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Las manías, o esas particularidades que te hacen único y especial, van un poco más allá de lo que es la tradición o la costumbre. Se van forjando en el ser humano por las vivencias tenidas a lo largo de la vida. Sin darte cuenta van siendo parte de tu personalidad y cuando te quieres dar cuenta ya están arraigadas en ti. No son ni buenas ni malas, son tu esencia. Quien te quiera las admitirá, te aceptará y aprenderá a vivir con ellas. Porque recuerda, todo el mundo tiene manías y no todas las manías son un mundo.

El Gran Pakitín y sus manías

Y sí, mi padre, como buen Morillo que era, tenía algunas manías pero se le permitían porque era “El Gran Pakitin”. Eran, como decía su sobrino Mario,

“Las histerias de los Morillo”

Mi padre, cuando salía de casa se aseguraba que había cerrado bien la puerta. Y así, cuando estaba fuera en el descansillo, y ya había cerrado la puerta con llave, empujaba un poco la puerta hacia dentro para ver si estaba efectivamente cerrada y a continuación tiraba de la puerta hacia dentro con el manillon para comprobar, por partida doble, que la puerta estaba efectivamente cerrada a cal y canto. Este “doble juego” lo repetía tres veces seguidas. Yo creo que desde pequeño ya tenía esa manía.

Su primo Federiquin me contó que un día, siendo niños, otros dos de sus primos, Juanito y Manolete (éste último, un guasón empedernido), le gastaron una broma a mi padre. Ellos dos fueron con mi padre a jugar al futbolín. Cuando estaban jugando le preguntó el primo Manolete a mi padre si había cerrado la puerta de su casa cuando había salido y mi padre para asegurarse, se fue corriendo hasta su casa para comprobar si la había cerrado y volvió a jugar al fútbolin. Entonces al rato, su primo Juanito preguntó a mi padre que si estaba seguro que había cerrado bien la puerta de su casa y el inocente de mi padre se volvió otra vez corriendo a comprobar si la puerta estaba cerrada. Bromas de chiquillos que muestran lo confiado e ingenuo que era mi padre y la incipiente manía que le acompañaría durante su vida.

Tenía la manía de guardar muy bien las llaves cuando salía de casa. Uno de sus mayores temores era que él o nosotros perdiésemos las llaves de casa por la calle. Se imaginaba que alguien vería como se nos habían perdido las llaves por la calle, que nos seguiría hasta casa, que entonces sabría dónde vivíamos y que así podría robarnos cuando no estuviéramos en casa. O bien se imaginaba que el que encontrase las llaves se pondrían a hacer miles de copias como un loco y las repartiría por ahí. Manías suyas que reflejaban su preocupación por nuestra seguridad y bienestar.

Le gustaba tener muchas carteritas de bolsillo, hasta el punto de poderse considerar una manía. Tenía una carterita por cada tarjeta de identificación. Y así, el carnet de Hacienda lo llevaba en una carterita, el DNI en otra, la tarjeta de afiliación a la Falange en otra o el carnet del polideportivo San Agustín en otra. A propósito,  siempre que deletreaba su número de DNI, como éste acababa con la letra “A”, decía la coletilla final de “con A de Antonio”. Pues bien, como mi DNI acaba también con la letra A, yo he adoptado también esa coletilla de “con A de Antonio” al deletrear mi DNI. Nunca supe la razón por la que mi padre utilizaba tantas carteritas. Me imagino que sería para tener todos los carnets por separado y que no se mezclasen.

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021
Todo cambió el 17 de Mayo de 2021
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Era muy fan de las pinzas de plástico “cierra bolsas” a las que daba un sinfín de usos. Le encantaban las bolsas de plástico transparente con cierre deslizante o cierre zip. Las tenía de diversos tamaños y en ellas guardaba de todo. Su manía era tener todo empaquetadito para que no se perdiese nada.

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Atesoraba “gomas de pollo”, es decir, las gomas elásticas. Y es que las empleaba para muchas cosas. Desde para anudar el cable de su cargador de móvil o para apilar juntas tarjetas, hasta para cerrar su pastillero.

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021

Y es que con sus medicaciones era muy cuidadoso. Cuando iba a comprar sus medicamentos procuraba ir a diferentes farmacias. Él decía que de esta forma

“no sabrían las múltiples patologías que padecía”

Iba a una farmacia que hay en la calle Gran Vía y que le atendía una señora muy maja y amable que se llamaba Asun. Allí compraba determinadas medicaciones como el Kreon, el jakavi, el sintrom o las plumas de la insulina. El Kreon era una medicación para el tratamiento de la insuficiencia pancreática y, puesto que le extirparon el páncreas, tenía que tomar alrededor de diez cápsulas al día de ese medicamento. Las farmacias recibían pocas unidades de ese fármaco por una problemática que había con los laboratorios, pero Asun siempre se las apañaba para conseguirle a mi padre un par de cajas.

Luego en la farmacia de la calle Hernán Cortés le atendía Marina, y allí por ejemplo compraba el seguril, el tenormin, el stalevo. Y luego iba a alguna que otra farmacia más donde le dispensaban el duodart, el opiren, la digoxina y el permixon. Manías que él tenía. Por cierto, que le gustaba nombrar a las farmacias por su nombre en alemán “Apotheke”. 

Prefería siempre pagar en metálico antes que en tarjeta. El dinero en efectivo era más palpable que ese “dinero de plástico” (como lo llamaba él a las tarjetas visas y similares). Para él tenía más valor monetario pagar en efectivo que en tarjeta. Con el paso de los años, y debido a las exigencias impuestas por una sociedad moderna como la nuestra, tuvo que ir cediendo a pagar con tarjeta, aunque sólo lo hacía en determinadas circunstancias. Y bueno, lo de pagar por Internet para él ya era algo que estaba fuera de su comprensión costumbrista de lo que significaba pagar.

Desde que éramos pequeños, y luego de no tan pequeños, mi padre nos impuso la regla, a mis hermanos y a mí, de esperar tres horas para bañarnos, ya fuera en el mar o en la piscina, si habíamos comido antes. Lo llamaba guardar la digestión”. Pues ya nos veías a mis hermanos y a mi, cuando estábamos de vacaciones de verano, “pidiéndole la hora” a mi padre para podernos bañar ¡Con lo impacientes que son los niños!

Me acuerdo que a menudo mi padre le preguntaba a su sobrino Jesús, que es médico y es el hijo mayor de su hermana Monicha y su cuñado José Mario, qué cuánto tiempo había que guardar la digestión antes de bañarse después de comer. Su sobrino, creo que en parte para chincharle un poco y ver cómo reaccionaba mi padre, le contestaba que no era necesario “guardar la digestión” porque los seres humanos hacían la digestión durante las 24 horas del día. Cuando mi padre escuchaba tal explicación, hacía aspavientos y decía que eso era imposible.

Y es que estaba seguro que si nos bañábamos justo después de comer tendríamos un corte de digestión. Según nos fuimos haciendo mayores, el tiempo de “guardar la digestión” se fue reduciendo paulatinamente hasta que ya fuimos adultos y esa regla desapareció… aunque mi padre aún seguía teniendo sus dudas sobre bañarse justo después de comer.

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021
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Otra manía que mi padre tuvo desde pequeño fue con sus orejas. Pensaba que tenía las orejas muy separadas, decía que tenía “orejas de soplillo”.  Me imagino que pondría a sus padres la cabeza como un bombo por esa manía. Y me imagino que sus padres intentarían cualquier remedio para que mi padre no se obsesionase. El caso es que con el paso de los años se fue olvidando de su manía por las orejas. De mayor, mi hermano Nacho de broma, se ponía detrás de mi padre, le cogía sus orejas con sus manos y movía sus dedos por detrás de sus orejas como si tocase un arpa. Mi padre le decía a mi hermano:

“¡Anda mozo, deja mis orejas tranquilas!”  

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Al hilo de su manía con las orejas, mi padre nos contaba que de jovencito tenía un vecino en el edificio de la calle Canarias 30 de Madrid, que era mucho más pequeño que él y al que cuidaba de vez en cuando. La madre del niño fue un día a ver al abuelo Paco y a la abuela Teresa para contarles que estaba encantada con que su hijo pasase tiempo con Paquito pero que no le hiciese el juego de sacarle caramelos de las orejas. Y es que mi padre, con toda la buena intención del mundo, y para entretener al niño, le hacía un truco que consistía en sacarle caramelos de las orejas. Claro, mi padre no pensó que el niño, una vez solo en su casa, se tiraría de las orejas hasta dejárselas rojas intentando conseguir esos caramelos que mi padre tan fácilmente le sacaba de sus pabellones auriculares cuando estaban juntos.