El Gran Pakitín y sus platitos
Voy a hablar de los “platitos” de mi padre. Pero no de los “platitos” o “cacharros” que tanto le gustaban fregar y después secar, ni tampoco de los “platitos” que le gustaba cocinar. Voy a hablar de los “platitos” gastronómicos que deleitaba su paladar o de aquéllos que, al contrario, prefería no catar.
A mi padre le gustaba comer bien, o como decía él “mover el bigote” bien. Lo de comer bien, en él iba más relacionado con la calidad que con la cantidad. No era glotón, ¡ni mucho menos! Bromeaba y decía que era un asceta o anacoreta. Si por algún casual, después de alguna “comilona” o “festín” puntual había sobrepasado sus límites de ingesta de alimentos habituales y se sentía lleno decía que se “había puesto las botas” o que “había comido como un sacerdote de Isis y Osiris”.
A su nieto Miguelin le hacía mucha gracia la expresión “ponerse las botas” y mi padre nos contaba que el origen de esa frase estaba ligado al nacimiento de ese tipo de calzado, las botas, generalmente de cuero, que en sus inicios era de uso exclusivo de las clases más altas y pudientes. Los caballeros, que iban provistos de sus botas y sus pies bien resguardados del frio y la suciedad del suelo, eran los que mejor comían y hacían los grandes negocios. Por el contrario, el pueblo llano y sin recursos usaba como calzado las sandalias, alpargatas o sencillos zapatos.
En cuanto a la frase de “haber comido como un sacerdote de Isis y Osiris”, mi padre nos contaba que hace mucho tiempo, antes de que los primeros faraones gobernaran Egipto, Osiris fue un gran rey. Su reinado fue muy beneficioso para sus súbditos ya que Osiris les enseñó a cultivar la tierra, a preparar el vino, a extraer los metales del suelo y a elaborar objetos útiles. También hizo nacer las artes, dio a sus súbditos leyes justas, y les inculcó el amor y el respeto por los dioses.
Osiris se casó con su hermana Isis, que le ayudó mucho en estas labores. Isis era una gran maga, y su ciencia sobrenatural ayudó a Osiris a realizar sus inventos e innovaciones. Teniendo en cuenta lo adorados que eran estos dioses, nos podemos imaginar que los sacerdotes que les acompañaban y, en los que confiaban plenamente, comerían de los alimentos más exquisitos.
También en relación a comer mucho, mi padre solía decir que
“de grandes cenas están las sepulturas llenas”
o “Desayuna como un rey, come como un príncipe y cena como un mendigo”
Mencionaba también la parte de la obra de “Don Quijote de La Mancha” en la que se hacía referencia a las recomendaciones, o “consejos segundos” según Cervantes, que Don Quijote le dio a su fiel escudero, Sancho Panza, antes que éste partiese a la Ínsula Barataria para ser gobernador :
“Sancho come poco y cena más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago. Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra”
Si a mis hermanos o a mi nos veía comiendo mucho nos decía:
“¡Coméis a dos carrillos! ”, “¡Parecéis sacos sin fondo! ”,”¡Menudo viaje le habéis metido!”, “¡Sois unos zampa bollos!”, “¡Menudo saque tenéis!”, “¡Estáis desatados! ”, “Os estáis atiborrando” o “¡Parecéis unos tragaldabas¡”
Nosotros nos reíamos cuando nos llamaba “tragaldabas” y nos contaba que esa palabra era un vocablo que venía ya del Siglo de Oro (XVI y XVII) y que se empleaba como sinónimo de persona tragona o con un hambre descomunal. Dicha palabra nacía de juntar los términos tragar (acción de ingerir un alimento o líquido) y aldaba (pieza de hierro colocada en las puertas que servía para llamar golpeando con ella).
El ingenio de los literatos del Siglo de Oro creó este curioso palabro con la clara intención de señalar el hambre o buen apetito que tenía alguien y como clara alusión de que “se comería hasta las puertas” (teniendo en cuenta que las aldabas eran de hierro y, normalmente, de muy gran tamaño).
Eso sí, mi madre siempre ha tenido muy buen apetito, y mi padre siempre decía
“¡qué gusto da ver comer a la titis!”
Y si la veía comiendo algo un poco más elaborado le decía con gracia
“¡Anda, con su aceitito y todo!”
Era “panero” desde la cuna. El abuelo Paco era muy panero y mi padre heredó ese gusto por el pan. Le gustaban las barras delgadas, tostadas por fuera y con poca miga por dentro. Le gustaba, como a los niños, comerse el cuscurro de la barra antes que empezásemos a comer. Comía pan con casi todo. Y, si dejaba muchas migas en el mantel después de haber comido decía: “¡Parece que ha comido un pollo en esta mesa!”.
Dónde mejor mojaba el pan era en la yema de los huevos fritos. En mi padre cobraba sentido el refrán de “más largo que un día sin pan” ya que él no podría haber aguantado un día sin comer pan o, por lo menos, se le hubiese hecho un día interminable. Una vez que fue a comprar pan para un fin de semana y compró unas cuantas barras, el panadero le dijo:
“a usted no se le pondrá nunca duro el pan ¿verdad? “
Uno de los chistes que le hacían mucha gracia a mi padre sobre el pan era el siguiente:
“Había una familia que siempre comía pan duro. Un día, el hijo le dice a su madre: mamá, ¿cuándo comeremos pan de hoy? Y la madre le contesta: mañana hijo, mañana”
Le gustaba que la comida que fuese para comer caliente, estuviese caliente, no templada. No dudaba en calentar la comida en el microondas las veces que fueran necesarias para conseguir la temperatura adecuada. Por ese motivo de querer comer las cosas bastante calientes, más de una vez se escaldó la boca.
Para aliviar esa quemazón, mi padre a veces recurría a remedios que empeoraban más su estado. Una vez pensó que al beber leche muy caliente el escaldamiento le desaparecería. Craso error, ya que aún se le irritó más la boca y tuvo que estar varios días sin comer nada. Cosas de la temperatura elevada, cosas de la impaciencia, cosas de que a veces es peor el remedio que la enfermedad.
Siempre le gustaron los platos de cuchara. Le encantaban los callos a la madrileña, el cocido madrileño (cuando iba a comer este plato solía tatarear la canción del pasodoble de “Cocidito Madrileño” del cantante Pepe Blanco) y la fabada asturiana. Mi padre observaba que mi madre, al comer platos de cuchara ladeaba la cabecita y la bajaba hacia el plato. Fue muy gracioso porque después de años de ver a mi madre comiendo así, mi padre averiguó que mi madre bajaba y ladeaba la cabeza para no tener que elevar la cuchara mucho para introducirla en la boca y, de este modo, evitar que se le vertiese el contenido. Cosas de la observación, cosas del ingenio, cosas de prueba y error.
En verano, cuando subían las temperaturas, le gustaba tomar un “gazpachito” con picatostes o alguna ensalada. Las ensaladas le gustaban de tamaño pequeño, más bien como acompañamiento a una carne o un pescado. Se le hacía un mundo comer un plato único de ensalada que llevase muchos ingredientes.
Los domingos, durante mucho tiempo en mi casa, el plato estrella fue la paella. Si mi madre hacía paella de pescado, a mi padre le gustaba tomar alguna gamba, o langostino, a los que llamaba “bichillos”. No le hacían mucha gracia los bigotes filamentosos de dichos crustáceos. Además, los pelaba con cuchillo y tenedor y se eternizaba en tal tarea. Y es que a mi padre le gustaba comer, como decía él, tipo “finolis”. Pelaba con cuchillo y tenedor la fruta, las gambas o la piel del muslo de pollo, con lo cual solía ser el último en acabar de comer.
Prefería hacer cena de dos platos y el primer plato tenía que ser sopa. La sopa le gustaba con fideos muy finos, “cabello de ángel”, eso sí, debía llevar pocos fideos. Recuerdo que mi madre preparaba un caldo casero buenísimo obtenido de una mezcla de desmenuzar tacos de jamón serrano y la carne de carcasas de gallina o de pollo. A ese caldo luego se le añadían los fideos, y mi padre de broma le decía a mi madre:
“¡Titis, está buenísima esta sopa, parece hecha con Avecrem! ”
Si mi madre ponía a hervir el caldo y echaba los fideos, le decía a mi padre que le avisase en 1 minuto para apagar el fuego. Como mi padre se dispersaba enseguida, cuando mi madre creía que había pasado ya el minuto, mi madre preguntaba:
“¿Paco, ha pasado ya el minuto?”
y mi padre que se había olvidado por completo de contar el tiempo decía cual niño que acababan de pillar con el carrito del helado :
“Sí, sí, Mari, justo ahora se ha cumplido el minuto”
No le gustaba mucho la pasta, pero como en casa éramos pasteros, especialmente yo, poco a poco le fue cogiendo el gustillo a los macarrones o a los espaguetis. Las pizzas no le gustaban nada, y era muy gracioso porque en vez pronunciar “pitsa” pronunciaba tal cual se leía “piza”.
De pescado le gustaba especialmente la dorada al orio con patatitas a lo pobre o la merluza al horno. Su amigo Juan M. quería llevar a mi padre a comer “merluza de palangre”. Según este amigo, esa merluza estaba muy buena ya que era obtenida con la técnica de pesca artesanal, el palangre, que consistía en una línea de anzuelos con cebo, unidos mediante intervalos regulares a una línea madre más larga que estaba situada en el fondo o suspendida de forma horizontal con la ayuda de boyas de superficie.
De carne, le gustaba el bistec o el solomillo muy hecho, nada del “saignant” que tanto adoran los franceses. Le gustaba el rabo de toro guisado, ¡cómo buen taurino que era! . Le gustaban las albóndigas o como él las llamaba de guasa, “almondigas”. Le gustaba el cordero o “collillo” que es el nombre que dábamos al cordero en mi casa porque así llamé yo al cordero cuando era muy pequeña y lo probé por primera vez en una boda. Le gustaba el pollo asado, pero no recién hecho, sino que le gustaba después de que hubiera estado un día o dos en la nevera tras haberse cocinado.
Le gustaban las pechugas de pollo finas y sin ternillas. Mi hermana Patricia era igual de escrupulosa con las ternillas que mi padre, los dos siempre apartaban en el plato las ternillas. Cosas de las manías, cosas de los remilgos, cosas de los genes.








