La tripa, también conocida como barriga, vientre, panza, buche o abdomen, es el nombre coloquial para referirse a la región abdominal que ocupa la mayor parte del espacio entre el tórax y la pelvis. Orgánicamente es el conjunto de intestinos, tanto el delgado como el grueso, encargados de digerir alimentos, absorber nutrientes y agua, y eliminar desechos. Toda esa máquina visceral está protegida por una sólida estructura formada por la columna vertebral y las costillas superiores.
La tripa a veces duele. El dolor de tripa es muy común y a menudo se debe a gases, indigestión, estreñimiento o virus estomacales. Se puede manifestar en calambres o malestar generalizado por lo que decir: «Me duele la tripa» es poco preciso y a veces requiere de pruebas médicas adicionales para averiguar sus causas.
También llamada «segundo cerebro», la tripa está íntimamente conectada con las emociones a través del eje intestino-cerebro. Por ese motivo los sentimientos como el estrés, la ansiedad o la tristeza pueden alterar la digestión generando síntomas físicos como dolor, inflamación, náuseas o «mariposas» debido a la liberación de hormonas. Al mismo tiempo, un desequilibrio intestinal puede afectar a nuestro estado de ánimo o provocar fatiga mental.
Cuando quería saber qué nos pasaba o qué problema teníamos nos decía:
“¿Qué tripa se os ha roto ahora?”
Si tenía mucho hambre manifestaba:
«Me rugen las tripas»
Después de alguna comida más copiosa bromeaba:
«Voy a meter tripa»
y acto seguido hacía el gesto de contraer el abdomen hacia adentro para ocultarlo y aparentar una cintura más fina o un vientre más plano.
Afirmaba:
“¡Estoy que echo las tripas!”
si algo que había comido le había sentado mal.
Cuando comentaba:
«He hecho de tripas corazón»
era siempre que disimulaba un miedo o se sobreponía a una inseguridad.
Si algo le causaba repugnancia o asco aseguraba:
«Se me revuelven las tripas»
Cuando alguien tenía una tripa bastante abultada no dudaba en asegurar:
«Tiene tripa cervecera»
Y para tripa cervecera la que aparece en una viñieta de la tira de cómica de Mafalda con la que nos reíamos mucho en mi casa:
El Gran Pakitin no solía tener tripa pero en determinadas circunstancias se le inflamaba el vientre. Y es que padecía de gases estomacales. Para eliminar esos gases acostumbraba a tomarse infusiones de comino y anís. La verdad que le funcionaba bastante bien y enseguida se le aliviaba el malestar.
Desde hacía quince años, mi padre sufría de insuficiencia cardíaca lo que habitualmente le producía retención de líquidos usualmente en la parte inferior del cuerpo. Siempre controlábamos que su tripa, piernas y pies no estuviesen hinchados. Incluso cuando se iba de vacaciones de verano con mi madre, nos conectábamos por Skype para ver si alguna de esas partes de su cuerpo se le habían inflamado.
Si observábamos que estaban hinchadas le decíamos que subiese la dosis de seguril que era un diurético que le prescribía su cardiólogo para combatir la retención de líquidos. El cardiólogo le ponía la pauta a seguir de ese medicamento pero nos decía que podíamos ajustar la dosis dependiendo de cómo mi padre se encontrase. Siempre pudimos controlar esa situación sin problemas aunque a veces teníamos que ir de urgencias al hospital si se le había acumulado demasiado líquido en el cuerpo.
Su tripa también sufría si debía pincharse en ella alguna de las dosis diaria de su insulina. Esto solía pasar cuando notaba que el Parkinson que padecía le impedía la precisión requerida para inyectarse la insulina en el bíceps que era la parte del cuerpo en la que habitualmente se pinchaba. No era lo más habitual que se pinchase en la tripa pero lo hacía con mucha destreza.
Esas pequeñas muñecas se caracterizaban por su expresión dulce y su cuerpo pequeño y regordete como el de los bebés. Eran realmente pequeñas ya que medían aproximadamente unos 13 cm de alto, 6 cm de ancho y 3 cm de fondo. Pero para su pequeño tamaño todas poseían una tripita incipiente. Las primeras barriguitas tenían la cabeza y los brazos de goma blanda mientras que el cuerpo lo tenían de plástico duro. Luego evolucionaron y su cuerpo entero era de goma blanda.
En la década de los ochenta experimentaron un auténtico boom que no se quedó dentro de nuestras fronteras ya que las Barriguitas se convirtieron en unas de las muñecas más queridas en varios países del mundo. Debido a su expansión geográfica y cultural, en los catálogos de venta de Famosa se incluyeron barriguitas de muchas razas y etnias. Recuerdo que mis hermanas y yo llegamos a tener una barriguita india y otra africana.
En una ocasión me enfadé con mi hermana Patricia y le cogí su muñeca barriguitas. Era una que tenía el pelo de color rubio platino y unos ojos que miraban pícaramente hacia el lado derecho. Me debí enfadar mucho con mi hermana porque agarré unas tijeras y le corté el pelo a esa barriguitas. Mi hermana, lógicamente, se puso a llorar y mis padres me regañaron ¡Pobre barriguitas! la dejé trasquilada, y en este caso el dicho de «borrico trasquilado a los ocho días igualado» no se cumplía ya que el pelo de las barriguitas, como el del resto de las muñecas, no crece.
Aunque algunas veces teníamos alguna comilona familiar, mi padre acostumbraba a ser muy moderado comiendo y afirmaba que
“de grandes cenas están las sepulturas llenas”
o
“desayuna como un rey, come como un príncipe y cena como un mendigo”
Él solía referirse a la parte de la obra de Don Quijote de La Mancha en la que se mencionaban a las recomendaciones, o “consejos segundos”, que Don Quijote le dio a su fiel escudero antes que éste partiese a la Ínsula Barataria para ser gobernador. Hay que matizar que ese fiel escudero se llamaba de nombre Sancho y de apellido Panza. Apellido que se le asignó literariamente quizás por el gran abdomen que poseía dicho personaje.
Así el hidalgo caballero le dijo a su sirviente:
“Sancho, come poco y cena más poco que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago. Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra”
Poco meses después de casarse con mi madre, mi padre estaba preocupado porque ella aún no se había quedado embarazada. Ambos estaban deseosos de ser padres y pronto su ilusión se iba a cumplir porque tripa de mi madre empezó a crecer. Se había quedado embarazada y a principios de agosto de 1974 nacería su primer hijo. No sabían el sexo del bebé ya que, por aquel entonces, hasta que no se daba a luz no era posible averiguar si era niño o niña.
Un día de mediados de julio, pocas semanas antes de que saliese de cuentas, mi madre quiso gastarle una broma a mi padre. Así que puso un muñeco debajo de las sabanitas de la cuna que tenían destinada a su primer descendiente. Esa cuna sería testigo de los primeros sueños y los primeros lloros del bebé. Entonces, cuando ese día mi padre volvió a casa del trabajo, mi madre le dijo a mi padre que ya había dado a luz y le enseñó la cuna con el muñeco tapado. Mi padre no podía dar crédito a lo que sus ojos estaban viendo y, una vez pasado el susto inicial, se rió muchísimo de la broma que le había gastado mi madre. Mi hermana Patricia Paloma nació finalmente el 2 de agosto de 1974.
Yo nací el 8 de marzo de 1976, a los 19 meses del alumbramiento de mi hermana Patricia. Mi madre me llevó en su vientre hasta que me dió a luz una madrugada que llovía a cántaros. Mis padres dijeron:
“¡Esta niña va a ser muy guerrera!”
Nací con una gran mata de pelo negro en la cabeza, tanto es así que la comadrona, antes de llevarme con mi madre, me hizo un “quiqui” con el flequillo
Tras nacer mi hermana Patricia y yo, mis padres empezaban ya a ir en busca de un varón. Mi madre se quedó encinta y en esta ocasión su tripa era más prominente que en sus anteriores embarazos. Y el 8 de marzo de 1977, justo un año después de nacer yo, mi madre daba a luz, no a un niño sino a una niña. El ginecólogo de mi madre, el doctor César Areces, al contemplar a mi hermana Irene, un bebé de 4 kg 400g, exclamó:
“¡No es un niño, pero menuda niña!”
Unos años más tarde, entrados en el año 1980, mis hermanas y yo notábamos que mis padres estaban más felices que de costumbre y que la tripa de mi madre crecía sin motivo aparente. Fue entonces cuando mis padres nos dieron la gran noticia de que íbamos a tener otro hermanito. Ellos estaban muy ilusionados porque sería el único niño tras haber tenido ya tres niñas. Además, en ese caso, seguiría vivo el apellido paterno, Morillo. Finalmente nació el esperado niño, el príncipe de la casa. Fue el 26 de agosto de 1981 justo el mismo día que hacía 37 años nacía mi madre.
Mis hermanas y yo estábamos muy emocionadas porque íbamos a tener un hermanito pequeño al que cuidaríamos y querríamos mucho. Sería nuestro muñequito. Recién nacido tenía muchos pellejitos por todo el cuerpo, pero pronto le desaparecieron y dejaron ver la belleza de ese querubín. Como le pasó a mi hermana Irene, a mi hermano Nacho también le quedaba justo el faldón del bautizo que había heredado de nosotras. Mi padre con guasa exclamó cuando lo vio vestido:
«¡Parece un obispo!»
Mi hermano Nacho y Paloma han pensado todo al detalle y al llegar al mundo esos niños no van a querer estar en otro sitio.






















