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En este capítulo dedicado a la juventud y el florecimiento personal y académico de mi padre, quiero agradecer las anécdotas y vivencias transmitidas por sus amigos, Armandito, «Bedoya» y Maruja.

De la infancia a la juventud

Y, por obra y magia de la siempre imperante “Ley de Vida”, El Gran Pakitín pasó de la infancia a la juventud.

Floreció su belleza interior, no quedando rezagada su belleza exterior. El angioma que siempre perfiló el lateral derecho de su nariz, se hizo más evidente a medida que se hacía mayor. Pero ni siquiera esa marca de nacimiento ensombrecía su luz exterior.

Estoy segura que tendría muchas pretendientas, pero nunca habló de ello con nosotros. Era muy reservado en ese terreno, porque nunca alardeó de nada, y menos de los corazones que rompió en su juventud.

Sin embargo, el secreto mejor guardado de mi padre fue destapado por sus amigos de juventud Bedoya y Maruja. Ellos son matrimonio y actualmente viven en Cambrils (Tarragona).

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021
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En boca de su amiga Maruja: “mi padre era el más guapo de la pandilla”. Ella se acordaba de un jersey amarillo muy bonito que él llevaba y que le sentaba divinamente.

Decían que mi padre tenía enamoradas a las chicas de la pandilla. Chicas como Paloma, Felisa o Argelia que cuando iban a misa y se daban la paz con mi padre a ellas les daba vergüenza tener con él ese mínimo contacto físico.

Su etapa en el Instituto San Isidro

Durante su juventud continúo siendo aplicado en sus estudios.

De su aprendizaje disciplinado recibido en la infancia por parte de Doña María en el Colegio Gonzalo de Berceo de Madrid, pasó con 10 años a estudiar el Bachillerato Elemental en el Instituto San Isidro.

En este instituto estudió tres cursos del Bachillerato Elemental, del 1955 a 1957.

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El Instituto San Isidro estaba situado en el número 39 de la calle Toledo, en el barrio de La Latina, a escasos pasos de la Plaza Mayor de Madrid. La placa del Ayuntamiento de Madrid, que se encontraba en su fachada, decía así: “En este lugar estuvo el Colegio Imperial y otros centros de enseñanza donde desde el siglo XVI, estudiaron grandes figuras e ingenios españoles”.

Los ingenios españoles a los que hacía referencia la placa, son nada más y nada menos que: Lope de Vega, Pedro Calderón de la Barca, Francisco de Quevedo, Tirso de Molina, Mesonero Romanos, Los hermanos Machado, Pío Baroja, Jacinto Benavente, Vidente Aleixandre, Camilo José Cela entre otros alumnos.

El centro no solo tenía el prestigio de haber impartido clase a alumnos tan eminentes, por él también discurrió el profesorado más selecto de toda Europa. Es el centro de estudios más antiguo y con más solera de España.

El edificio guardaba tesoros como un magnífico claustro barroco (1672) o una elegante capilla (1723), entre otras obras de arte. Uno de los elementos más característicos del edificio era su escalera imperial del siglo XVII.

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Su paso por el Instituto Cervantes

El cuarto y último curso de Bachillerato Elemental (1958) lo estudió en el Instituto Nacional de Enseñanza Media Cervantes de Madrid. Allí estudió también los cursos 5º y 6º (1959 y 1960) que correspondían al Bachillerato Superior.

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El Instituto Cervantes, situado en la calle Embajadores nº 70, era un inmueble que originariamente había albergado La Facultad de Veterinaria. Antes de instalarse en Embajadores, el instituto había ocupado otros tres emplazamientos en distintos barrios de Madrid.

Era un instituto público y fue creado con el nombre de Instituto Nacional de Segunda Enseñanza Cervantes en 1931. Por sus aulas habían pasado desde entonces alumnos que, más tarde, llegarían a destacar en el campo de la política, las artes y las ciencias, así como ilustres profesores.

En los primeros años de vida del instituto las clases de francés corrieron a cargo de Antonio Machado, las de Filosofía fueron encomendadas a María Zambrano y las de Dibujo se encargaron a Daniel Vázquez Díaz.

El lema del Instituto era una sentencia que aparecía en el sello del impresor Juan de la Cuesta en la primera edición del Quijote: “Post tenebras spero lucem” (“Espero luz tras las tinieblas”).

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El curso pre-universitario

En septiembre 1961, cuando mi padre contaba con 17 años, superó las pruebas de madurez del curso pre universitario en la sección de Ciencias de la Universidad de Madrid.

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Para los que no estamos al corriente de la educación que se impartía en aquella época, nos parecerá extraña esta división de cursos en los diferentes bachilleratos, Elemental y Superior.

Pues bien, todo ello se debía a la Ley de Ordenación de la Enseñanza Media de 1953 que estaba vigente en aquellos años y en la que el bachillerato quedó estructurado en dos etapas: una elemental de cuatro cursos, que el alumno no podía empezar antes de los 10 años y otra superior de dos cursos, para el cual el alumno debía tener 14 años.

Además, esta ley añadía el curso preuniversitario para los estudiantes que querían acceder a la Universidad.

Claro, todo ello, previo pago de unas tasas por asignaturas estudiadas y por inscripción en cada uno de los cursos a realizar. Parece que eso de pagar por la educación es algo que no ha cambiado en España a pesar del paso de los años.

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Su vida académica y su afición al billar

Mi padre recordaba con mucha emoción esta época de Instituto.

Recordaba a un compañero de clase que dibujaba muy bien. Nos contaba que había un profesor al que llamaban “El Cocodrilo” y que este compañero, con tiza en mano, dibujaba en el encerado cocodrilos en cualquier posición y ataviados con diferentes vestimentas. ¡Cómo se reían los alumnos al ver los cocodrilos dibujados!

Cuando el profesor en cuestión entraba en el aula y veía los cocodrilos en su encerado, sin inmutarse, cogía el borrador y acababa con ellos. El profesor era ajeno, por completo, al motivo por el que aquellos reptiles semiacuáticos se arrastraban y se sumergían en la caduca hoja verde botella del libro llamado pizarra que cada día se abría por una hoja diferente en aquella clase.

En los descansos, entre clase y clase, a mi padre le gustaba jugar al billar con sus amigos.

Según me cuenta su amigo Armandito, que conoce a mi padre desde los tres años, la afición al billar de mi padre se inició porque en los inviernos fríos del Madrid de mediados de los 60 las salas de billar eran uno de los lugares en los que se estaba más calentito.

Con los pocos recursos económicos de los que disponían los jóvenes en aquella época, la alternativa de pasar el tiempo en las salas de billar era bastante apetecible, ya que a la vez jugaban y estaban confortables. Y así, entre partida y partida, mi padre se convirtió en un amante del billar. Del billar español. Del billar de carambolas. No del billar americano.

Acudía a menudo a la sala de billares de la plaza Callao, cuya puerta de acceso se encontraba junto a la del cine Callao. Apenas se ponían los pies en el primer peldaño de la escalera por la que se bajaba al gran salón de billar, había un balcón desde el que visualizar el ambiente. Sala espaciosa, grande, de amplias paredes y pródiga luz.

En una de las esquinas del salón había un bar americano donde un experto barman ofrecía sabrosísimos tónicos a los infatigables aficionados, que podían jugar sus partidas en las 32 mesas de billar disponibles. El local contaba también con mesas para profesionales y una sala con graderío para contemplar las competiciones.

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Mi padre, en su día a día, a menudo utilizaba la frase: “¡Así se las ponían a Fernando VII!”. Él nos contaba que Fernando VII era un compulsivo aficionado al billar, aunque en realidad también destacaba por ser pésimo en este divertimento, algo que nadie se atrevía a decirle.

Los cortesanos más cercanos le ponían las bolas de billar fáciles, sin que él se enterase, para halagarle y hacerle ver que era un experto jugador que siempre ganaba. Se trataba de elevar la vanidad del monarca por parte del resto de los jugadores, que generalmente eran personas de su círculo de poder. Los supuestos competidores esperaban, de estas forma, obtener algún favor real.

Mi padre me contó que su afición por el billar le unió a José Luis Sagi-Vela, un jugador de baloncesto del Club Estudiantes.

Mi padre y él coincidían en los mismos lugares en los que ambos deslizaban los tacos, pegaban a las bolas y ponían en marcha la magia del billar. José Luis Sagi-Vela era de la misma edad que mi padre. Era muy alto, medía 1.90, y pronto fue fichado por el Club Estudiantes de baloncesto.

En ese Club desarrolló casi toda su vida profesional y se convirtió en el mejor alero de España durante los años 60 y 70. Mi padre recordaba que era un tipo genial y lamentaba enormemente la temprana muerte del jugador, a la edad de 44 años, víctima de un cáncer.

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El padre de José Luis Sagi-Vela era Luis Sagi-Vela, barítono español considerado como uno de los mejores cantantes de zarzuela y ópera del siglo XX. Mi padre, en sus últimos días de vida en el hospital, entonó con emoción alguna de las canciones de este barítono. No sabía que mi padre cantase tan bien.

Mi padre no solía cantar las canciones. Mi padre solía silbar y tatarear las canciones. Fue un lujo y un regalo para mi, el poder escuchar ese chorro de voz que salía de la garganta de mi padre en esos momentos en los que su debilidad física era tan evidente.

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