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La comida alimenta el cuerpo. La comida en sí sola no es más que lo que sacia nuestro hambre. Sin embargo, la comida puede saciar el corazón y el alma si la compartes. Si te sientas alrededor de una mesa con los tuyos y no sólo están los alimentos sino que también están las conversaciones, las risas, las historias. Mi padre hacía que una comida alrededor de una mesa uniese a todos. No importaba el plato, importaba el rato

El Gran Pakitín y sus platitos (parte II)

Para seguir con los “platitos” de mi padre, hay que tener en cuenta que su dieta tuvo que variar drásticamente cuando le extirparon el páncreas el 28 de marzo de 2017. Al convertirse en insulinodependiente tenía que hacerse una media de seis controles diarios para medir sus niveles de glucemia y utilizar la insulina siempre que esos niveles estuviesen altos o, al contrario, tomar azúcar o carbohidratos siempre que esos niveles fuesen bajos.

Por las mañanas mi padre solía desayunar unas rodajas de pan untadas con tomate natural, un “cafelito”, descafeinado y con sacarina, una fruta y una “Torta Inés Rosales” (sin azúcar). Las “Tortas Inés Rosales” eran unas tortas de aceite con un ligero toque de anís que le gustaban muchísimo a mi padre. Cuando acababa de desayunar, siempre dejaba en la nevera algún platito pequeño con lo que le había sobrado del tomate o de la fruta ¡Más de una vez al abrir la nevera se cayó algún platito de esos por no estar bien colocado!

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021

Comía habitualmente verduras, pero no “lo verde” no estaba entre sus platos preferidos. A mi padre no le gustaban las judías con “pipos” (así llamaba él a las semillas que las judías tienen dentro de las vainas) y dedicaba una buena parte del tiempo de la comida a separar los pipos de las judías. En esa tarea, como en la de separar las ternillas del filete de carne, también, de nuevo, le acompañaba mi hermana Patricia. Con el brócoli, al que llamaba los “arbolitos”, también tenía sus más y sus menos, ya que le quitaba el tronco porque decía que era muy fibroso.

Entre las frutas, le gustaban los plátanos, las fresas, las manzanas, las peras y el melón (y si el melón iba acompañado con jamón serrano ¡mejor que mejor!). No le gustaban las uvas con pepitas. Así que separaba las pepitas de la pulpa ¡algunas veces le daban las uvas, nunca mejor dicho, ejecutando esta tarea tan poco reconocida!  Las frutas pequeñas, como las cerezas, no le gustaban porque decía que tenía que comer muchas para saciarse y además el hueso ocupaba gran parte del fruto. Le gustaban las mandarinas, pero no el fuerte olor que le quedaba en las manos después de pelarlas, así que mi hermana Irene, cuando vivía con nosotros, y cómo también se desvivía por mi padre, no dudaba en pelarle ella misma las mandarinas. Tampoco le gustaba la sandia por el fuerte olor que desprendía, y eso que a mí madre, a mi hermana Irene y a mi nos encantaba comer esa fruta.

Sus caprichines eran las croquetas (o como las llamaba él de broma “cloquetas” o “cocretas”), las salchichas con queso, los huevos rotos, los montaditos de salsa de cangrejo o los sándwiches mixtos de jamón y queso a la sartén.

No bebía alcohol, pero de vez en cuando se tomaba un “tijibuti, como llamaba mi padre a las bebidas. Así, se ponía un “culito”(menos de un quinto de un vaso) de  vino o de tinto de verano. Como bebía poco, solía decir:

“sólo me voy a mojar los labios”

En cuestiones de vinos, le gustaban los de  “Bodegas Care”. Y es que Care era el antiguo nombre que utilizaron los romanos para referirse a la ciudad de Cariñena, y que evolucionó hacia Caraellana, “La Querida Llanura”. Eran vinos que remitían al origen, al apego a la tierra y al amor por lo autóctono. Además, en el mundo anglosajón el término Care apelaba al cuidado, al respeto y al mimo. La imagen de marca de “Bodegas Care” eran unas caras que eran obras originales del artista Enrique Torrijos. Todos estos valores, unidos a la gran calidad y sabor del vino, hacían que fuese una de las marcas preferidas por mi padre en cuestión de vinos.

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021
Todo cambió el 17 de Mayo de 2021

A mí padre también le gustaba tomar alguna cervecita “0” con “gasiosa(como llamaba él a la gaseosa). Además, siempre que bebía la cerveza con gaseosa decía de broma

“Si no hay Casera, nos vamos”

haciendo referencia a la campaña publicitaria de los años 80 de la marca de gaseosa “La Casera”. Dicha campaña se adelantó a su tiempo y consiguió hacer de “La Casera” un producto emblemático.

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De vez en cuando le apetecía picar algo fuera de horas, tomarse un “piscolabis”, un “tentempié” o un “refrigerio”. En esos casos, optaba por tomarse unos colines o “grisines”, “regañás”, alguna patatita frita de bolsa o alguna onza de chocolate al 80% de cacao.

El dulce le gustaba mucho pero, como he comentado al principio del capítulo, era muy prudente con ellos por la diabetes que padecía. Como siempre, con su humor característico, mi padre llamaba de broma a la diabetes, “diabetis”. Sólo disfrutaba del dulce en ocasiones especiales o cuando tenía bajos los valores glucémicos. Si tomaba un trozo de una tarta siempre decía:

“Ponme sólo un radián”

Los helados y los agujeros de los donuts cubiertos de chocolate, estaban entre sus dulces preferidos. Decía :

Están para chuparse los dedos”

Están de rechupete”

o

“Están de toma pan y moja”

a la vez que dejaba los ojos en blanco y juntaba el dedo pulgar con el índice acercándolo a los labios para escenificar lo que decía. Hace unos cuantos años, mucho antes que mi padre fuese diabético, cuando su amigo Luisito de Madrid venía a visitarnos, siempre nos traía algún detalle, especialmente bombones, y mi padre decía:

“¡Pero qué detallista es siempre Luisito! ”

Y mi padre disfrutaba de esos bombones como un niño.

A mi padre le molestaba que le hablasen con la boca llena de comida. Mi hermana Patricia, mientras estuvo viviendo con nosotros en casa, le hablaba de vez en cuando con la boca llena para hacerle la broma y él le decía:

¡Qué asquerosilla que eres, y eso que habéis ido a colegios de pago!”

Y todos nos reíamos.

Cuando éramos pequeños, y preguntábamos qué había de comer, recuerdo que mi padre decía:

Hay alcanfronciosconsinsustancia

Se inventó esta palabra que quería decir que hubiese lo que hubiese nos lo tendríamos que comer. Y cierto era, porque cuando éramos pequeños en mi casa si no te comías al mediodía parte del menú, esa parte te esperaba por la noche y si por la noche no la comíamos te esperaba a la mañana del día siguiente. Así que si había algo de comer que no nos gustaba nos compensaba más comerlo en el momento ya que sabíamos que tarde o temprano lo tendríamos que ingerir.

Solíamos comer en la cocina porque era más cómodo y enseguida se recogía todo. A mi padre no le gustaba comer en la cocina pero como la titis decía que era mejor comer allí, mi padre aceptaba aunque rechistase un poco. En la cocina tenemos una mesa plegable en la que, sin abrir, comíamos los tres, es decir mi padre, mi madre y yo. Mi padre decía siempre:

Esta mesa es muy pequeña!”

Y era cierto, era una mesa pequeña pero era una mesa en la que abierta llegamos a comer toda la familia, es decir, seis personas. Recordaba mi padre que cuando vinieron a hacer la reforma de la cocina a casa, hace ya bastantes años, y mi padre le dijo a uno de los encargados de la obra que en esa mesa comíamos seis personas, el encargado quedó muy sorprendido. Nosotros éramos de la opinión que “dónde caben dos, caben tres”.

Después de las comidas mi padre disfrutaba especialmente de las sobremesas y si estábamos toda la familia ¡mejor que mejor! . Cuando acabábamos la sobremesa mi padre le decía a mi madre :

“¡Venga titis, que friego yo!

Y ya sabéis como acababa esta escena de fregoterios de cacharros… ya contada en un capítulo anterior.

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021
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Cuando mi padre estaba un poco agobiado de comer en la cocina decía de broma:

“¡Me voy a ir a comer al Carlton!

El hotel Carlton era un hotel en Madrid situado en el Paseo de las Delicias nº 26. El 12 de septiembre de 1959, tal como publicó la prensa de la época, se inauguró con “aire acondicionado, radio, cuartos de baño y teléfono en todas las habitaciones”, novedades propias de un local de primera categoría de aquél entonces. La esquina del hotel tenía una fachada cóncava que fue decorada por el ceramista Santiago Padrós con un mosaico dedicado a las Ciudades españolas monumentales. Es decir, un hotel con mucho nivel al que mi padre consideraba como lo más glamuroso y elegante en dónde estar tranquilo y con todas las comodidades.

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021
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Al hilo del famoso hotel Carlton, recuerdo que cuando mis hermanos vivían fuera de la casa familiar y venían a comer a casa, de paso se llevaban algún tupper de comida. Por cierto, que a mi padre no le gustaban nada los tupper de plástico, prefería los de vidrio a los que consideraba más higiénicos. Pues bien, cuando llegaban mis hermanos a comer, ya sabiendo mi padre que se llevarían algún tupper de comida,  decía de forma jocosa:

“¡Bienvenidos al Hotel Gorrilla! ”

o “Habéis hecho parada y fonda”

Esta última expresión se utilizaba en España desde la época de Felipe II y hacía referencia a una parada en el camino para comer, descansar (no para dormir) y seguir adelante.

Cuando salíamos a comer fuera, para celebrar alguna fecha importante, mi padre siempre quería ser puntual, cosa que pocas veces conseguía ya que mi madre siempre era muy tardona. Recuerdo que ese afán de puntualidad de mi padre, a veces nos obligaba a tener que esperar en el restaurante a que nos tocase nuestro turno. Él entonces aprovechaba para leer la prensa, específicamente la deportiva, que solía estar expuesta para los clientes a la entrada de los restaurantes.

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Siempre que íbamos a un restaurante nuevo, mi padre pedía al gerente o a algún camarero la tarjeta del restaurante en la que aparecía el nombre del restaurante y el teléfono al que llamar. Mi padre guardaba todas esas tarjetas  en su primer cajón del escritorio de su despacho, en un taco, atadas todas con una “goma de pollo”.

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