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No hay mayor muestra de generosidad que compartir el conocimiento con los demás. Un conocimiento encerrado en una sola mente sólo haría que el resto de la humanidad permaneciese en la oscuridad. Pero hay que saber transmitir el conocimiento para provocar en los demás las ganas de adquirirlo. Mi padre fue educado en una época en la que la premisa de la enseñanza era que “la letra con sangre entra”, sin embargo mi padre siguió siempre la premisa de “la letra alegre entra”

El Gran Pakitín y su faceta de Profesor

Desde pequeño, mi padre ya tenía buena pose para dar lecciones. Su profesora de aquella época, Doña María, marcó no sólo sus primeros pasos en el aprendizaje sino que también sembró en él la semilla que hizo florecer su deseo futuro de enseñar.

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021
Todo cambió el 17 de Mayo de 2021

Así, desde siempre, a mi padre le encantó transmitir su conocimiento a los que le rodeaban. Le gustaba enseñar tanto en forma de conversación habitual como en forma de clases impartidas. Ya hablé en otro capítulo del blog que , cuando mis hermanos y yo éramos pequeños, mi padre nos daba clases de inglés básico. También, a modo de clases improvisadas y bromistas , nos decía a mis hermanos y a mi para hacernos reír:

“La palabra espectáculo está formada por dos palabras: especta y culo”

 “La palabra oráculo está formada por dos palabras: ora y culo” o

El hombre es Masculino y la mujer Más culona”

Y nosotros nos reíamos mucho con esas explicaciones. También, de manera más seria, nos explicaba que la palabra poliedro venía del griego “polys” que significaba muchas y “hedra” que significaba cara. Y así nos daba la explicación de algunas palabras que empezaban por “poli”.

El conserje de nuestro colegio El Legado Crespo en Madrid, se llamaba Hipólito y entonces mi padre nos explicaba que ese nombre venía del griego “híppos que significaba caballo y de “lúein” que significaba desatar. Por tanto, proseguía mi padre, el nombre Hipólito equivalía a guerrero. Y así nos daba la explicación de algunas palabras que empezaban por “hipo”.

Nos explicaba, por ejemplo, que no era lo mismo decir “el azúcar” que “los azúcares” ya que el azúcar era el alimento que todos utilizábamos a diario para endulzar el café o la leche (el azúcar de mesa) y sin embargo, los azúcares hacían referencia a varios nutrientes, todos ellos hidratos de carbono. Del mismo modo nos decía que no era lo mismo “sandia” que “sandía” ya que sandía era un fruto y sandia era una persona necia.

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021

Cuando nos hicimos mayores, mi padre echó horas y horas en ayudarnos y explicarnos las asignaturas del colegio, y posteriormente de la Universidad, que nos resultaban más difíciles de entender. Nos ayudaba con los trabajos que nos ponían en el colegio de la asignatura de arte. Algunos de esos trabajos consistían en  visitar un monumento y reportar luego al profesor las impresiones que habíamos sacado al contemplar dicho monumento. Pues bien, mi padre era capaz de acompañarnos a la visita del monumento en cuestión e incluso ayudarnos a plasmar en un folio lo contemplado

¡Con cuántos dibujos técnicos de rotring y compás nos habrá ayudado!  ¡Cuántos planos de planta, alzada y perfil nos habrá explicado¡ ¡No sé cuantas veces me tuvo que repetir la teoría de los límites de matemáticas! me costaba muchísimo entender esa teoría

¡Y ni cuento las horas que invirtió en explicarme la contabilidad cuando empecé la carrera de Económicas! Gracias a él entendí esa disciplina y, de hecho, todos los trabajos en los que he estado contratada han estado relacionados con la contabilidad. Mi hermano Nacho estudió ingeniería como mi padre, y pudo recibir de él todo el conocimiento necesario que esa carrera requería y que, de otra forma, mi hermano no podría haber adquirido.

Durante mucho tiempo, mi padre preparó a alumnos para las oposiciones a Inspectores de Hacienda. Impartía clases particulares en casa o daba clases a grupos de alumnos en la Academia Anade de Zaragoza. A nosotros nos hacía mucha gracia cuando mi padre decía:

“ ¡Voy a que me canten los temas!”

porque nosotros pensábamos en una clase con todos los alumnos cantando. Claro, supimos pronto que cantar, en el contexto de unas oposiciones, significaba recitar los temas por parte de los estudiantes y que para nada se trataba de unas clases de canto.

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Su deseo por enseñar era vocacional. Además enseñaba de una forma muy amena con lo cual las clases se hacían muy llevaderas para todos los alumnos. Era muy paciente y no dudaba en repetir la misma cosa las veces que fuera necesario si algún alumno no acababa de entender una explicación. Es más, no se quedaba tranquilo hasta que sus explicaciones fueran comprendidas por la totalidad de sus estudiantes. Él siempre les decía:

“No dudéis en preguntar si tenéis alguna duda. No me importa parar la clase y repetir la explicación hasta que la hayáis entendido

En los últimos años, y antes de la pandemia, se ofreció voluntario en la Iglesia del Carmen de Zaragoza para dar clases a mujeres inmigrantes que necesitaban obtener el título de bachillerato. Iba dos veces a la semana con su maletín, en el que llevaba sus apuntes y mucha ilusión por enseñar. Quería dar clases a esas mujeres, que por dificultades en su vida, no habían podido sacarse ese grado de estudios. Quería compartir con ellas su conocimiento. En principio, la clase era sólo de tres personas pero enseguida aumentó de número.

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Tenía apuntado en un esquema las necesidades de cada alumna. Por ejemplo, Aline necesitaba reforzar bases de matemáticas multiplicar y dividir y hacer ejercicios sobre ello. Nissa tenía que aprender a escribir números por encima del diez. De Marcela decía ya que tenía el título superior y que iba a ayudar y a reforzar sus conocimientos. Apuntes similares hacía sobre otras alumnas como Zara y Vitisan.

Mi padre no dudó en dedicar el tiempo que fuera necesario para que ellas asimilasen la base y así ellas pudiesen avanzar y obtener el ansiado, y necesario, título de bachillerato. Con el tema de la pandemia se suspendieron las clases y mi padre esperaba retomarlas una vez pasase todo. Desgraciadamente no pudo volver a dar clases.

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A nivel particular, en los últimos dos años ayudaba a los hijos de su amigo Fernando L. , en las materias que andaban más flojos en el instituto. Durante una temporada estuvieron viniendo a casa y mi padre les daba las clases en la mesa del salón. Pero al hacer acto de presencia la dichosa pandemia, pasó de darles clases en persona a hacerlo por Skype.

Mi padre solía ponerse nervioso con los temas de Internet y con los problemas inherentes de la conexión a la hora de dar las clases virtuales. Pero una vez superaba esos escollos, todo fluía. Con su interés, su dedicación y con la confianza que transmitió, los hijos de su amigo aprobaron las asignaturas.

Mi padre se sentía muy orgulloso de aquello. Se sentía orgulloso que el tiempo empleado y el esfuerzo realizado hubieran ayudado a esos jóvenes a obtener el conocimiento suficiente y necesario para seguir adelante en su camino académico.

Su sobrino Mario contaba que mi padre le ayudó mucho con las materias de Derecho Tributario y Hacienda Pública cuando tuvo que sacarse la carrera de Derecho. Dice su sobrino que mi padre sabía mucho de esos temas. Mi padre también dio clases a su cuñada Emilia, una de las hermanas de mi madre, cuando estuvo trabajando y necesitaba sacarse un curso. Y tampoco  dudó en transmitir sus conocimientos a cualquier camarada que lo necesitase.

Pero para llegar a enseñar bien, no debes dejar de aprender. Y eso era algo que mi padre tenía muy claro. Tenía un amigo al que llamaban “profe” que era profesor licenciado. Mi padre decía que ese amigo sabía mucho y que aprendía de él muchas cosas. El “profe”, tenía a su vez un amigo, Enrique B., que estrechó lazos con mi padre.

Enrique era una persona muy original y curiosa. Vivía entre Cuenca y Zaragoza. No seguía tendencias de ningún tipo y era como mi padre, un amante de lo antiguo y de las antiguas tecnologías. De hecho Enrique B. estaba en pugna con La Agencia Tributaria que cada vez ponía más difícil el poderse comunicar con ella mediante papel. Todo hay que hacerlo por Internet y él se negaba.

Enrique B, llamaba a mi padre “Don Francisco” y eso a mi padre le hacía mucha gracia y le halagaba, a la par que le hacía sentir como un  profesor de los de antes. Entonces mi padre nos decía de broma:

“A partir de ahora soy Don Francisco”

Voy a terminar el capítulo con unos chistes que le hacían mucha gracia a mi padre y que están relacionados con la enseñanza:

“En una clase de un colegio, llega el director del colegio, Romerales, y el profesor les dice a los alumnos: decidle al señor director qué estábamos estudiando, y al unísono contestan dos  alumnos: ¡Romerales, calvorota, cómo brilla su pelota! Y el director muy enfadado dice:¡Rayos, se acordarán de mi García y Gómez”

“Un hijo estaba en su cama y le dice a su madre: ¡Mamá, mamá, no quiero ir al colegio!. Y su madre le dice: Bueno, hijo, tienes que ir a la escuela por tres razones: primero, es tu obligación, segundo tienes 60 años y tercero, ¡eres el director del colegio!”