Seleccionar página

En este capítulo quiero agradecer la colaboración de los primos de mi padre, «Federiquín» y «Gerardín», y a sus amigos de la infancia, «Luisito» y «Armandito».

Su nacimiento, un día histórico

Mi padre nació el 23 de febrero de 1944 en Madrid.

 

Era madrileño de los pies a la cabeza.  Un madrileño de pura cepa.

 

Solía llamar a Madrid “Los Madriles”, que era una forma popular de referirse a la villa de Madrid, la capital de España, sobre todo en lo que respectaba a su característica más castiza.

 

Se trataba de un topónimo de “uso dialectal, social y afectivo” que, por ejemplo, el escritor Benito Pérez Galdós utilizó en sus famosos “Episodios Nacionales”. Y es que ya se sabe que: “De Madrid al cielo y, en el cielo, un agujerito para verlo”.

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021

La fecha de nacimiento de mi padre iba a ser histórica unos cuantos años después que él llegara a este mundo. Así, un 23 de febrero de 1981 tuvo lugar el Golpe de Estado en España, conocido como el “23F”.

Quedarán para la posteridad las frases: “¡Quieto todo el mundo!” o “¡Se sienten, coño!”  que el teniente coronel de la Guardia Civil, Antonio Tejero – con bigote, tricornio y pistola en mano- pronunció al entrar el 23 de febrero de 1981 en el Congreso de los Diputados que estaba situado en pleno centro de Madrid.

Los motivos de esta sublevación militar fueron: la crisis económica, ETA, las complicaciones para diseñar una nueva organización territorial del Estado y el sistema político cada vez más democrático. Tras 40 años de Dictadura franquista, los sectores más tradicionales del Ejército rechazaban el modelo político adoptado y concebían la autoridad como un elemento clave a la hora de gobernar España. Sin duda, mi padre veía sus primeros rayos de luz un día que, treinta y siete años después, marcaría el destino político de España y un día que, treinta y siete años antes y sin ser él consciente de ello, marcaría la ideología política a la que fue fiel toda su vida.

Su infancia, en la calle Canarias 30

Vivía con sus padres y hermana en la calle Canarias nº 30 de Madrid. Allí se alzaba un edifico de 7 plantas que fue construido en 1943.

Es un edificio antiguo así que, cuando fui a visitarlo el pasado agosto, la construcción estaba en obras con apuntalamientos para resolver unos problemas de estabilidad estructural.

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021

En cada rellano del edificio habían cuatro puertas “A”, “B”, “C” y “D”. Las cuatro puertas estaban distribuidas de dos en dos, “A” y “B” enfrente de “C” y “D” y en mitad de ellas subía y bajaba la escalera de la comunidad.

El piso en el que vivía mi padre y su familia estaba en la primera planta y la puerta era la letra “A”. Este piso ahora es de su sobrino Mario, que vive allí con su hija, y lo trata con mucho mimo.

La puerta de la entrada del piso es una puerta de madera oscura con un tragaluz superior en madera troquelada. Es un piso pequeñito, de unos 65 m2, que aún conserva los suelos y las puertas de entonces, unas puertas blancas de madera maciza. Cuando estuve allí pude ver la habitación en la que tantas horas mi padre había jugado, estudiado, soñado, llorado, reído… y pude sentir, por primera vez, a ese niño que una vez fue mi padre.

Sus primeros años

Mi padre fue un niño bueno y obediente que no disgustaba a sus padres. Siempre hacía lo correcto.

Cuando era pequeño, se les enseñaba a los niños que al cruzar la calle debían pedirle a un adulto que les diese la mano para hacerlo y así estuviesen a salvo de los primeros coches que transitaban por el barrio en aquel entonces. ¡Cómo han cambiado las cosas en la actualidad! ¡Ahora se les dice a los niños que no se fíen de ningún desconocido!

Pues mi padre, como niño obediente que era, siempre pedía a un adulto que le cruzase la calle. Un día se lo pidió a un señor y el señor le dijo con tono enfadado: “¡Niño, que llevó cruzándote de calle toda la semana!, ¡No hay ningún otro adulto que te pueda cruzar!”.

Y mi padre, ruborizado y cabizbajo, se fue en busca de otro adulto que no se hubiera levantado aquel día con el pie izquierdo.

Sus años de escuela con «Doña María» y «Don Clemente»

Fue un niño muy inteligente y con muchas inquietudes desde muy temprana edad. Recibió una educación estricta acorde a la época. Mi padre nos hablaba a menudo de Doña María, una profesora que tuvo de pequeño en el colegio Gonzalo de Berceo de Madrid, y que le marcó mucho.

Recuerdo que mi padre también hablaba de Don Clemente, catequista de la Parroquia Nuestra Señora de las Angustias y que preparaba a los niños para recibir la primera comunión, y sobre todo, para recibir la confirmación. Era un cura con sotana, como los de antes. Mi padre nos contaba que era un hombre muy estricto y que los niños no se canteaban con él. Si algún niño hacía alguna “travesura” recibía un correctivo para que no volviese a desobedecer y, según mi padre, el correctivo aplicado conseguía el objetivo ya que el niño castigado no volvía a querer saltarse las normas.

Mi padre siempre recordó a Doña María y a Don Clemente con un cariño especial. Fueron dos figuras de autoridad que le acompañaron en su infancia y que le transmitieron muchos conocimientos y mucha disciplina. Fueron la base para que mi padre, posteriormente, no sólo pudiese alcanzar sus logros profesionales, sino que pudiese convirtiese en la persona íntegra y disciplinada que siempre fue.

El amigo de la infancia de mi padre, Luisito (siempre será Luisito para nosotros), me contaba que doña María elogiaba la buena memoria de mi padre y le decía que la debería explotar en el futuro. Y así lo empezó a hacer. Mi padre nos decía que de pequeño le enseñaron “geografía de cartero”.

Él podía enumerar de carrerilla, los ríos y sus afluentes, las montañas y cordilleras, y gran cantidad de ciudades y pueblos del territorio español. Nosotros quedábamos perplejos por la gran memoria y agilidad mental que él decía que poseía entonces y que nosotros comprobábamos que poseía en la actualidad.

Si mi padre nos hacía una pregunta sobre geografía y no sabíamos la respuesta, él siempre nos decía: “¡Es que no tenéis cultura general! “ o “¡Parece que hayáis pasado de puntillas por el colegio!”. Para mi padre era muy importante tener cultura general y el adquirir siempre nuevos conocimientos para tener un amplio bagaje cultural. Aún guardamos en casa el atlas de pequeño de mi padre, ante el que tantas horas hincó los codos para saberse al dedillo su territorio querido.

Sus vaciones, en la playa de Miño

De pequeño mi padre iba de vacaciones a Miño (La Coruña) con su familia. Allí coincidía con el primo Federiquín y el hermano de éste, Gerardín, que son los hijos de Federico, el hermano pequeño de la abuela Teresa, y que vivían en Ferrol. Justo es decir que la abuela Teresa era la hermana preferida de su hermano Federico. Mi padre nos contaba que en unas vacaciones en las que él, sus padres y su hermana cogieron el tren desde Madrid a Miño, empezaron a escuchar a los viajeros del tren decir que en Miño se habían ahogado varias personas por aquellas fechas. Al oír tales catástrofes y ya bastante asustados, él, su hermana y sus padres estuvieron «a un tris» de dar la vuelta y volver a Madrid.

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021
Y es que las aguas que bañan Galicia son bravas, como dice la famosa canción “A Rianxeira”:

“Ondiñas veñen, ondiñas veñen
ondiñas veñen e van
non te embarques Rianxeira
que te vas a marear”.

Mi padre nos contaba que su tío Federico trabajó en Ferrol como interventor en Renfe. Una de sus misiones era asegurarse que las “cangrejeras”, que eran las mujeres que transportaban el marisco en cestas, cuando subían al tren pagasen el billete correspondiente. La mayoría de ellas intentaban escaquearse a la hora de pagar por el “equipaje extra”, las cestas de mariscos, que transportaban de una estación a otra. Bajaban y subían del tren continuamente. Subían cuando habían recogido el marisco de las costas y bajaban cuando iban a llevar el marisco al punto de entrega. Cuando su tío Federico pillaba a alguna de las “cangrejeras” cometiendo una infracción, ellas siempre le replicaban :”home, se isto non pesa nada” y se intentaban zafar de la posible multa.

Su primo Federiquín recuerda que iban a la playa desde su casa que estaba a unos 2 km de distancia del mar. Había dos caminos para ir a la playa, uno por la carretera que daba más vuelta, y otro por la cuneta de la vía que se acortaba bastante pero que era más incómodo al andar por las piedras y baches que habían.

Cuando salían para ir a la playa, el abuelo Paco, era el primero que encabezaba la marcha, y cómo había que ir de uno en uno por lo agreste del terreno,  el abuelo Paco sacaba siempre distancia. El primo Federiquín le decía de broma a mi padre que el abuelo Paco era: “El Bahamontes de la familia” y para chinchar a mi padre, continuaba diciendo : “Bahamontes va el primero y se va a caer”. Mi padre, que se empezaba a mosquear, le respondía al primo Federiquín: “¡Que se caiga tu padre! ”. Y así empezaban a discutir Federiquín y mi padre hasta que la abuela Teresa les decía: “¡Callaros y no discutir!”. Dice el primo Federiquín que él y mi padre siempre se llevaron muy bien a pesar de esos piques normales entre niños que pasaban mucho tiempo juntos.

Sus entretenimientos en la infancia

Armandito, un amigo de la infancia de mi padre, me comentaba que, como fueron niños de la posguerra, mi padre y sus amigos no tenían dinero para gastarse en entretenimiento. Además, la oferta de entretenimiento de entonces era bastante escasa.

Entonces, lo que solían hacer los niños en aquella época era pasar la tarde en el parque “El Retiro de Madrid, acompañados siempre por un adulto. Mi padre y sus amigos, de esta forma, pasaban un buen rato al aire libre y, de paso, no gastaban dinero.

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021

En otra ocasión en la que instalaron por primera vez las escaleras mecánicas en “El Corte Inglés” de Madrid, la chavalería no dudo en pasar todo el día subiendo y bajando las escaleras del famoso centro comercial. ¡Cómo disfrutaron ese día! Mi padre recordaba esa anécdota con nostalgia por cómo pasaba de rápido el tiempo. A nosotros nos sorprendía la anécdota por lo poquito con lo que se divertían los niños en aquella época.

Cuando mi padre era pequeño, era muy normal que los padres mandaran a sus hijos a comprar bloques de hielo para conservar la carne y el pescado que se compraba en los hogares.

Entonces no existían las neveras y frigoríficos de las que disponemos ahora. Y claro, como eran niños, mi padre nos decía que él y sus amigos muchas veces se entretenían por el camino jugando en la calle y que, cuando caían en la cuenta, los bloques de hielo se habían derretido. El hielo se había derretido y, aunque probablemente había limpiado la calzada de la calle, había impedido que se conservasen en buen estado las carnes y pescados que esperaban con anhelo recuperar su frescura. Supongo, que, al llegar a casa, tanto mi padre como sus amigos, se llevarían una buena reprimenda de sus respectivos progenitores.

Los sabores de su infancia

En su infancia no faltó la cucharada diaria de aceite de ricino o de ceregumil. Complementos alimenticios y reconstituyentes que aseguraban proporcionar salud y alejar enfermedades de los más pequeños. Aunque como bien me contaba mi padre, el tomar el aceite de ricino resultaba un suplicio por su desagradable sabor.  ¡Y si no, qué se lo pregunten a la pareja de revoltosos hermanos de los tebeos, Zipi y Zape! Cuando Doña Jaimita, esposa de Don Pantuflo Zapatilla y, a la sazón, madre de Zipi y Zape, obligaba a sus hijos a tomar aceite de ricino o aceite de hígado, aquello resultaba ser el peor de los castigos que pudieran recibir los dos hermanos.

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021
Todo cambió el 17 de Mayo de 2021