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Viajar nos pone en movimiento hacia un destino a veces previsto otras veces imprevisible. Pero viajar no sólo te mueve en un plano geográfico sino que también puede transportarte en un plano emocional. Cada uno valorará lo lejos o cerca que quiere ir para experimentar sensaciones conocidas o sensaciones inesperadas. El medio de transporte que elijas determinará tu avance en el mapa y tu avance emocional. El destino del viaje, en cualquier caso, siempre será descubrir y descubrirnos.

«El Gran Pakitín y sus viajes»

Mi padre era de los que pensaba que no era necesario irse muy lejos para poder ver parajes increíbles. Decía que España tenía de todo, por eso no entendía que muchos españoles recorriesen miles y miles de kilómetros para contemplar paisajes que, según mi padre, se podían contemplar también en nuestro país.

Su trabajo en Marconi Española S.A, le hizo dar el salto a viajar al extranjero. Con esa compañía viajó a países como Alemania, Bélgica, Francia, Inglaterra o Italia. Siempre que volvía de esos viajes nos traía a mis hermanos y a mi algún regalito de recuerdo. Así conoció nuevos lugares, pero seguía diciendo que como España no había nada.

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021

Su medio de transporte preferido para desplazarse era el tren. El abuelo Paco, el padre de mi padre, trabajaba de jefe de oficina en Renfe.

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Así que desde muy pequeño mi padre se familiarizó con el mundo ferroviario. En una ocasión el abuelo Paco perdió un tren y desde entonces juró, y perjuró, que eso no le volvería a pasar ¿Cómo no le volvería a pasar? Pues muy sencillo, estaba en la estación cuatro horas antes de que saliese el tren que iba a coger. Mi padre heredó también ese gusto por acudir a la estación unas horas antes… Al igual que el abuelo Paco, mi padre perdió no un tren sino un autobús en un viaje que hicimos un verano de finales de los año 80 a Hellín, ciudad donde nació mi madre.

La parada del autobús que nos iba a llevar de vuelta a Tarrasa estaba en un descampado y el autobus llegaba y paraba brevemente para que bajasen los pasajeros que acababan su recorrido y subiesen los que estaban esperando en la parada. Tuvimos tal mala suerte que llegamos unos minutos más tarde, y con el calor que hacía en ese pedacito de Castilla La Mancha, tan sólo pudimos seguir con nuestros ojos como el autobús se iba sin nosotros. Sin embargo, mi padre se resistió a perderlo y siguió al autobús unos metros mientras gritaba : «Interrutas”, que era el nombre de la compañía de autocares. Mi madre, mis hermanos y yo seguimos a mi padre y también gritábamos:«Interrutas”.

Sin embargo, todos nuestros esfuerzos fueron en vano y sólo nos quedó observar cómo se alejaba ese autobús por el camino de tierra levantando una polvareda considerable. Esa circunstancia hizo que mi padre afianzase aún más la idea de que era vital estar un par de horas antes en la estación para evitar perder un tren, un autobús o un autocar. Aquí voy a poner una nota de humor con los chistes de autobuses preferidos por mi padre:

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021
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Otro de los temores de mi padre era que, una vez en el tren, nos pasásemos de estación.

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Siempre estaba pendiente de mirar por la ventana del tren para controlar por dónde íbamos y mirar su reloj con bastante regularidad. Nosotros también hemos heredado de mi padre ese tipo de inquietudes al viajar. Y hoy en día, excepto mi hermano Nacho que viaja muy a menudo, mis hermanas y yo siempre que viajamos estamos pendientes de llegar con cierto tiempo de adelanto a la estación y vigilar que no se nos pase la parada en la que tenemos que bajar.

El coche nunca le gustó para hacer viajes. De hecho, como ya he comentado en algún que otro capítulo del blog, en mi casa no tuvimos coche hasta que mi hermana Patricia y mi hermano Nacho se sacaron el carnet de conducir. Y es que el abuelo Paco, como relaté en otro capítulo, falleció al ser atropellado por un coche que se dió a la fuga y eso marcó mucho a mi padre, y por ende a nosotros. Este hecho tan dramático hizo que tanto mi padre como nosotros tuviésemos mucho respeto, casi miedo, a viajar en coche.Mi padre sólo viajaba en coches que conducían personas muy cercanas a él o en, en su defecto, personas cuyo buen hacer al conducir era sobradamente demostrado.

Tampoco le gustaba viajar en avión. No se hacía a la idea de ir dentro de semejante «bicharraco» (como llamaba él a los aviones) a miles y miles de metros de altitud. Los únicos viajes que hizo en avión fueron los de por trabajo en Marconi y un viaje que hizo con mi madre y mi hermana Irene, siendo mi hermana muy pequeña.

De los barcos ni hablamos. Una vez estábamos de veraneo y el novio de aquel entonces de mi hermana Irene, Roger, al que mi padre llamaba «el ínclito», trajo su barco y nos subimos a él. Nos acomodamos todos alrededor de una gran mesa redonda que había y cuando mi padre vio que aquello empezaba a moverse y que la cabeza también le empezaba a dar vueltas, decidió poner pie en tierra firme y mi madre, como siempre iban juntos a todas partes, también abandonó el barco. A posteriori, nos reímos todos mucho con esa anécdota ¡Qué rápido bajó mi padre del barco!

Uno de los viajes que más recordó mi padre fue el que en casa llamamos el «Viaje a Sevilla». Para su veinticinco aniversario de casados, en 2014, a mis hermanos y a mi se nos ocurrió regalarles a mis padres un viaje a Sevilla durante una semana con todo incluido, transporte y estancia. Nos lo curramos mucho y la verdad que a mis padres les hizo mucha ilusión.

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021
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No dudamos en sacarles los billetes en AVE. Era apostar a caballo ganador.

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Fue para ellos como hacer ese viaje de recién casados que en su momento no pudieron hacer. La ciudad les cautivó y prueba de ello es el reportaje fotográfico que se hicieron por las calles de la antigua Híspalis romana. Cuando volvieron del viaje se les veía en sus rostros lo felices que estaban y lo que le había supuesto ese viaje de novios celebrado veinticinco años después de su boda.

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Un sueño que tenía mi padre desde niño era pasear por La Promenade des Anglais de Niza. Ese conocido paseo rodeaba toda la bahía de la ciudad y tenía unos 4 km de largo. Su nombre provenía de cuando los ingleses visitaban la ciudad en invierno y paseaban por la orilla del mar. Parte del encanto de esa época aún se podía ver en la arquitectura de  los hoteles de finales de siglo que hay a lo largo del paseo. Mi hermano Nacho hizo realidad ese sueño en el año 2016. Así, una de las veces que mis padres viajaron, ¡cómo no! en tren, a Montpellier para visitar a mi hermano que trabajaba allí, finalmente pasó, mi padre caminó de la mano de mi madre por el famoso paseo.

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Y no sólo caminaron sino que también se sentaron en algún banco para disfrutar los dos juntos de un sueño, ahora compartido.

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Mi hermano aún quiso sorprenderles más y, aprovechando el tirón, también les llevó a Mónaco para entrar en el casino de Montecarlo. Allí el Gran Pakitin dejó paso a el Pequeño Pakitin y disfrutó como un niño jugando.

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Durante todo ese viaje por Francia y alrededores,a través de sus postales, mi padre nos mantenía informadas a mis hermanas y a mi de por dónde estaban ¡Cómo se echa de menos recibir sus postales!

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A lo largo de este blog he nombrado a varios amigos de la infancia de mi padre. Él siempre estuvo en contacto con ellos, pero con el paso de los años eran más las llamadas que las visitas. Antes que le extirparan el páncreas, mi padre y sus amigos de la infancia decidieron que ya era hora de volverse a ver y quedaron en Madrid.

Mi padre escogió otra vez el tren para viajar de Zaragoza a Madrid para acudir a tan entrañable reencuentro. Allí estaban Luisito, Félix y José Luis que vivían en Madrid y Armandito,que había viajado desde Valencia a la capital. Los cinco estuvieron comiendo en la Posada de la Villa situada en el barrio de la Latina en la calle de la Cava Baja nº 9. Ese antiguo meson madrileño era famoso por su cocina elaborada con los platos pertenecientes a la gastronomía castellana y madrileña !Apuesto, y seguro que no me equivoco, que mi padre se pidió un cocidito madrileño o unos callos a la madrileña!

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Me comentó Luisito que en aquella comida, otro amigo que no pudo asistir, otro José Luis, conocido como Bedoya, les llamó por teléfono y aprovechó para hacerle un consulta fiscal a mi padre. Fue un viaje de ida y vuelta, pero un viaje que se quedó en el recuerdo de mi padre para siempre porque vio a sus amigos de la infancia que no veía desde hacía años. Me imagino que el tiempo en aquel viaje fue del pasado al presente y del presente al pasado casi sin darse cuenta.

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