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En esta ocasión quiero agradecer de nuevo la ayuda de la prima de mi padre, Julita y de los sobrinos de mi padre, Jesús y Mario. 

“La Monichilla”

Teresa, la hermana de mi padre, nació el 18 de agosto de 1936 en Madrid. Todo el mundo la llamaba “Monicha” y mi padre haciendo el diminutivo la llamaba “Monichilla” o “Monichina”. El alias de “Monicha” se lo puso nada más nacer, y como no podía ser de otra forma, la tía Consuelo, la hermana de la abuela Teresa, una Pérez de pro a la que los motes le salían solos. No se sabe muy bien si le puso ese apodo para decir que era muy mona, de bonita, o que era muy mona como los primates mamíferos que viven en la selva y comen plátanos.

Monicha era ocho años mayor que mi padre, así que cuando mi padre era un chaval su hermana ya era una jovencita con inquietudes propias de su edad. Le gustaba relacionarse y hablar con la gente. Siempre fue una buena conversadora y sabía escuchar. De mayor la acompañó siempre un cigarrillo en mano y su expresión atenta.

Mi padre nos contaba que, de pequeño, cuando era la hora de volver a casa de su hermana y aún ella no había regresado, sus padres le mandaban a él para que fuese a buscarla. Como vivían en la calle Canarias 30 de Madrid, mi padre se recorría el barrio intentando averiguar el paradero de su hermana.

Él recordaba agacharse y mirar por debajo de la persiana, ya medio bajada por la proximidad a la hora del cierre de los establecimientos, de alguna tienda o ultramarinos que ella solía frecuentar. Él intentaba reconocer la silueta de su hermana en ese estrecho hueco que quedaba entre el suelo y la persiana casi bajada de la tienda.

Al final mi padre siempre la encontraba, en un lugar u otro, y ella siempre se mostraba sorprendida cuando mi padre la iba a buscar porque no imaginaba que se le hubiese hecho tan tarde ¡y es que se le iba el santo al cielo al estar entretenida conversando!

Monicha se convirtió en una mujer muy guapa y alegre. Tenía una risa muy contagiosa y muy escandalosa. Desde que tengo uso de razón recuerdo muchas veces, en las que de tanto reírse, se hacía pipi. Y entonces aún se reía más. Era única e irrepetible.

Empezó a trabajar desde muy jovencita, y aunque no estudió en la Universidad, era muy inteligente y tenía muchas ganas de aprender.  Primero trabajó en una mercería, luego en una casa de modas y después, con la llegada de IBM a España, fue pionera en el campo de los ordenadores y trabajó en Seguros Occidente. Luego trabajó en el Banco de España en el turno de mañanas y por las tardes trabajaba en Loewe. ¡Casi nada! Gracias a su esfuerzo y trabajo, la familia pudo ahorrar y costear, entre otras cosas, los estudios universitarios de mi padre. Él siempre fue consciente de ese gesto tan generoso y desinteresado de su hermana y siempre le estuvo muy agradecido.

“Monicha” y el canto

Monicha tenía una voz única que no dejó de cultivar a lo largo de los años. Mi padre la alabada y decía de ella que:

cantaba haciendo gorgoritos

una forma de cantar extremadamente complicada y sólo apta para las voces más privilegiadas.

Monicha cantó en varios coros. Uno de los primeros coros en los que cantó fue en el de la iglesia de San Manuel y San Benito. Esta iglesia estaba situada en la calle de Alcalá, frente al parque del Retiro de Madrid. En este coro cantaban varios jóvenes, entre ellos Miguel Ángel Villoria al que su hermano José Mario Villoria acompañaba a los ensayos y de paso se quedaba a escuchar los cantos. De tanto ir al coro, José Mario se fijó en aquella preciosa joven cantarina, Monicha. Desde entonces la pareja fue inseparable.

José Mario había nacido el 19 de marzo de 1941, con lo cual era cinco años más joven que Monicha, ¡pero a quién le importaba la diferencia de edad si sus miradas, voces y corazones se habían encontrado! José Mario era servicial, “echao pa’lante”, diligente, resolutivo y siempre dispuesto a todo. Trabajó en el Ayuntamiento de Madrid en el departamento de infraestructura y transporte donde realizó grandes proyectos que aún perduran en la capital de España.

“Los Monichillos”

José Mario y Monicha se casaron el 23 de septiembre de 1966. Tuvieron dos hijos, Jesús y Mario. Como se diría “cada uno de su padre y de su madre”.

Jesús reflexivo y cauto, estudió la carrera de medicina y actualmente se dedica a la investigación clínica (metodología, diseño de estudios, análisis estadísticos avanzados y publicación de resultados) ¡Ahí es nada!

Mario extrovertido y espontáneo, estudió la carrera de derecho, pero muy pronto se sintió atraído por el mundo del teatro, o como mi padre lo llamaba “el mundo de la farándula “, y se rindió a sus pies. Actualmente trabaja en el Teatro Real de Madrid, «¡se abre el telón!«

Los cuatro vivieron muchos años en un chalet precioso en la Calle Duero 1 de Pozuelo de Alarcón (Madrid), que fue testigo de los mejores momentos vividos entre los Villoria Morillo y los Morillo Sánchez.

 

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021

Cuando Monicha dio a luz a Mario, su segundo hijo, dejó de trabajar. En esas fechas coincidió que su madre Teresa sufrió la embolia que la dejó postrada en una silla de ruedas. Su padre, el abuelo Paco, era un hombre de los de antes, de los que pensaban que la mujer se tenía que quedar en casa para ayudar a la familia, máxime si la madre se había quedado inválida. Así que Monicha no tuvo mucha opción y se quedó en casa cuidando a sus hijos a la vez que prestaba los cuidados que su madre requería.

Por desgracia la enfermedad de su madre, la abuela Teresa, fue una enfermedad larga que duró 9 años y cuyo triste desenlace fue el fallecimiento de la progenitora. Durante todo ese tiempo de cuidados a los demás, Monicha dejó aparcada su vida laboral. Y cuando, por las circunstancias devenidas pudo volver a trabajar, ella sintió que sus conocimientos habían quedado obsoletos. Esto le frustró mucho y le creó, primero, una gran insatisfacción personal y luego una gran insatisfacción con todo. Las consecuencias de esta insatisfacción la condujeron a una depresión contra la que luchó durante gran parte de su vida.

“Monicha” y la pintura

Monicha encontró en la pintura una forma de superar la depresión y expresar sus sentimientos.  La pintura fue en su caso una vocación tardía pero cogida con muchas ganas. Comenzó sus estudios de pintura en la escuela municipal de Pozuelo de Alarcón. Posteriormente se adhirió a un grupo de trabajo en el taller del pintor Jorge Ludeña. En el taller estuvo cinco años sometiéndose a un método de estudio muy severo. Allí se formó como pintora y fue definiendo su característico estilo basado en el color, la composición y el movimiento.

Al morir el pintor Jorge Ludeña, ella quedó desorientada y le costaba coger los pinceles. Pero poco a poco, recobró la iniciativa de volver a pintar y se dio cuenta de las valiosas enseñanzas recibidas y se animó a exponer en varias ocasiones. Los cuadros que pintaba Monicha eran cuadros llenos de vida, llenos de color y llenos de naturaleza. Eran un descanso para la vista y para el alma. En nuestra casa de Zaragoza tenemos varios cuadros suyos colgados en las paredes y resultan de gran inspiración. Mi padre siempre admiró la vena pictórica de su hermana y presumía mucho de ella, estaba muy orgulloso de su “Monichina”.

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021
Todo cambió el 17 de Mayo de 2021

Los hermanos “Morillo”

Era muy bonito ver a mi padre y a su hermana juntos. Se entendían muy bien y se querían muchísimo. Monicha adoraba a mi padre y mi padre la idolatraba a ella.

Aunque durante muchos años vivieron distanciados geográficamente, ella vivía en Madrid y mi padre vivió primero en Tarrasa y luego en Zaragoza, nunca perdieron la oportunidad de verse físicamente o estar en contacto a través de cartas o conversaciones telefónicas.

 

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021

Su hermana Monicha falleció el 18 de mayo de 2014 de una obstrucción intestinal. Mi padre quedó desolado y desconsolado. No sólo había perdido a su única hermana a la que quería muchísimo, sino que además era el único que quedaba vivo del antiguo núcleo familiar Morillo Pérez, formado por su padre Paco, su madre Teresa, su hermana Monicha y él. Mi padre se sintió solo y desorientado. Mi madre, mis hermanos y yo intentamos arroparle y consolarle para que no se derrumbase, pero yo creo que el dolor por la pérdida de sus padres y su hermana, un dolor silencioso y profundo, le acompañó hasta el final de sus días.

Un trío inseparable

Viudo José Mario, mis padres se unieron mucho a él y se preocupaban mucho por él.  A lo largo del año venía muchas veces a visitarnos a Zaragoza. Mis padres y él hacían viajes juntos. Como José Mario no tenía ni un ápice de pereza en coger el coche, se iban juntos a Asturias o a Benidorm, o a dónde les apetecía.

En Benidorm disfrutaban muchísimo yendo a visitar a los primos que mi padre tenía allí, otros Pérez, Federiquin y Gerardin. Fueron muy felices los tres en estas idas y venidas.  José Mario encontró en mis padres unos buenos compañeros de viaje y mis padres descubrieron con él nuevos lugares y una libertad no experimentada anteriormente. Un trío inseparable. Lamentablemente, y como parece que siempre ocurre en esta vida, cuando alcanzas y tocas la felicidad parece que hay otra fuerza que te impide saborear eternamente ese estado de dicha.

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021

El 18 de febrero de 2017 fallecía José Mario de un cáncer que avisó con poco tiempo. Nadie esperábamos este revés del destino. Otro de los buenos se iba. Y mis padres, con su pérdida, se empezaron a marchitar y nunca volvieron a ser los mismos.