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Sería imposible enumerar todas las manías de un ser humano. Son actos, la mayoría incontrolables y no racionalizados, que nos hacen diferentes al resto. Lo importante, y lo sano, es que no lleguen a convertirse en una obsesión. Aunque hay una delgada línea entre la manía y la obsesión, ambas tienen aspectos diferenciadores. Si un acto no condiciona tu vida, es un gesto puntual, forma parte de tu vida rutinaria, no te genera ansiedad y no afecta a los que te rodean, entonces ese acto es una manía. Al contrario, si un acto es incapacitante, es repetitivo, forma parte de pensamientos intrusivos, genera ansiedad y afecta a los que te rodean, entonces ese acto es una obsesión. 

El Gran Pakitín: ¿sus manías o sus obsesiones?

A los 18 años, más o menos, mi padre se obsesionó con la caída de cabello de la cabeza y la posibilidad de quedarse calvo. Buscaba el “crece pelo” definitivo. Mi padre contaba que en aquella época anunciaban una loción anticaida que decía en las advertencias de uso :

En caso de salida incontrolada de cabello, suspéndase el tratamiento

Nosotros nos reíamos por lo gracioso y singular de esa frase de advertencia. Sin duda era una estrategia comercial puesto que lo que provocaba, lógicamente, era un aumento en la compra de esa loción por parte de los que estaban obsesionados por la caída de su cabello. Para referirse a los calvos, mi padre utilizaba expresiones como:

“Tiene la frente despejada”

“Calvorota”

“Tiene la cabeza como una bola de billar”

“Se le ven las ideas”

Hizo a sus padres que le llevasen a un sinfín de médicos para encontrar un tratamiento a su incipiente caída de pelo y, en su caso, obtener la pócima milagrosa para detener dicha caída. Ya mayor, mi padre siempre lamentó el dinero que hizo gastar a sus padres por esa obsesión ¡La cantidad de dermatólogos a los que fue y la cantidad de mejunjes que le compraron! Finalmente, un doctor con mucha experiencia y, sobre todo, con mucha intuición y mucha sensatez, le dijo a mi padre:

“Usted nunca va a tener una melena frondosa, pero nunca se quedará calvo”

Y así fue, mi padre siempre tuvo pelo, nunca se quedó calvo. De hecho en los últimos años, cuando ya se veía el pelo un poco largo le pedía a mi hermana Irene que se lo cortase y le decía:

Anda nena, a ver si me puedes retocar el pelo ¡pero no me hagas ningún estropicio!”

Cuando mi hermana Irene acababa de  cortarle el pelo, el suelo quedaba lleno de mechones, señal clara de que había de dónde cortar.

Viviendo en Tarrasa, una vecina que era farmacéutica, de apellido Comas,  preparó a mi padre una champú con una fórmula específica para su pelo. Ese champú hacía muy poca espuma y recuerdo perfectamente que estaba en un bote blanco con tapa negra y el champú era blanco y untuoso. Mi padre lo utilizó durante muchos años e incluso, cuando ya vivíamos en Zaragoza, se ponía en contacto con sus cuñadas de Tarrasa para que hablasen con esta farmacéutica y le preparase ese milagroso champú.

Ya comenté en un capítulo del blog que la pareja de mi hermana Patricia, José Antonio, es peluquero y siempre que nos reuníamos en familia mi padre bromeaba y le hacía las mismas preguntas :

¿Cuánto cobras a los calvos por lavarles la cabeza? Y si tienen algún pelo, ¿cuánto les cobras por cortarles el pelo?¿lo mismo que al resto de clientes?¿o les haces rebaja?”

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021

Los chistes de calvos que más gracia le hacían a mi padre eran:

Un señor con tres pelos en la cabeza entra una peluquería y el peluquero le pregunta: ¿qué peinado desearía?, y el cliente le dice: Péineme con la raya a un lado. Al hacerle la raya a un lado al peluquero se le cae uno de los tres pelos, y dice el cliente, no pasa nada,  hágame la raya en medio. El peluquero al ir a hacerle la raya en medio se lleva por delante el segundo pelo. Entonces el cliente, sin inmutarse, le dice al peluquero: no importa, déjemelo suelto”.

“Va un calvo por la calle y  le dice a un jorobado: ¿que llevas en la mochila? Y le contesta el jorobado al calvo:tu peine artista”.

Por sus diversas patologías, no había semana que mi padre no tuviese apuntado citas médicas. Siempre iba muy nervioso y asustado a los médicos. Yo siempre le intentaba tranquilizar y calmar. Cuando íbamos a su cardiólogo, José Antonio C., mi padre solía decirle, con su habitual sentido del humor, que

“Si los médicos en vez de batas blancas fuesen vestidos de butaneros o pizzeros, la cosa cambiaría mucho y los pacientes no serían tan miedosos a la hora de ir al médico ”

El cardiólogo siempre le respondía que

el miedo es gratis

Pero a mí padre siempre le rondaba por la cabeza la frase de que

Una persona sana es un paciente mal explorado

Frase que decía su sobrino Jesús, que es médico, y que solía decir también su cuñado José Mario.

Cuando tenía visita con el algún doctor, la noche anterior apenas pegaba ojo. Incluso cuando iba a buscar los resultados de sus analíticas, nunca leía los resultados antes de que los leyera el médico. Una mezcla entre manía y miedo, creo yo. Pero una vez estaba en la consulta del doctor y el doctor ya había visto los resultados y estaban todos dentro de la normalidad, entonces mi padre a la salida de la consulta miraba con detalle el análisis, valor tras valor. Y una vez llegaba a casa comparaba los valores de la analítica que tenía con los valores de analíticas anteriores.

Mi padre tenía la manía de encerrarse en su despacho para centrarse y enfrascarse en la actividad que estuviera realizando en ese momento. Nosotros a menudo le interrumpíamos, o bien preguntándole algo o bien pidiéndole algo. Así que mi padre cerraba la puerta de su despacho para estar completamente concentrado en lo que estaba haciendo. El problema es que, en los últimos años, no queríamos que se encerrase en su cuarto por si tenía alguna subida o bajada de azúcar.

Así que mi padre, muy ingenioso como siempre, se agenció de uno de los carteles típicos que se ponen en las puertas de las habitaciones de los hoteles para indicar que la habitación está libre u ocupada, y por ende si se puede entrar o no. En concreto, tenía un cartel de uno de los veranos que había ido con mi madre al Hotel Victoria de Benidorm a pasar las vacaciones. Así que, manteniendo la puerta entornada de su despacho, ponía el cartelito en el pomo exterior de la puerta. Si estaba con algún tema que requeriría de toda su atención, colocaba el cartel por el dorso de “Por favor, no molestar”. Sin embargo, si estaba con algún tema más ligero, colocaba el cartel por el dorso de “Ya pueden hacer la habitación”. Dicho cartel sigue colgando del pomo de la puerta de su despacho por el dorso de “Ya pueden hacer la habitación” .

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021
Todo cambió el 17 de Mayo de 2021

Comenté en el pasado capítulo que una de las manías de mi padre al salir de casa era asegurarse que la puerta estuviese bien cerrada. Pues bien, cuando entraba a casa una de sus manías era silbar. De esta forma anunciaba su llegada al hogar ¡Cómo se echan de menos esos silbidos! Una de las llegadas a casa más inolvidables, fueron las que hacía cuando, durante cuatro o cinco años, estuvimos veraneando en un chalet de Valldoreix (San Cugat del Valles).

Allí veraneamos mis tías, mi abuela Esperanza (madre de mi madre), mis padres, mis hermanos y yo. Mi padre, como por aquel entonces vivíamos en Tarrasa y el aún no tenía vacaciones en la Administración de Hacienda, cada día iba a Tarrasa en tren a muy primera hora de la mañana y volvía a Valldoreix, también en tren, hacia las cuatro de la tarde. 

Cuando era su hora de llegada, se le podía ver andando por el camino de tierra que llevaba al chalet, con una pajita de algún arbusto en la boca, la chaqueta (si llevaba) al hombro y silbando para anunciar que ya estaba allí. Entonces mis hermanos y yo íbamos rápido a recibirle. Siempre nos decía que se había encontrado por el camino al “tío cacerolas”, un mote que mi padre había puesto a un señor, con el que se cruzaba siempre cuando iba caminando al chalet. Dicho señor conducía un vehículo muy destartalado y levantaba mucho polvo cuando pasaba por el camino de tierra. Decía mi padre que le dejaba perdido de polvo ¡Qué gracia nos hacía el mote de “tío cacerolas”!

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021
Todo cambió el 17 de Mayo de 2021

Cuando mi padre iba a algún lugar nuevo caminando y no encontraba la calle que buscaba prefería no preguntar a nadie dónde estaba esa calle. Si se perdía era capaz de seguir andando sin saber a dónde iba con tal de no preguntar, aunque estuviese “más perdido que el barco del arroz”. Y dado que, como ya comenté, no tenía un móvil de última generación tampoco podía ubicarse con el móvil. Así que dejaba que su intuición le guiase ¡Suerte que tenía buena orientación! Y es que como decía él para qué preguntar si: “Todos los caminos llevan a Roma”.

Tenía la manía de echar las cartas que mandaba, no en cualquier buzón, sino en los buzones de la central de correos (en Zaragoza la central de correos está en el Pº Independencia) porque estaba convencido que desde esos buzones las cartas se repartían antes que las que se  echaban en cualquier otro buzón de la ciudad.

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021

Acabo este capítulo con un chiste que le hacía mucha gracia a mi padre sobre correos:

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021