El Gran Ahorrador
Mis padres siempre han sido muy ahorradores. Gracias a su ahorro, esfuerzo y sacrificio a mis hermanos y a mi no nos ha faltado nada y hemos vivido de una forma acomodada. Los inicios no fueron fáciles para una pareja joven como mis padres con cuatro bocas que alimentar.
A mi padre le gustaba ahorrar pero, desde luego, sin llegar a ser mezquino. Decía que era “ahorrativo” (haciendo alusión las expresiones que utilizaba el actor de cine mejicano Cantinflas). Su clave no estaba sólo en ahorrar, sino en no despilfarrar. A aquél que derrochaba lo llamaba “manirroto”. Si alguien gastaba en exceso decía que:
“Había tirado la casa por la ventana”
“Había hecho un dispendio”
“Llevaba un gran tren de vida”
“Tenía un agujero en el bolsillo”
“ Vivía por encima de sus posibilidades”
Él prevenía contra los gastos sin control ya que de la abundancia no es raro que venga la necesidad y así decía:
“Días de mucho, vísperas de nada”
“Ya vendrá el tío Paco con las rebajas”
“Ya vendrán las vacas flacas”
Ahorraba sobre todo en electricidad y en energías varias ¡Si mi padre levantase la cabeza y viese a cuánto está el kilovatio hora en la actualidad! Recuerdo que solía apagar las luces de los cuartos de la casa cuando las veía encendidas. Le llamábamos “El apagaluces”. Nadie podía escapar de su implacable misión. Muchas veces estábamos en la habitación haciendo algo y él pensaba que no había nadie y apagaba las luces y entonces le decíamos :”¡Papi, no apagues la luz que estoy en la habitación!”
Cuando éramos más pequeños, mi hermana Patricia tardaba muchísimo en acostarse. No sé cuántas cosas hacía antes de meterse en la cama. Mi padre muy guasón decía:
“¡A la cama o apago los plomos!”
y mi hermana se apresuraba todo lo que podía. Pero eran tantos sus rituales antes de cerrar los ojos, que mi padre más de una vez apagó los fusibles. Ahora, eso sí, si en algún momento nos veía que estábamos leyendo y no nos habíamos puesto suficiente luz nos decía: “¡Os vais a dejar la vista. No veis ni un carajo! ”. Y entonces nos encendía más luces para que pudiésemos leer en condiciones.
Si se levantaba por las noches a beber agua o ir al lavabo, iba acompañado de una linternita y así no tenía que encender las luces del pasillo. Tenía varias linternas de diferente tamaño. Le gustaba hacer guasa con las linternas.
Muchas veces se ponía una linterna con el foco apuntando a su barbilla con lo que su cara quedaba como un claroscuro y entonces nos intentaba asustar cuando estaban todas las luces apagadas diciendo: “¡Uhhh! Soy el miedo! y más que darnos miedo, nos hacía reír. Sobre linternas, a mi padre le hizo mucha gracia este chiste:
Al hilo de darnos sustos, recuerdo que si estábamos en lavabo y él tenía una urgencia, para hacernos salir rápido del lavabo, arañaba suave y lentamente la puerta por fuera y decía :
“¡Somos las almas del purgatorio!”
y eso sí que nos asustaba y le decíamos:
“¡Papi, no nos asustes que enseguida salimos del lavabo”
También para conseguir que saliésemos del lavabo decía a través de la puerta:
“¡Os doy todo mi reino si me dejáis entrar¡”
y entonces nosotros riendo le decíamos:
“¡Papi, si no tienes ningún reino¡”
Mi padre decía que había que ahorrar también en el consumo de agua. Desde abril de 2007, las facturas del Ayuntamiento de Zaragoza de agua y basuras fueron más modernas, detalladas, y cargadas de información. A partir de 2008, año en que se celebró la Expo de Zaragoza, aparecía en la factura del agua, “Fluvi”, la mascota oficial de la Expo de Zaragoza. “Fluvi” aparecía con una pizarra a su lado y era el encargado de informar al titular de la póliza si su evolución en el consumo de agua había sido ascendente o descendente. Mi padre se ponía muy contento cuando recibía una factura con las felicitaciones de Fluvi por el ahorro en el consumo de agua.
De broma decía:
“¡Me voy a duchar sólo una vez a la semana y ya verás como me lo agradecerán en La Confederación Hidrográfica del Ebro!”
y cuando salía de la ducha hacía aspavientos y, decía de broma:
“¡Si es que ducharse tanto no puede ser bueno, se va el manto de la piel!”
También solía recordar a uno que decía:
“¡No quiero ducharme pa’ no espabilarme!”
Hablaba también de aprovechar el “calor residual”, sobre todo cuando se utilizaba la vitrocerámica o el horno. Y era cierto, el “calor residual” es el excedente de calor que se produce durante el funcionamiento de una máquina o un aparato y el aprovechamiento de esta energía térmica como medida de eficiencia energética es posible. Y mi padre era muy consciente de ello. Si mi madre, por ejemplo, había hecho unas pechugas de pollo a la sartén y después las dejaba en un plato, mi padre cogía ese plato y lo ponía encima del fogón de la vitrocerámica , que ya estaba apagado, para que el calor residual mantuviese calientes las pechugas. Y así era, después de comer el primer plato y pasar a comer las pechugas, éstas seguían calientes y no había que recalentarlas en el microondas.
En casa instalamos un aire acondicionado por conductos. Esta instalación, supuestamente, nos proporcionaría un notable ahorro en el consumo energético, ya que permitiría climatizar más de una habitación sin necesidad de instalar más de una máquina. Aunque la inversión inicial fue algo más elevada que instalar aires acondicionados tipo “Split” en cada estancia, y tuvimos que hacer en casa unas obras casi faraónicas para su instalación, la promesa de un ahorro en la factura de la electricidad convenció a mis padres que era la mejor opción.
El caso es que después de toda la obra que hubo que hacer en casa, cuando poníamos el aire acondicionado en verano, enseguida mi padre tenía frío y decía que subiésemos los grados. Así que, paulatinamente íbamos subiendo un grado más al termostato , hasta llegar en ocasiones a alcanzar los 28 grados. Y entonces mi padre decía: “¡Vamos a apagar el aire que ahora hace calor!”. Cosas del ahorro, cosas del termostato de cada uno, cosas del verano.
Una de las adquisiciones que realizó mi padre, y de la cual estaba muy orgulloso, era un cargador de pilas. Ese artilugio le entusiasmaba. A mí siempre se me gastaban muy rápido las pilas de mi radio y le pedía a mi padre pilas nuevas para sustituir a las gastadas. Y él tan contento, como tenía su cargador, me decía :
“¡Moniquilla, qué rápido se te acaban las pilas ¿qué haces? ¿te las comes?!”
Entonces me daba dos pilas para poner en la radio y se llevaba las otras dos que se habían agotado para ponerlas en ese genial aparato que las recargaba. Desde que mi padre falleció, mi radio ya no funciona, no tiene pilas y no quiero ponerle pilas. El cargador de pilas de mi padre está en uno de sus cajones del despacho y ahí se quedará. No me imagino, sin estar él, utilizar ese artilugio con el que mi padre, con tanta vehemencia, revivía las pilas.
Recuerdo que mi padre y su cuñado José Mario tenían visiones diferentes con respecto al tema de ahorrar. Su cuñado defendía “la capacidad de endeudamiento” que es la cantidad máxima de deuda que un particular o empresa puede asumir sin poner en peligro su integridad financiera. Mi padre se tiraba de los pelos cada vez que escuchaba a su cuñado hablar sobre ello. Era muy gracioso ver cómo intercambiaban opiniones al respecto, cuando el uno era el opuesto del otro. Nunca llegaban a acercar posturas pero disfrutaban del intercambio de ideas.
A veces al intentar ahorrar le salía el tiro por la culata. Y es que algunas veces compraba algo en las tiendas de los chinos porque era más barato, “baratito y pochito” como decía él. Pero luego tenía que volver a comprar lo mismo porque lo que había comprado en esas tiendas no funcionaba o se le había roto enseguida. Entonces se lamentaba y decía que
“el dinero del pobre va dos veces al mercado”
y que
“lo barato cuesta caro”
Si hacía un ahorro insignificante al comprar en ese tipo de establecimientos decía con mucha gracia que había
“ahorrado en el chocolate del loro”
Acababa diciendo que en los bazares chinos: “sólo se podían comprar paquetes de folios y poco más ” porque los artículos de esos comercios eran de poca calidad.
Le dijeron que en Andorra, habían muchos productos que salían más baratos comprarlos allí que en España. En una ocasión, estando yo de Erasmus, allá por el 1998, mi padre quería comprar una cámara de fotos. Un subinspector de Hacienda iba a viajar a Andorra y mi padre le encargó que si encontraba una cámara de fotos que estuviera bien y apañada en precio, que la comprase. El subinspector volvió con las manos vacías, ya que dijo que las cámaras fotográficas que vendían en Andorra eran más caras que las que vendían en España. Así que a partir de entonces mi padre sentenció que :
“¡Comprar en Andorra sólo sale a cuenta, si compras tabaco o azúcar!”
Cuando mi padre aprobó las oposiciones a Inspector de Hacienda, él y sus compañeros fueron a cenar a un restaurante muy “chachi” para celebrarlo. Mi padre muy comedido como siempre, y muy “ahorrativo” como de costumbre, pidió lo más baratito del menú: una sopita de ajo y un pescadito. Sus compañeros pidieron por todo lo alto: ostras, angulas, solomillos, vino caro. Mi padre pensaba que cada uno pagaría su menú. Pero ¡cuál fue su sorpresa! que al final de la cena, cuando trajeron la cuenta, sus compañeros dijeron: “¡A pagar a escote!”. Mi padre nos contó que la cara se le puso blanca como la pared y no tuvo más remedio que apoquinar por parte de lo que no había degustado.
Incluso por ahorrar, ahorraba también en el tono de voz cuando hablaba. Cuando hablaba con sus amigos por teléfono empleaba un tono de voz alto y marcado. Pero en casa algunas veces hablaba bajito y decía que era para “ahorrar fonos”.








