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Antes de comenzar con la narración, quería hacer una especial mención a Julita, la prima de mi padre, y a su marido Enrique. Julita me envió un librito que ella misma había escrito titulado «La historia de los Pérez» y que me ha permitido hilvanar recuerdos y anécdotas de la etapa más joven de los abuelos. La heráldica de los apellidos Morillo y Pérez es obra de Enrique. Desde estas líneas, querría agradeceros vuestra ayuda y cariño.

Los Morillo y los Pérez

Los recuerdos que tengo de los padres de mi padre, es decir del abuelo Paco y la abuela Teresa, son pocos pues fallecieron siendo yo niña.

Mi abuela Teresa

Mi abuela Teresa Pérez Hidalgo nació en Madrid el 13 de febrero de 1913. Era hija de Calixto Pérez, al que todos llamaban Pepe, y de Teresa Hidalgo. La pareja vivía en la calle Sombrerería de Madrid.

Calixto Pérez era revisor en la estación de Atocha. Pero además de ferroviario, profesión a la que se dedicaron también sus hijos y yernos, era representante de licores y apoderado de toreros. Tuvieron cinco hijos: Antonio, José (Pepete), Teresa, Consuelo y Federico. Mi abuela Teresa era la más buena y calladita de los cinco hermanos.

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Los Pérez

Los Pérez eran una familia muy alegre y en su casa por menos de nada se organizaba una fiesta o un baile. Mi padre me contaba que cualquiera que entrará a casa de los Pérez, salía de ella con un mote a sus espaldas.  Una muestra clara de esa tendencia a la comicidad de los Pérez, fueron sin duda Manolo (al que llamaban Manolete) y Antonio (al que llamaban Tolón), hijos de Antonio, el hermano mayor de la abuela Teresa.

Manolete y Tolón, por ende, primos de mi padre, fueron protagonistas de las anécdotas más sonadas de la familia Pérez. Mi padre tenía un sinfín de historias ¡qué bien valdrían para hacer una o varias películas de risa!.

Mi padre nos contaba que una vez los Pérez hicieron un viaje en tren para ir a coger cangrejos a la playa. Estaban en un compartimento del tren y se habían llevado un pollo en pepitoria para comer allí. No sé si fue Tolón o Manolete quien, encaramándose a un altillo, quiso alcanzar la olla del pollo en pepitoria que habían colocado allí.  La mala suerte estuvo de su parte, ya que la olla volcó y todo su contenido se esparció en el compartimento.

Uno se puede imaginar cómo quedaría ese compartimento del tren y qué olor desprendería. Supongo que los encargados de limpiar todo aquello, maldecirían a los viajeros que provocaron tal desaguisado.

En otra ocasión, se fueron los primos de excursión al bosque. Manolete y Tolón llevaban una cámara de fotos y continuamente hacían “posar” a mi padre y a otros de sus primos en montes altos y en los lugares más complicados de acceder. Al final de la velada, Manolete y Tolón se dieron cuenta que no habían puesto carrete a la cámara fotográfica. ¡Un despiste lo tiene cualquiera!.

Manolete y Tolón se sentían atraídos por todos los temas de carácter escatológicos. Así que un día en una comida de primos, Manolete empezó a decir: “¡Juan viene!” y otro primo le contestaba: “¡Deténlo!” y Manolete respondía: “¡No puedo!” y el otro primo sentenciaba: “¡Pues que truene!” y entonces empezaban a pederse ante el asombro de propios y extraños.

Mi abuelo Paco

Mi abuelo, Paco Morillo Acedo, nació en Castuera (Badajoz) el 21 de septiembre de 1907. Era hijo de Nicolás Morillo y Josefa Acedo. Mi abuelo tenia dos hermanas, María y Manuela (Manolita).

El abuelo Paco era un hombre de costumbres y muy pendiente del tiempo, le gustaba que las cosas se hiciesen a una hora fijada, ni antes ni después. Trabajaba en la RENFE, como yerno que se precise de los Pérez, y eso también acentuó su “obsesión” por la puntualidad.

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De hecho, en su casa había que comer a las 13.30 y cenar a las 20.30. Si por algún casual había visita y se aproximaba la hora de la cena, el abuelo Paco se metía en la cocina y hacía algo de cacharreo para que la visita se percatase de la hora que era. Y si aún así, la visita no hacía ademán de irse, el abuelo Paco decía a la abuela Teresa:

“Teresa, saca la comida que estos señores querrán irse”

El abuelo Paco era genio y figura.

Tenía unas ocurrencias que no pasaban desapercibidas. Un día para descongelar el frigorífico puso un calefactor delante a tal efecto. Mi madre cuenta que el abuelo Paco un día que estaba enfadado tiró un huevo frito por la ventana.

Una de sus características es que se subía mucho el  tiro de los pantalones, lo subía muy por encima de lo normal, pero debía pensar ¡Ande yo caliente y ríase la gente¡

Mis abuelos, Teresa Pérez Hidalgo y Paco Morillo Acedo, se casaron el mismo día y en la misma iglesia junto a la pareja formada por Antonio Pérez Hidalgo (hermano de Teresa Pérez Hidalgo) y María Morillo Acedo (hermana de Paco Morillo Acedo). ¡Así todo quedaba en casa!.

Sin embargo, el abuelo Paco y la abuela Teresa no hicieron ninguna celebración, ni baile, ni banquete tras el enlace. El motivo fue que recientemente había fallecido un familiar de los Morillo y el abuelo Paco quería mantener el luto del familiar porque era un hombre serio y formal.

Mi abuela Teresa tuvo una embolia a los 59 años que la dejó postrada en una silla de ruedas. Fueron momentos muy difíciles para la familia Morillo Pérez, pero salieron adelante.

Los Morillo

Cuando la abuela Teresa murió, el 5 de noviembre de 1980, el  abuelo Paco se fue a vivir con su hermana Manolita. Vivían juntos en el piso que la tía Manolita tenía en la calle Palos de la Frontera de Madrid.

Recuerdo que el abuelo Paco y la tía Manolita se acostumbraron a vivir juntos. Aunque a veces discutían se apañaban muy bien los dos solos. La tía Manolita siempre iba de oscuro, había quedado viuda de muy joven. Solía llevar un pañuelo alrededor del cuello. Llevaba unas gafas de montura negra por encima de la lente y el puente y las patillas eran metálicas. Esas gafas le daban un aspecto muy característico.

Los dos hacían las cosas de la casa y también cocinaban. Recuerdan mis padres que una vez fueron a comer a su casa y la tía Manolita hizo un cocido muy potente, que según mi madre: “se podía cortar la grasa del caldo con un cuchillo”. Pues bien, tanto el abuelo Paco como la tía Manolita durmieron una buena siesta. Sin embargo, mi padre y mi madre tuvieron que salir a tomarse unas infusiones ya que les costó Dios y ayuda hacer la digestión de ese cocido.

Cuando mis hermanos y yo íbamos a visitar al abuelo Paco y la tía Manolita,  nos sentábamos alrededor de  una mesa circular que tenían en la sala de estar. La mesa estaba cubierta con un mantel largo y tenía un brasero debajo que nos calentaba cuando hacía frío. Una vez sentados, el abuelo Paco nos sacaba los periódicos de días anteriores (el abuelo Paco leía siempre el periódico “ABC”) y unos lápices y bolígrafos y nos poníamos a dibujar en los márgenes vacíos de las páginas del periódico. Nos podíamos pasar horas así. Y además nos ponían la tele que podíamos ver a la vez que dibujábamos. Mientras tanto, el abuelo leía el periódico del día.

El abuelo Paco siempre nos compraba a mis hermanos y a mi la llamada “Tarta Sara. Esta deliciosa tarta estaba formada por un esponjoso bizcocho genovés, empapado en almíbar, relleno y recubierto de una crema de mantequilla y decorado con almendras laminadas y cerezas. Las cerezas eran la guinda de la tarta, tan rojas y tan dulces, eran todo un reclamo para nosotros. Nos compraba también unas patatas fritas buenísimas. Nunca he vuelto a probar unas patatas así, tan crujientes y sabrosas. Eran de una churrería del barrio e iban en una bolsa de papel de estraza. Pasamos momentos muy felices en esa casa.

Desgraciadamente el 12 de abril de 1987 a las 10.30 cuando el abuelo Paco cruzaba la calzada en la confluencia de las calles de Ibiza y del Doctor Esquerdo, en un punto situado en frente al Hospital Beata Ana María de Jesús, éste fue atropellado por un coche que se dio a la fuga. El abuelo Paco sufrió tan graves lesiones que murió pocos instantes después de ser atropellado.

Si cabe su fallecimiento aún fue una noticia más triste porque lo atropellaron cuando iba a ver a mi padre al Hospital Beata Ana María de Jesús, dónde mi padre estaba convaleciente de una operación de hernia y ese día le daban el alta.

Al abuelo le dijeron que como a mi padre ya le daban de alta que no fuese al hospital. Pero el abuelo Paco era muy suyo y cuando algo se le metía entre ceja y ceja no había quien le hiciese cambiar de opinión. Mi padre y la hermana de mi padre quedaron desolados ante la muerte del abuelo Paco en estas circunstancias tan tremendas.

Cuando falleció, mis hermanos y yo éramos pequeños para asimilar lo que ocurrió y cómo pudo afectar esta tragedia a mi padre. Lo cierto es que mi padre no hablaba del tema y es que a mi padre le costaba gestionar las tragedias y los momentos de dolor y tristeza. Ahora y sólo ahora puedo entender por lo que mi padre pasó al perder a su padre en tan dolorosas circunstancias.