurante en Zaragoza que se llamaba «El Palomeque» y que destacaba por sus guisos hechos a partir de la casquería.

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No sólo utilizaba la palabra casquería en términos gastronómicas sino que por ejemplo llamaba «películas de casquería» a aquellas películas en las que habían asesinatos o se veía mucha sangre.

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De entre la casquería, el hígado es el superalimento, ya que es una fuente de vitaminas, de nutrientes, como el hierro, y de minerales. Olvidado durante unos años, ahora vuelve a estar en auge. Hace un tiempo comer hígado una vez a la semana era una práctica habitual en las familias. Sobre todo se ingería en épocas de guerra o dificultades económicas cuando los alimentos ricos en nutrientes eran esenciales para mantener la salud. Desde tiempos inmemoriales el hígado ha sido considerado un bocado selecto y se le han atribuido propiedades curativas en algunas culturas.

Recuerdo que de pequeños mis padres nos hacían comer hígado de cerdo o de ternera a mis hermanos y a mí. A nosotros no nos gustaba nada y nos negábamos a tomarlo. Pensábamos que si no queríamos comerlo no lo comeríamos. Pero no era así, ya que el hígado que no ingeríamos a la hora de comer, mi madre lo guardaba y nos lo ponía otra vez en la cena. Y si en la cena también nos negábamos a hincarle el diente, ese mismo hígado nos daría los buenos días en el desayuno del día siguiente.

Claro está, con la experiencia, aprendimos que en esa situación la máxima de «más vale tarde que nunca» no nos beneficiaba ya que a medida que pasaban las horas ese hígado, que en un principio podía estar jugoso, se convertía en una auténtica suela de alpargata. Así que, poco a poco, nos fuimos rindiendo ante el poder del hígado.

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Curiosamente en la actualidad tanto mi hermana Patricia como mi hermano Nacho siguen una dieta en la que implementan a menudo el consumo de hígado. Dicen que está muy bueno.

Eso sí, no llegan al punto de «El Rey del hígado» un influencer que se lanzó a las redes sociales en 2021 con una propuesta extrema que consistía en renunciar por completo al estilo de vida moderno y recuperar los hábitos de nuestros ancestros. La piedra angular de su mensaje era la alimentación basada en carne cruda especialmente en vísceras como el hígado, al que llamaba “el alimento más poderoso del planeta».

Él afirmaba: «como hígado para desayunar, comer y cenar». Recomendaba consumir más de 450 gramos de hígado crudo al día, lo que representa una sobredosis de vitamina A, un nutriente que el cuerpo no puede eliminar fácilmente lo que podría generar una severa toxicidad en el organismo.

Si mi padre hubiese conocido a «El Rey del hígado» hubiera dicho, siguiendo la filosofía de Aristóteles, que

«la virtud se encuentra en el justo medio»

o

«ni tanto ni tan calvo» 

Por eso a mi padre le gustaba más el paté que no sólo era hígado de pato o de oca sino que era una mezcla de hígado, carnes y tocino.

Mi padre fue, es y será, un fiel seguidor de su equipo el Real Madrid. Era un merengón de los pies a la cabeza y mi madre, mis hermanos y yo nos convertimos en auténticos “merengones” siguiendo sus pasos.

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Nos llevamos muchas alegrías con las victorias del Real Madrid y con las derrotas del Barcelona. Mi madre, mientras escuchaba por la radio los partidos, colocaba los dedos de ambas manos en forma de cuernos para alejar la mala suerte del Real Madrid. Cuando mi padre le preguntaba a mi madre:

“¿Titis ya estás poniendo los cuernos?”

si mi madre contestaba con un «sí“, era entonces cuando teníamos más posibilidades de que ganase nuestro equipo.

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Recuerdo que nos chocábamos las manos entre nosotros cuando el Real Madrid marcaba un gol o cuando al F. C Barcelona le metían un tanto. En esas ocasiones victoriosas de nuestro equipo mi padre acuñaba la expresión “tengo una hemorragia de felicidad” y a continuación exclamaba:

«El Barcelona debe estar echando bilis por la boca»

Auque la bilis es esa sustancia amarga y de color amarillo, o verdoso, que segrega el hígado y que interviene en el proceso digestivo, mi padre utilizaba esa expresión para referirse a la rabia o la ira que, a causa de la derrota, estarían viviendo los afines al F.C Barcelona.

Poco tiempo después de tener a mi hermano Nacho a mí madre le detectaron un cáncer de mama. Ella sólo tenía 37 años y ese revés de la vida echó por tierra la idea de mi madre de ampliar aún más la familia numerosa que ya eramos.

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Pasamos momentos muy difíciles pero mi madre siempre fue una luchadora y se sobrepuso a ese fuerte revés que le dio la vida. Estando enferma mi madre no dejó de cuidar a su famila y recuerda que cuando iba a las sesiones de radioterapia se llevaba en brazos a mi hermano Nacho que era tan sólo un bebé.

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En aquella época si te quitaban un pecho por tener cáncer de mama, no te hacían la reconstrucción hasta pasado un tiempo. A mí madre le hicieron la reconstrucción mamaria cuando vivíamos en Tarrasa y se la realizaron en Madrid.

Mis padres tuvieron que pasar una temporada en la capital y mi tía Emilia, la hermana de mi madre, también la fue a cuidar al hospital cuando mi padre debía ausentarse. Mis hermanos y yo nos quedamos a cargo de Francisco y Mercedes, dos amigos de mis padres que vivían en Tarrasa y que cuidaron de nosotros como si fuéramos sus hijos.

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La logística estaba montada. El problema fue que cuando le hicieron la reconstrucción mi madre perdió mucha sangre en la operación y le tuvieron que hacer una transfusión. Mi madre recuerda que nada más iniciar la transfusión se le empezó a hinchar el cuerpo. Al notar que algo no iba bien, le dijo a la enfermera que le acompañaba que interrumpiese el proceso pero la enfermera le replicó: «No podemos parar».

Cuando finalmente mis padres volvieron a Tarrasa, como mi madre se había quedado con la mosca detrás de la oreja, decidió ir a un médico para que le mandase unas analíticas de sangre completas. Los resultados de esas analíticas desvelaron que tenía las transaminasas muy elevadas. Y, dado que las transaminasas son enzimas intracelulares, principalmente hepáticas, esenciales para el metabolismo de aminoácidos, si están muy elevadas puede ser debido a un daño celular en el hígado o a la existencia de enfermedades como la hepatitis.

A raíz de estos hallazgos, mi madre fue sometida a pruebas más específicas que desvelaron que tenía hepatitis C. En un principio ella creía que se había infectado con ese virus porque la transfusión que le hicieron era de un grupo sanguíneo diferente al suyo, el AB. Sin embargo esto no era posible ya que el tipo de sangre AB es único al poseer ambos antígenos, A y B, en sus glóbulos rojos.

A diferencia de otros tipos de sangre, el plasma de la sangre AB no contiene anticuerpos contra estos antígenos, lo que le confiere una ventaja en términos de compatibilidad como receptor universal. Esta característica hace que las personas con sangre tipo AB puedan recibir transfusiones de cualquier otro tipo de sangre.

Los estudios que posteriormente le realizaron concluyeron que se infectó por la hepatitis C porque la sangre que le habían transfundido cuando le reconstruyeron el pecho estaba infectada por ese virus. Y es que el virus de la hepatitis C se identificó en 1989 pero no se hicieron pruebas de cribado hasta unos años después cuando se desarrollaron técnicas para detectar el virus en la sangre de los donantes.

Puesto que en los años 90 no se detectaba ese virus en la sangre, era posible que una sangre donada estuviese infectada por ese virus y que el receptor de dicha sangre desarrollase, semanas después de la transfusión, un cuadro de color amarillo en los ojos y piel o silenciosamente la enfermedad se le agravase y le condujese hacia una cirrosis hepática.

Una vez le detectaron la hepatitis C, mi madre se sometió a un tratamiento para su cura. En aquel entonces los tratamientos de dicha enfermedad estaban poco desarrollados. Las terapias de primera generación, las de los años 1999 y 2000, que consistían en la combinación de interferón y ribavirina, curaban al 41% de los pacientes en 48 semanas. Sin embargo esas terapias producían efectos secundarios como síntomas pseudogripales graves, fatiga extrema, depresión y anemia, lo que a menudo provocaba la interrupción del tratamiento.

Hoy en día los nuevos tratamientos antivirales combinados superan el 95% de curación en un plazo de sólo 12 semanas y sin apenas síntomas.

Mi madre, por las fechas en que se trató, recibió fármacos de primera generación. El tratamiento se nos hizo muy largo pero finalmente se curó. Estuvo entre ese afortunado 45% de pacientes que sanaban después de ser medicados. Recuerdo que su cura se confirmó días antes de la celebración de la boda de mi hermana Patricia, el 31 de mayo de 2000, con lo cual la celebración fue por partida doble.

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