«Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad»
Mi padre nunca llevó un móvil de última generación. Llevaba uno que le ofrecía las justas funciones como llamar, recibir llamadas y escribir mensajes de texto. Nada más. No tenía ni wassap, ni Internet, ni Bluetooth. Él, de broma como siempre, por ejemplo a Internet la llamaba “La internete” y al Bluetooth lo llamaba “El Brutus”. Una vez logramos convencerle para que se actualizase y cambiase su móvil a uno más moderno y que ofreciese más prestaciones que el que tenía. Estuvo unos días con él, pero como no acababa de manejarse con el nuevo dispositivo , decidió volver al “zapatafono” que ya tenía.
Era muy divertido porque mi padre cuando llamaba por teléfono móvil, al finalizar la llamada no colgaba enseguida y se le oía hablar unos segundos. Por ejemplo, si mi padre estaba con mi madre y había llamado a mi hermana Irene para que viniese a comer a casa, antes de colgar se escuchaba a mi padre decir a mi madre :
“Nada Mari, que Irene no viene a comer”
y entonces mi hermana le decía :
“¡Papi, anda cuelga el teléfono!”
Cantidad de veces activaba la función de llamada sin querer y entonces contestabas la llamada y no escuchabas su voz, sólo escuchabas ruidos o sus pasos y por más que dijeses al otro lado del teléfono:
“Papá cuelga el teléfono que me has llamado sin querer”
pero él no te escuchaba.
Mi padre no era de los de hablar mucho por teléfono, y menos por teléfono móvil, al contrario, parecía que el teléfono le ardía en las manos. Hablaba lo justo, e incluso menos que lo justo. Como él siempre decía :
“El teléfono se utiliza para dar un recado, para nada más. Para tener una conversación es mejor tenerla en persona”
Recuerdo que en casa era siempre el que cogía el teléfono fijo porque ni mis hermanos, ni mi madre, ni yo lo cogíamos. Como a mi padre no le gustaba escuchar que el teléfono sonase y sonase, entonces descolgada él. Y cuando colgaba decía:
“¡No vuelvo a coger más el teléfono en esta casa!”
Pero nunca era así, porque siempre volvía a cogerlo.
Cada tarde, hacia las 17h, le llamaba su amigo y camarada Joan, especialmente durante la pandemia que mi padre casi no salía de casa para evitar contagiarse. Era de las pocas veces que le veía hablar mucho por teléfono. Los dos hablaban de sus cosas ,durante una media hora, más o menos, intentaban arreglar el país. Con su amigo Luisito de Madrid, también tenía llamadas largas. En esas conversaciones hablaban de todo, del Real Madrid, de política, de recuerdos de infancia…
Le volvían loco los sistemas de seguridad del encendido de la vitrocerámica y del horno. En el caso de la vitrocerámica, cuando aparecía el símbolo de una llave en rojo significaba que la vitrocerámica estaba bloqueada y para mi padre aquello se convertía en un quebradero de cabeza ¡Cuántas veces llamó a mi hermana Irene para que le ayudase a desbloquear la vitrocerámica ! Para desbloquearla simplemente había que mantener ese símbolo pulsado durante aproximadamente unos cinco segundos.
El problema es que mi padre era muy impaciente con las nuevas tecnologías y apenas tenía pulsado tres segundos el símbolo de la llave roja por lo que la vitrocerámica no se desbloqueaba y entonces decía: “¡Nada que no se desbloquea!”. A continuación volvía a intentarlo y volvía a presionar el símbolo menos de cinco segundos y otra vez decía: “¡Pues nada, que sigue sin desbloquearse! ”. Hasta que uno de mis hermanos, o yo, lo intentábamos y lo conseguíamos y entonces mi padre decía:
“¡Es que estos aparatos de ahora son muy complicados!, ¡Por qué no harán las cosas más sencillas!”
Tres cuartos de lo mismo le pasaba con el horno. Cuando aparecían las letras “Loc” (bloqueado) en rojo, se volvía a montar un drama. Si estaba sólo en casa llamaba a mi hermana Irene, que es la más experta en tecnologías, y pasaban un buen rato al teléfono hasta que se solucionaba el problema. Lo que había que hacer era pulsar el botón del reloj y el botón de la temperatura al mismo tiempo durante unos segundos. Pero claro, la impaciencia de mi padre antes estas tecnologías le frustraban, aunque finalmente acababa consiguiendo que el horno se encendiese. En esos momentos en que la vitrocerámica y el horno parecían rebelarse contra él, me imaginaba a mi padre siendo un Don Sebastián o un Don Hilarión en la famosa zarzuela, ”La Verbena de la Paloma”, y diciendo :
¡Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad! ¡Es una brutalidad! ¡Es una bestialidad!”
El resultado de los partidos de fútbol, de baloncesto, de tenis, de la vuelta ciclista o de la fórmula 1 los consultaba en el “teletexto” de la televisión. Incluso también consultaba en el teletexto los números premiados del euro millón o la primitiva que jugábamos semanalmente. Yo le decía: “Papi ya te lo miro yo en internet”, pero él se fiaba más de los resultados que mostraba el teletexto.
Él no buscaba los teléfonos de particulares o comercios en Internet, él los buscaba en las “páginas blancas” o en “las páginas amarillas”. Prefería tocar, pasar las hojas de esos libros llenos de datos que consultar esa información en los buscadores de Internet. Desgraciadamente para mi padre, “la muerte impresa” de estas guías telefónicas se certificó hace ya diez años, y aunque pasaron a formato online, mi padre seguía consultando esos libros con esas hojas finas, amarillas o blancas, de los últimos ejemplares que guardó, actualmente desactualizados, pero que seguían teniendo utilidad para él.
Su música, no la escuchaba en mp3 o en una aplicación musical, él la escuchaba en su lector de cd’s portátil, o en la cadena musical que tenía en su despacho. Recuerdo que hace unos veinticinco años, estaba contentísimo cuando se compró su primer walkman.
La informática fue todo un reto para mi padre. Tuvo sus más y sus menos con ella. Luchaba por entenderla, pero muchas veces perdía ante ella. Se armaba mucho lío, por ejemplo, al guardar archivos en el ordenador. Era habitual encontrarle buscando desesperadamente en qué carpeta del ordenador había guardado un determinado archivo. A veces no se localizaba dicho archivo y lo tenía que volver a rehacer.
Decidido a entender esa ciencia se apuntó a unas clases de informática. Como dije en el capítulo anterior a mi padre le gustaba enseñar pero también le gustaba aprender. Enseñar y aprender, dos caras de una misma moneda. Las clases se las daba María, una mujer encantadora y que ayudó mucho a mi padre con esta materia. Gracias a estas clases, mi padre aprendió a manejar el Word y el Excel y algunos temas de Internet.
Así las cosas, empezó a escribir en Word un manual sobre electricidad. Tenía creadas muchas carpetas y subcarpetas en el ordenador para desarrollar ese manual. Utilizaba apuntes de electricidad de cuando mi hermano Nacho iba a la facultad de ingeniería y libros que él mismo tenía de cuándo estudiaba la carrera. De hecho, mi hermano Nacho está recopilando todos los apuntes que mi padre tenía de este gran proyecto para poderlos unir y que sea un manual completo que es lo que quería mi padre pero que desgraciadamente no pudo llegar concluir.
Con la dichosa pandemia del coronavirus, las clases de informática se impartían por Skype y el cogía sus apuntes para luego poder practicar con su ordenador portátil. Su profesora María cuenta que mi padre era una buenísima persona con unas ganas de aprender extraordinarias. Dice que cuando su marido Santiago falleció a causa del covid19 el año 2020, mi padre la ayudó mucho en su pena.
Las impresoras también supusieron un quebradero de cabeza para mi padre. Y es que como bien sabía mi padre, la impresora representaba un gran avance ya que era una forma de retornar lo digital al mundo físico. En un principio tenía una impresora de inyección de tinta pero imprimía de modo muy lento, como diría mi padre:
“aquello era más lento que el caballo del malo”
o “era más lento que un mal parto”
Además hacía bastante ruido. Entonces quiso cambiar de impresora y el 4 de diciembre de 2019, su amigo Jesús M. le consiguió por Internet una impresora láser. Mi padre estaba encantado con su nueva impresora que iba más rápido y no hacía tanto ruido. Apuntaba en un papelito el número de impresiones que hacía cada día, lo cual le permitía saber si la impresora resultaba rentable cuando le tocaba cambiar el tóner. Tenía sus más y sus menos a la hora de imprimir, ya que al fin y al cabo eran temas tecnológicos, pero los fue solventando poco a poco, no con paciencia, sino con experiencia. Aprendiendo del prueba error. Y con mucha persistencia.




















