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Historias dentro de un tren. Historias fuera de un tren. El tren avanza mientras la vida discurre en su interior y en su exterior. Inicio de la revolución industrial, poco a poco se fue adaptando al ser humano. En este caso, la máquina no sustituye al hombre. En este caso la máquina necesita al hombre y el hombre necesita a la máquina. Cada uno con sus propias características y con sus propias necesidades pero ambos siempre en la misma dirección, ambos siempre hacia adelante.

«Los trenes y la RENFE»

Sería pasar de puntillas por la vida de mi padre si no dedicase un capítulo del blog a los trenes en general y a la RENFE en particular. En el capítulo anterior conté que su padre, el abuelo Paco, trabajaba en Renfe y que eso tuvo mucho que ver en la preferencia de mi padre hacia los trenes como medio de transporte. Pero hay más que contar de esa relación entre mi padre y el tren.  Esa relación iba más allá de los viajes, iba más allá de moverse, iba más allá de la máquina y el ser humano.

Ya de pequeño, mi padre quedó hipnotizado por esas máquinas que se movían por unos raíles, que echaban humo, que emitían el sonido de “chuf chuf” al avanzar y que producían ese característico chirrido de los raíles por la fricción de la vía a su paso. Esos trenes contaban con una locomotora equipada con una caldera que utilizaba carbón, madera o aceite para calentar el agua y producir vapor. A su vez ese vapor era el que alimentaba los pistones que hacían girar las ruedas de esos gigantes de hierro.

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021

Me viene a la cabeza, hablando de calderas y combustible de los trenes a vapor, una delirante escena casi al final de la película «Los hermanos Marx en el Oeste» (1940). En esa escena, una de las preferidas de mi padre, los Marx y los villanos se enfrentaban en una carrera por llegar primero al Registro de Propiedad y hacerse con unas tierras. Los hermanos viajaban en un tren con locomotora de vapor cuando de repente se quedaron sin madera para quemar ¿Solución Marx? Obviamente, encontrar más madera en el tren, aunque eso supusiese destrozarlo…En esa secuencia Groucho Marx gritaba sin parar: «¡Traed madera!” mientras sus serviciales hermanos utilizando hachas, o lo que podían, arrancaban la estructura de madera del tren al que, al final, apenas le quedaban sólo las ruedas.

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021
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El guión de esta desternillante escena tuvo como asesor al mismísimo Buster Keaton, uno de los actores del cine mudo más admirado por mi padre, ya que había realizado una escena similar en la película «El maquinista de la General» . En dicha cinta se narraba un hecho real, el «Great Locomotive Chase», que fue una incursión militar acaecida en el norte de Georgia en 1862 durante la Guerra Civil americana. Como por aquel entonces los vagones restaurante no se habían inventado todavía, los ferrocarriles paraban para que los pasajeros comieran, bebieran y descansaran, y a su vez las locomotoras cargasen combustible y agua para sus calderas.

El 12 de abril de 1862 una locomotora, «The General», paró en Big Shanty (Georgia) y fue la oportunidad para que voluntarios de la Unión se apoderasen de dicha locomotora y del primer vagón y fuesen en dirección a Chatanowa (Tennessee) causando los mayores daños posibles a la vía férrea y a los cables del telégrafo para cortar el suministro y refuerzos del ejército confederado. Los confederados fueron tras ellos alcalzàndoles a 18 millas antes de llegar a Chatanowa. En esta película,  Buster Keaton utiliza sus acrobacias, y su cara de palo, como mejores ingredientes para contar una historia real en clave de humor. Realizó él mismo todas las escenas, algunas de ellas bastante arriesgadas. Como no pudo rodarlas en los escenarios reales ya que no quedaban raíles de vía estrecha y tampoco las locomotoras originales, hizo unas reproducciones idénticas a tal efecto.

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Mi padre nos contaba que cuando era pequeño existía la «sana» costumbre de llevar a los niños a las estaciones de trenes para respirar el vapor de las locomotoras y así prevenir la tosferina. Y es que la tosferina era una enfermedad infecciosa que provocaba tos convulsa y fue muy grave en niños y jóvenes durante mucho tiempo. Se creía, en aquel entonces, que el azufre del carbón que movían las locomotoras sería un remedio efectivo para la cura de dicha enfermedad.

Me contaba mi padre que había toda una chavalería en las estaciones de trenes e incluso se llevaban a bebés envueltos en sus toquillas para inhalar los beneficios de ese vapor milagroso ¡Hasta la gente llegaba a dar propina al maquinista para que detuviese la máquina y poder, de esta forma, respirar más vapor producido por la combustión del carbón! En ocasiones, al echar más carbón, en vez de salir vapor salía de todo menos vapor, lo que llevaba a  poner en duda si aquél ritual servía para curar la tosferina o más bien podría provocar otros daños colaterales en la salud.

A El Gran Pakitín Ingeniero, le atraían esas máquinas de hierro por su estructura y funcionamiento. Y a El Gran Pakitín Mecaninfo le gustaba soñar con poder recrearlas con las piezas que tenía en su colección.

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Además las maquetas de trenes le chiflaban. Le gustaba seguir con la vista a esos trenes en miniatura que avanzaban por esas vías estrechas y se alejaban y que rápidamente volvían a aparecer para volverse otra vez a alejar. En el chalet de Pozuelo de Alarcón (Madrid) donde vivía su hermana Monicha, su cuñado José Mario y sus sobrinos, Jesús y Mario, había una maqueta preciosa de trenes que tuvieron una temporada. Recientemente su sobrino Jesús tenía en su casa otra maqueta de tren enorme que mi padre no llegó a ver y que seguro le hubiese encantado contemplar.

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021
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Es en Pozuelo de Alarcón, dónde otra historia de trenes emerge. Los protagonistas: mi padre, el tío José Mario y mi hermano Nacho.  Cuando a mediados de los años ochenta íbamos a Pozuelo de Alarcón a visitar a mis tíos y a mis primos, mi hermano Nacho, con apenas cinco años, tenía una idea fija: ver pasar a los que él llamaba «los trenes gallegos», que eran los trenes que pasaban por Pozuelo de Alarcón con destino a Galicia.

Tal eran las ganas de mi hermano por ver pasar eso trenes que mi padre y mi tío José Mario lo llevaban por las noches a cumplir sus sueños. Sin más, los tres se quedaban contemplando cómo esa máquinas imponentes pasaban por su lado dirigiéndose a un destino previsto. Lo imprevisto, e inesperado, eran las miradas de ellos ante su paso. Ante el paso de esos trenes que eran ajenos por completo a la expectación que causaban simplemente avanzando por las vías. Seguro que para los trenes era un hecho rutinario el pasar, seguro que para mi padre, mi tío y mi hermano era un hecho extraordinario el verlos pasar.

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Luisito, el amigo de la infancia de mi padre, me contaba que recordaba lo que se llamaba «el kilométrico» que era como una cartilla con hojas de cupones que los empleados de RENFE tenían para ellos y sus familias con los que poder viajar gratis 5000 km al año. Este «privilegio» intentaba compensar los bajos sueldos que se pagaban en RENFE. Mi padre, su madre, su tía Consuelo y sus primos Cesarin y Julita, en verano iban a la sierra de Madrid con mucha frecuencia a bañarse con su kilométrico porque el marido de su tía Consuelo también trabajaba en RENFE.

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Que los ferroviarios viajasen de balde no sentaba nada bien a la gente vecina de otros trabajos. Me contaba Luisito que la familia de Armandito, otro amigo de la infancia de mi padre, también tenía un kilometrico porque su padre trabajaba en la estación de Atocha y que cuando le hicieron Jefe de Estación les dieron vivienda con jardín con cenador en la misma estación. Otra prueba del buen hacer que RENFE tenía con sus trabajadores en aquellos tiempos. Buen hacer que fue desapareciendo con el paso del tiempo y los cambios de gobierno.

Mi padre cuando comía en casa lo hacía con cubiertos de RENFE. En casa tenemos unos tenedores y cucharitas de RENFE, supongo que de algún viaje en el que comimos en el tren y nos llevamos de recuerdo los cubiertos a casa. El comer con esos cubiertos era un acto silencioso y sólo perceptible a los ojos más observadores. Era un homenaje que mi padre rendía a su padre por el trabajo que éste desempeñó durante toda su vida en esa compañía ferroviaria. Curiosamente, mi sobrino Miguelín cuando viene a comer a casa sólo quiere comer con los cubiertos de RENFE que utilizaba su Abu Pakitín.

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