El Gran Pakitín y sus costumbres
Ya se podía intuir que mi padre, con ese cierto desapego que tenía hacia las nuevas tecnologías, iba a ser un hombre de tradiciones y costumbres, o como decía mi madre:
“estaba chapado a la antigua”.
Y en fechas especiales y señaladas en el calendario aún dejaba más patente su apego a las tradiciones.
Nunca fue de Papa Noel, ni de árbol de Navidad, ni de Halloween. Siempre fue de Reyes Magos, de Portal de Belén, de día de Los Difuntos o del Día de Todos Los Santos. Decía que Papa Noel, el árbol de Navidad y Halloween eran unas “Americanadas” o “Eran cosas de los Yankis” y que España tenía que mantener sus tradiciones. Eso sí, envidiaba de los americanos, el respeto que tenían a su patria y a su himno.
Cuando vivíamos en Tarrasa mis padres, mis hermanos y yo fabricamos un Portal de Belén y las figuras las hicimos de barro. Después de modelar las figuras y pintarlas con temperas, quedó un Portal de Belén muy bonito. Mi padre estaba muy orgulloso de una oveja que hizo porque decía que tenía
“mucha cara de oveja”.
Ese portal de Belén estuvo acompañando nuestras Navidades durante muchos años. Más tarde en Zaragoza, cuando mis hermanos y yo fuimos más mayores, montábamos un portal de Belén más pequeñito que era de escayola y que nosotros pintamos con betún de Judea.
Otra tradición era recibir el Año Nuevo ataviados con los complementos de las bolsas de cotillón que mi madre compraba para ese día. Todos nos poníamos las pelucas, los antifaces, las narices postizas, soplábamos los matasuegras y mi padre no era una excepción. Aunque mi padre tenía vergüenza y mucho sentido del ridículo, en esa fecha los dejaba a un lado. Cuando ya habían sonado las 12 campanadas cogíamos las serpentinas de las bolsas de cotillón y las lanzábamos al aire a la vez que brindábamos con una copa de cava y nos deseábamos lo mejor y nos alegrábamos de seguir pasando años juntos.
Cuando llegaban las Navidades era tradición que mis padres intercambiasen décimos o participaciones de la lotería de Navidad con las hermanas de mi madre de Tarrasa y con Mercedes y Francisco, amigos de mis padres que también viven en Tarrasa. Mi padre no hacía el intercambio a través del móvil enviando una foto del décimo y ya está. Mi padre enviaba el décimo por correo postal acompañado de una nota.
Una vez se celebraba el sorteo y ya se conocían todos los premios y dónde habían caído, mi padre no iba a Internet a comprobar si los números que habíamos comprado habían sido premiados sino que iba a comprar el periódico y revisaba las listas de números premiados para ver si nos había tocado alguno.
Nunca nos tocó un premio importante, pero mi padre disfrutaba revisando ese listado interminable de números. Era como un niño pequeño que buscaba en un baúl del tesoro. Cuando veía en la televisión las imágenes de los afortunados de la lotería abriendo botellas de champán y saltando de alegría siempre bromeaba y decía:
“Pues yo creo que la lotería no toca y que los que salen en la tele celebrando su fortuna son actores”.
Cada año, por Navidad, hacía un regalo a cada uno de sus médicos o “galenos“, como los llamaba él. Aunque no le gustaba ir a los médicos, les tenía mucha fe y aprecio. Era su forma de agradecer la atención y dedicación que los médicos que le prestaban . ¡Era tan detallista! Compraba los regalos en la tienda de regalos “Fauste” en la Calle Azoque nº 60 de Zaragoza. Esta tienda vendía unos artículos muy originales y prestaban un trato exquisito a sus clientes, especialmente a mi padre.
En el año 2020, debido a la pandemia, compró los regalos vía Internet y el mismo propietario de la tienda se los acercó a casa en moto. El Sr. Fauste me comentó que mi padre era muy querido en la casa y que si con los conocidos se portaba así de bien, se podría imaginar cómo era como padre. Ha quedado sin entregar un regalo al Doctor Esarte, el doctor que le extirpó el páncreas. En cuanto me sea posible se lo entregaré en mano.
El pasado 9 de julio de 2021 entregué el penúltimo de los regalos que mi padre tenía pendiente. Ese regalo iba destinado al Dr. Mozota, urólogo de mi padre durante muchos años, que llevaba unos cuantos años jubilado. Ambos se tenían un gran aprecio, más allá de la mera relación médico y paciente. Me contaba el Dr. Mozota que siempre vio a mi padre alegre y que enseguida los dos conectaron.
Durante muchos años mi padre, ya de adulto y padre de familia, seguía la tradición de escribir cada año su carta a los Reyes Magos. Metía las cartas en unos sobres e iban dirigidas a una dirección de algún lugar de Oriente con código postal (00000).
Eran unas cartas llenas de ternura y de inocencia, las escribía el niño que siempre llevó dentro. En primer lugar, y siempre en clave de humor, pedía alguna cosa material como sellos, piezas de Meccano y algo de ropa. Pero la mayor parte de la carta era para pedir salud y felicidad para su “curri“ o “titis” y para su “nene” y sus “nenas”. Si en la época que escribía las cartas mis hermanos o yo teníamos algún novio o novia, o incluso marido consorte, también mi padre pedía por ellos a Sus Majestades. Tampoco se olvidaba en esas cartas de nuestras mascotas, en mi casa siempre gatunas, Ulyses y Pitusa, que compartieron y comparten nuestras vidas. Unos ya no están, otros siguen con nosotros.
En la noche de reyes, aún en la actualidad, nos íbamos a dormir pronto para que los Reyes pudiesen hacer su trabajo. Teníamos la tradición de dejar los regalos en el salón. Y el día 6 de enero por la mañana nos despertábamos e íbamos todos juntos a ver qué nos habían traído los Reyes de Oriente. En los últimos años, como mis hermanos no vivían en casa con mis padres y conmigo, entonces esperábamos a que llegasen ellos para poder abrir los regalos.
Mi padre siempre recibía un montón de presentes y se le iluminaban los ojos y sonreía como un niño al desenvolver los paquetes y ver lo que había dentro del envoltorio. Los Reyes siempre traían a mi padre los regalos que había solicitado en las cartas que, con tanto mimo, escribía a Sus Majestades. Desde que su nieto Miguelin llegó al mundo, hace siete años y unos meses, Los Reyes Magos se centraron en satisfacer las peticiones del más pequeño de la familia pero nunca se olvidaron, ni se olvidarán de El Gran Pakitin.
Siguiendo con el arte de escribir, otra tradición que mi padre siempre conservó fue la de enviar postales por correo cuando estaba de vacaciones o de visita en otro lugar. Creo que poquísima gente escribe postales en la era de la nuevas tecnologías, pero él era tan genuino y original que nunca sucumbió a lo prefijado por la época en la que vivía. Una especie de “romántico sin causa” anclado en el pasado pero navegando en el presente.
Su amigo y camarada, Jesús M., cuenta que le mandó a mi padre una postal desde Molina de Aragón porque se fue una semana a trabajar allí y que cuando fue al quiosco a comprar la postal para enviársela a mi padre, el señor que le atendió se extraño que le pidiesen una postal. Y como mi padre guardaba todos los recuerdos, esa postal también la guardó y la colocó debajo del cristal de la mesa de su despacho. Ya he comentado en ocasiones, que debajo de ese cristal de la mesa de su despacho mi padre guardaba los que para él eran los recuerdos más queridos. A la vista de él, de nosotros, y de los afortunados que entrasen a su despacho.
También conservaba con mucho cariño, una postal que le remitió su amigo y camarada, Andrés P. desde Brasil, país en el que vive desde hace unos años. Andrés P. vino a España en septiembre de 2021 y esperaba poderse reunir con mi padre. Lamentablemente no pudo ser así.
En verano del año pasado, un compañero de trabajo de Hacienda de mi padre, Sergio R., me llamó para decirme que tenía unas postales guardadas que le había enviado mi padre. Sergio sabía, por este blog, lo mucho que significaba para mi cualquier recuerdo de mi padre. Así que quiso que yo tuviese esas postales, un pedacito más de mi padre. Agradecí enormemente ese gesto, que para mí significó un poco más aire que respirar y que dar vida en esos momentos tan complicados por la pérdida de mi padre.
Era costumbre que cada semana mi padre apostase al “euromillon” y a la “primitiva”. Jugábamos cuatro apuestas para los dos días de la semana que se sorteaban los premios de dichos juegos. Yo iba a hacer las apuestas los martes y mi padre se encargaba de comprobar los premios, claro está, por el telexto de la televisión. Nunca nos tocaba en cada apuesta más de nueve euros pero nos poníamos contentos por cualquier pellizco que nos llevábamos y solíamos comentar :
“cada vez estamos más cerca”
Yo le decía:
“tranquilo papi que acabaremos siendo millonarios”
Sin embargo, yo sabía que yo ya era la persona más “rica” del mundo compartiendo con mi padre esos momentos y cada uno de los momentos que me brindaba.
También le gustaba apostar a los “rasca de las siete y media” de la ONCE. Enseguida que los tenía entre sus manos, afanosamente rascaba con el canto de una moneda el espacio en gris para ver si habíamos ganado. Pero la banca siempre ganaba, como solía decir mi padre.
Cuando jugábamos a esta apuesta era muy normal que mi padre sacase a colación el fragmento de la obra “La Venganza de Don Mendo” que decía así:
“No os aburriréis.. os propongo, si queréis, jugar a las siete y media ¿Y por qué marcó esa hora tan rara? Pudo ser luego…Es que tu inocencia ignora que a más de una hora, señora, las siete media es un juego, ¿Un juego? Y un juego vil, que no hay que jugarlo a ciegas, pues juegas cien veces, mil, y de las mil, ves febril que o te pasas o no llegas. Y el no llegar da dolor, pues indica que mal tasas y eres del otro deudor. Mas ¡ay de ti si te pasas!¡Si te pasas es peor!”

















