En el refranero español hay gran variedad de dichos para el quinto mes del año. Así se dice: «Mayo entrado, un jardín en cada prado» o «Mayo florido, en flor el olivo y granados los trigos» y también: «Agua de mayo, pan para todo el año». Pero mayo no sólo es un mes especial por las flores o por el tiempo atmosférico que presagia las buenas cosechas futuras sino que también lo es por la celebración de las comuniones.
La Primera Comunión es uno de los Sacramentos más importantes dentro de la tradición cristiana, especialmente en la Iglesia Católica. Es la primera vez que un niño recibe la Eucaristía, es decir, el cuerpo y la sangre de Cristo representados en el pan y el vino consagrados durante la misa. Este rito simboliza la incorporación plena del comulgante a la vida religiosa y su compromiso con la fe cristiana. Se trata de un hecho de gran espiritualidad, aunque a veces, en nuestros días, se vea eclipsado por aspectos más superficiales entorno a la celebración y los regalos .
La edad habitual en la que los niños celebran la Primera Comunión es entre los ocho y los nueve años aunque esto puede variar en función de la parroquia y del país.
Unos dos años antes de recibir este Sacramento los comulgantes se preparan asistiendo a catequesis. En ella se aprenden los principios fundamentales de la fe cristiana y el significado de la Eucaristía. La catequesis no sólo consiste en recibir clases de religión, sino que también ayuda a desarrollar valores como la humildad, la gratitud y el sentido de comunidad.
Sus comuniones
La confesión, o también llamada el Sacramento de la Reconciliación, es uno de los Sacramentos más importantes que se realizan en el marco de la Iglesia Católica y es necesario practicar antes de recibir la Primera Comunión. A través de este acto, y por mediación de un sacerdote, los católicos obtienen el perdón de Dios por sus pecados. Los cinco pasos tradicionales para realizar la confesión son: examen de conciencia, arrepentimiento, propósito de enmienda, confesión de los pecados y cumplimiento de la penitencia.
Después de la misa dominical, mi padre solía llevarse a casa los trípticos de papel con las oraciones y las canciones que se habían rezado o cantado ese día en la iglesia. Recortaba las oraciones y canciones que más le gustaban y las colocaba debajo del cristal que hacía de superficie en el escritorio de madera de su despacho. Entre ellas hay una muy relacionada que trata de la confesión y el perdón:
Este colegio era del Opus Dei. El Opus Dei era una institución jerárquica de la Iglesia Católica fundada en España en 1928 por el sacerdote aragonés Jose María Escrivá de Balaguer. Está constituido por un Prelado, clero propio y laicos, tanto mujeres como hombres. No existen distintas categorías de miembros sino que simplemente existen modos diversos de vivir la misma vocación cristiana según las circunstancias personales de cada miembro. Con el ejemplo de su vida y su palabra, los miembros del Opus Dei intentan acercar a Dios a las personas con las que se relacionan en su vida diaria ya sea en el círculo familiar, entre amigos o en el ámbito laboral.
Básicamente mis padres nos apuntaron a ese colegio porque era de los únicos que impartían asignaturas en español en Tarrasa. Enseguida mis hermanos y yo nos dimos cuenta de por que era un colegio del Opus Dei.
Pero además, en ese colegio era obligatorio confesarse cada semana. Así, la profesora pertinente pasaba lista en clase un día a la semana. Este pase de lista no consistía en decir “presente”, ya que no se pasaba lista para saber qué alumnos habían acudido a clase ese día en concreto. Se pasaba lista para contestar a la pregunta:“¿Te quieres confesar?».
Ante esa pregunta sólo habían dos respuestas posibles. Si la respuesta era un “no” la profesora tomaba nota para poner tu nombre en otra supuesta lista, la lista negra de los “no confesados”. Si la respuesta era un “sí”, la mayor parte de las veces era una contestación forzada ya que pocos pecados podíamos tener unos niños de diez u once años como para que tuviéramos que confesarnos cada semana. Así que, personalmente, llegué a inventarme pecados veniales para tener algo que contarle al sacerdote en esas confesiones.
Un día que mi hermana Irene se confesó allí, no sé lo que ocurriría en el confesionario de madera pero, estando todo en silencio, se escuchó como el cura alzaba la voz a mi hermana y, con el tono gutural que emiten los catalanes al hablar en español, exclamó: «¡Qué me digas tus pecados!». Todos los que lo escuchamos no pudimos evitar que asomase una sonrisita en nuestras caras.
Cuando ya vivíamos en Zaragoza, en una de las ocasiones en las que mis tíos, la hermana de mi padre, Monicha, y su marido José Mario, vinieron a visitarnos, fueron a confesarse a la basílica de El Pilar.
La anécdota fue que el cura que confesó a mí tía Monicha le impuso una penitencia de muchas oraciones y ella, como no estaba de acuerdo con esa excesiva penitencia, discutió con el cura. No me acuerdo cómo acabó el asunto pero estoy segura que mi tía daría buenos argumentos para sostener su punto de vista.
El nieto de El Gran Pakitin, Miguelín, cuando tuvo que confesarse por primera vez una semana antes de recibir la Primera Comunión, se preparó en casa una lista de pecados para no olvidarse ninguno una vez estuviera delante del sacerdote.
Cuando me enteré que había preparado una lista de pecados me resultó muy gracioso porque pensé:
«¿qué pecados podría haber cometido un niño de apenas diez años para tener que enumerarlos en una hoja?»
Pero antes de hablar de Miguelín y de su Primera Comunión, tengo que hablar de la comunión de mi hermano Nacho. Cronológicamente, después de la de mi hermana Irene, la siguiente celebración de la Primera Comunión en mi familia fue la de mi hermano Nacho. El niño de la casa. Fue el 12 de mayo de 1991 en la Parroquia de Ntra. Sra del Perpetuo Socorro de Zaragoza. Mi hermano iba de estreno ya que, lógicamente, no heredó el vestido blanco, largo hasta los pies, de mangas cortas y abullonadas y con un cinturón de raso de color rosa que había pasado de una hermana a otra.
Llevaba un pantalón gris con una chaqueta azul marino. Debajo de la chaqueta asomaba una camisa blanca adornada con una pajarita de color azul marino. El conjunto lo completaba un crucifijo con una cadena dorada que colgaba de su cuello. Echando la vista atrás, y teniendo en cuenta las diferencia entre el blanco y negro de la foto de mi padre y el color de la foto de mi hermano Nacho, ambos iban muy parecidos vestidos y eso que entre ambas celebraciones distaban casi cuarenta años.
El convite se celebró en un restaurante del centro de Zaragoza. Fue una celebración íntima a la que acudieron las hermanas de mi madre, Emilia y Esperanza, la hermana de mi padre, Monicha, y su marido José Mario. Asistieron también amigos de la familia, como Luisito, un amigo de la infancia de mi padre. Estuvo también una familia muy vinculada a la parroquia donde se celebró la comunión. Otros amigos de mis padres, también de Zaragoza, nos acompañaron en la mesa.
Al final de la celebración mi hermano repartió unos recordatorios entre los invitados. Y es que en España, durante el siglo XX, fue una tradición muy extendida que los padres regalasen a los invitados un recordatorio de la Primera Comunión de sus hijos.
La moda de los recordatorios ha ido por décadas. Y así hacía 1910 se editaban tarjetones con el nombre de la pía criatura escrito en primorosa caligrafía a pluma. En los años 40 los recordatorios de Primera Comunión eran en blanco y negro y su uso se generalizó incluso entre las clases más populares.
En los años 60 se impuso el color y los diseños de autor. Los motivos pascuales como el cordero, la paloma y el trigo dejaron paso, o convivían, con tiernas escenas piadosas protagonizadas por niños. Este tipo de estampas impresas a una cara disponían de espacio libre para personalizar con el nombre y fecha a recordar.
Es en los años 70 cuando las ilustraciones se alternaron con fotografías de los protagonistas vestidos de punta en blanco y retratados para la ocasión en actitudes cuasi místicas con misal y rosario. Hasta los años 80 los recordatorios fueron imprescindibles en una celebración en la que los niños comulgaban con el sacramento de la eucaristía.
Pero a partir de finales del siglo XX los recordatorios evolucionaron y pasaron de las tarjetas clásicas a regalos personalizados más innovadores como marcos, imanes, minilibros o incluso tacos de madera con fotografía. El objetivo, cualquiera que sea la forma del recordatorio, es que los invitados guarden un recuerdo físico y emotivo de ese día tan especial. Es una forma de decir:
“Este momento fue importante, y tú formaste parte de él”.
Los recordatorios de Primera Comunión de nuestra familia atestiguan claramente la evolución que estos detalles han experimentado a lo largo de los años. Desde el recordatorio de mi padre hasta el recordatorio de Miguelín.
Y ya sí que toca hablar de la Comunión de El Gran Miguelín que se celebró el pasado 16 de mayo. El cierzo ese día no perdonó, de hecho nunca perdona en Zaragoza. Ese viento que sopla sin piedad parece una penitencia que los de la capital maña tenemos que acatar por el hecho de vivir en estas maravillosas tierras.
Acudimos a la parroquia de Ntra. Sra del Carmen de Zaragoza a las 11:30 de la mañana. Miguelín iba muy elegante. Muy en la línea en la que se vistieron mi padre y mi hermano Nacho cuando celebraron su Primera Comunión. El nieto de El Gran Pakitin llevaba un pantalón de color beige combinado con un chaqueta azul marino. La camisa era de color azul claro y llevaba una corbata azul marino, a diferencia de mi padre y mi hermano que llevaron pajarita. El crucifijo que colgaba de su cuello era de madera de color claro y la cadena era una sencilla cuerda blanca de nylon.
Mi tía Esperanza, la hermana de mi madre que vive en Tarrasa con su otra hermana Emilia, iba a asistir pero el día anterior se encontró indispuesta y no pudo venir. Otros que tampoco pudieron personarse fueron los amigos de Tarrasa de mis padres, Mercedes y Francisco. Pero, tanto los que estábamos como los que no pudieron estar, acompañamos a Miguelín en su día.
Después fuimos al interior donde nos esperaba un delicioso banquete. Compartimos la sala de comedor con algunos de los niños que comulgaron con Miguelín y con sus familias. En los postres se empezó a amenizar la velada con juegos en los que participamos adultos y niños. No se se sabía si eran más niños los adultos o más adultos los niños.
No queriamos que el día terminase, pero cada día se acaba para empezar otro nuevo. Y el día siguiente era 17 de mayo. Ese día de después se cumplían cinco años del fallecimiento de mi padre. Dos fechas, una historia y un mismo sentimiento, el de felicidad porque mi padre también estaba, está y estará con nosotros en cualquier día de nuestras vidas.




























