En este capítulo agradezco la colaboración que me han prestado mis tías Emilia y Esperanza, las hermanas de mi madre, y mi hermano Nacho. Este capítulo, como los demás, se nutre también de los relatos que, de cada etapa, nos contaba mi padre en vida.
Llegada a la «Ciudad de los Ángeles»
Después de contraer matrimonio, mi madre entonó el: “Si tú me dices ven, lo dejo todo” y se fue con mi padre a vivir a Madrid.
Mis padres no se fueron de viaje de novios porque acababan de hacer un desembolso importante de dinero en la celebración de la boda, mi madre había dejado de trabajar como profesora y mi padre llevaba poco tiempo trabajando, aún no había presentado el proyecto Fin de Carrera, el último paso para obtener el título de Ingeniero Industrial. Así que, tenían que vivir de sus ahorros anteriores, en especial de los ahorros de mi madre que era la que más tiempo llevaba trabajado hasta entonces.
Nada más llegar a Madrid, mis padres fueron a vivir a un piso en la “Ciudad de los Ángeles”, que era un barrio perteneciente al distrito de Villaverde, situado en el sur de Madrid y construido entre los años 50 y 60.
El nombre de “Ciudad de los Ángeles” fue elegido en un concurso popular en el año 1958 y dicho nombre tuvo su origen por la cercanía del barrio al Cerro de los Ángeles. Situado en el municipio madrileño de Getafe, el Cerro de los Ángeles estaba considerado el centro geográfico de la Península Ibérica.
Durante siglos, el cerro de los ángeles había sido un lugar de religiosidad y acoge en la actualidad una ermita, un convento y el Monumento al Sagrado Corazón de Jesús. Desde su posición privilegiada ofrecía, además, una panorámica de 360º con vistas hacia Madrid, Getafe y otros pueblos del sur de la capital. Rodeando el cerro había un frondoso bosque de pino carrasco que hacía que la zona fuera un lugar ideal de recreo.
En un principio, las calles del barrio de la “Ciudad de los Ángeles” no tenían nombre, por ello utilizaban el número de bloque dentro del barrio para las direcciones, y las calles se conocían con el número de los bloques que bordeaban. No fue hasta 1983 que las calles del barrio tomaron el nombre de zarzuelas.
Cuando yo era pequeña y decía que había vivido en la “Ciudad de los Ángeles”, yo me imaginaba que había vivido en Los Ángeles, California. Cosas de niña, y de una falta aún de conciencia de quién era yo y en qué lugar del mundo me encontraba.
Los inicios de la vida de casados
El piso que mis padres escogieron para vivir en la “Ciudad de los Ángeles” era un piso de alquiler con cuatro habitaciones y dos cuartos de baño. Para amueblarlo, mi madre había comprado el mobiliario en una tienda de muebles de Tarrasa.
Mi madre había hecho cuentas y visitado muchas tiendas hasta encontrar los muebles adecuados. Era el primer piso en el que vivían juntos y querían que fuese su hogar. Además, estaba cerca de dónde trabajaba mi padre.
La llegada a Marconi
Mi padre entró en el mundo laboral, como en el ámbito del amor, teniendo que escoger entre dos opciones. Estaba ya casi seleccionado para entrar a trabajar en IBM, pero en el camino se interpuso la opción de trabajar en Marconi.
Después de pensarlo mucho, y sopesar los pros y los contras de cada opción, decidió apostar por Marconi. Más tarde mi padre nos confesaría que, viendo en lo que se había convertido IBM, “El gigante azul”, igual hubiese hecho mejor entrando a trabajar allí.
Y es que en la actualidad IBM se dedica a comercializar hardware y software para computadoras, ofrece servicios de infraestructura, alojamiento de Internet y consultoría en una amplia gama de áreas relacionadas con la informática, desde computadoras centrales hasta nanotecnología, pasando por inteligencia artificial y computación cognitiva.
Pero la vida es decidir en un momento y mi padre decidió en ese momento. Hizo que la decisión que tomó fuese la correcta y así formó su destino laboral.
La historia de la Compañía Marconi
La Compañía Marconi (en inglés, Marconi Company) fue una empresa británica de telecomunicaciones e ingeniería y fue fundada por el ingeniero electrónico italiano Guillermo Marconi (1874-1937).
Este Ingeniero, nacido en Bolonia, inventó la transmisión de ondas de radio a larga distancia y también desarrolló un sistema de telegrafía inalámbrico. En 1909 recibió el Premio Nobel en Física.
Como decía Guillermo Marconi:
“Sólo se progresa cuando se piensa que siempre se puede hacer algo más”.
La Compañía Marconi hizo negocios con ese nombre desde 1963 hasta 1987, aunque su historia, con distintos nombres, abarca desde sus inicios en 1897 hasta su cierre definitivo en 2006. Durante ese tiempo, la empresa sufrió numerosos cambios, fusiones y adquisiciones.
La empresa Marconi se instaló en España en el año 1910, construyendo sus primeras instalaciones en la zona de Barrio del Pacífico de Madrid en 1917. En 1945, y llamándose ya Marconi Española SA, se trasladó a la Avda. de Andalucía km 10 en Villaverde (Madrid).
El edificio era imponente. Se componía de 17 naves con estructura metálica y cubierta en diente de sierra, de 160×140 metros, y un cuerpo representativo. Sobre éste, una fachada monumental recogía las influencias de las corrientes modernizadoras.
Marconi Española SA se dedicaba a la fabricación de material de telecomunicaciones.
Mi padre entró a trabajar allí a principios de 1973.
Llegaron a trabajar en la empresa hasta unos 4.000 empleados, tanto hombres como mujeres.
Con lo grande que era la empresa, mi padre nos contaba que el día de Navidad el jefe de Marconi, iba trabajador por trabajador, felicitándoles personalmente las fiestas.
Mi padre solía decirnos:
“¡Eso sí que era un jefe!”.
La etapa de «El Gran Pakitín» en Marconi
En Marconi mi padre era jefe de laboratorio de métodos en la división de material telefónico. En esta empresa, aparte de trabajar, siguió formándose haciendo cursos para estar a la vanguardia tecnológica.
Y así, el 17 de mayo de 1974, se sacó el curso de MTM, “Methods Time Measurement” (“Medida del Tiempo de los Métodos”), acrónimo que significaba que el tiempo requerido para realizar una tarea específica depende del método elegido para realizarla.
Así, éste era un sistema estandarizado para medir los tiempos que tardaban los trabajadores en ejecutar una tarea repetitiva o una operación manual.
El objetivo era analizar dónde estaban los movimientos ineficaces que se traducían en pérdidas innecesarias de tiempo en una tarea que se ejecutaba cientos de veces al día. Era una de las principales técnicas de medición de trabajo y de la utilización de estos tiempos surgían ideas para la optimización del diseño de puestos y métodos de trabajo, a la vez que se mejoraba la productividad. ¡El tiempo era, es y será oro!
Pero Marconi no sólo era trabajo y estudio, ¡Cuántas anécdotas inverosímiles y rocambolescas nos contó nuestro padre sobre Marconi!
Desde un trabajador que se enteró que iba a subir el precio del aceite y llenó su bañera de ese oro líquido con tan mala suerte que se coló todo por el desagüe de la bañera porque el tapón no estaba bien cerrado.
Pasando por algunos trabajadores que se intercambiaban los análisis de orina cuando se hacían los reconocimientos médicos en la empresa. Desde en un turno de nochebuena en que los trabajadores asaron para la cena los corderos y demás carnes con soplete. Hasta un trabajador que era cojo y se enrollaba en su pata de palo gran número de ejemplares de periódicos, que estaban disponibles en la empresa para que lo leyesen los trabajadores, y luego los revendía.
También nos contaba el caso de un trabajador que era de constitución pequeña y que tenía una mujer que era de constitución grande, y con bastante genio, y que era normal que ese trabajador acudiese al puesto de trabajado con algún moratón fruto de algún golpe asestado por su esposa. Pero una temporada que el maltrecho trabajador no recibía ninguna paliza por parte de su mujer, él mismo llegó a decir: “¿¡Será que mi esposa ya no me quiere!?”.
La viajes de «El Gran Pakitín» en Marconi
En Marconi mi padre hizo viajes por trabajo a diversas ciudades de Europa, como París, Londres o Bruselas. De cada país traía algún recuerdo y contaba alguna historia o anécdota.
Cuando viajó a Bélgica y estuvo en Bruselas le resultó muy curiosa la estatua del “Manneken Pis”. Creado en 1388, el “Manneken Pis” era una estatuilla de bronce de unos 50 centímetros que representaba a un niño desnudo orinando en la pila de una fuente. Se encontraba ubicada en la parte antigua de la capital belga junto a la Grand Place.
Era el símbolo de Bruselas y representaba el espíritu libre de los habitantes de la ciudad. Existían muchas leyendas entorno a su creación. Su origen se remontaba al S.XV, sirviendo de fuente para abastecer de agua potable a los habitantes de la villa. Con el paso del tiempo su fama fue en aumento al lograr sobrevivir a los bombardeos de 1695.
Fue utilizado como símbolo de resistencia durante las dos guerras mundiales. Durante los siglos XVIII y XX fue objeto de varios robos violentos y como consecuencia en 1966 las autoridades decidieron hacer una copia para su exhibición, conservando la original en el Museo de la ciudad.
En el año 1698, un gobernador regaló la primera pieza de vestir al “Manneken Pis”, una túnica que fue la primera de los casi 1.000 trajes que le han ido regalando a la pequeña estatua.
En el Museo de la Villa se podían ver los trajes que formaban el vestuario del pequeño héroe. ¡Tenía incluso un traje de torero! En determinadas ocasiones, a lo largo del año, el Ayuntamiento disfrazaba a la estatua original.
A mi padre siempre le hizo mucha gracia este singular “niño meón” y se sorprendía cómo una estatua tan diminuta podía acaparar tanta atención.
También en ese viaje a Bruselas, mi padre contaba la historia de una placa que había en la Grand-Place, a la entrada del edificio del Ayuntamiento, y que decía así:
“Delante de este edificio fueron decapitados el 5 de Junio de 1568, durante la rebelión contra la autoridad del Rey de España, Felipe II, los duques d’Egmont y de Hornes, ilustres víctimas de la represión”.
El 5 de junio fueron ejecutados los condes de Egmont y Hornes, por orden expresa del rey Felipe II quien, para sofocar una revuelta de origen religioso, había enviado a Flandes al Gran Duque de Alba con la orden expresa de eliminar a los que consideraba como cabecillas dicha rebelión.
La revuelta religiosa había desatado lo que se conoció como “furia iconoclasta” que dio lugar a la destrucción de numerosas imágenes y a la quema de iglesias y monasterios.
Mi padre, cuando vio la placa, que estaba escrita primero en francés y a continuación en holandés, se percató de que estaba muy oxidada. Su compañero de trabajo de Marconi, Diego C., que le acompañó en ese viaje, le dijo a mi padre que la placa estaba tan oxidada porque algunos españoles que no estaban de acuerdo con esta placa conmemorativa se meaban en ella.
Y es que claro, como no habría espacio suficiente en la placa, se omitió también indicar que Egmont y Hornes exigieron más tierras, rentas y cuota de poder para cumplir con la lealtad debida al rey Felipe II, lo que les costó, a la postre, la vida.


















