No siempre querer estrenar significa querer ostentar. No siempre no querer estrenar significa ser humilde. La ropa define las intenciones de quien las lleva. Mi padre disfrutó con la ropa que llevaba. Se divertía con ella, y se mostraba con ella. Quería pasar desapercibido, pero ni su forma de ser ni su ropa le dejaban. El hábito no hace al monje pero lo distingue.
El Gran Pakitín y sus trapitos
Voy a hablar de los “trapitos” de mi padre. Pero no me refiero a esos trapitos con los que mi padre limpiaba el polvo de casa, ni tampoco me refiero a la ropa que él se “personalizaba” cuando hacía sus pinitos con la costura. Me refiero a su vestuario, a sus atuendos, a lo que le gustaba y no le gustaba a la hora de elegir la ropa y complementos de vestir.
Resulta básico conocer, que aparte de la afición por la costura que mi padre gestó desde pequeño, también desde muy temprana edad a mi padre le sobrevino una vergüenza incontrolable a la hora de estrenar ropa.
Mi padre nos contaba que para solucionar ese problemilla, lo que hacía era que la noche anterior al día que debía estrenar la ropa, bajaba de su casa con la ropa nueva y se daba rápidamente una vuelta a la manzana del edificio. Con este paseíllo torero nocturno, él se convencía que ya había estrenado la ropa y al día siguiente ya podía ponérsela sin pasar vergüenza. Cosas de niños, cosas de no tan niños, cosas de no querer llamar la atención.
En una ocasión, su madre Teresa le compró una gabardina que le iba muy larga y mi padre para acortarla, levantó los brazos varias veces para que la tela sobrante por abajo se le acumulase en el torso y espalda por encima del cinturón de la gabardina. De esta guisa, salió mi padre a dar su paseo habitual de “no estreno”. Cuando volvió a casa, su madre Teresa estaba con la hermana de ésta, la tía Consuelo, que al ver a mi padre con la gabardina corta dijo:
“¡Pero Teresa, ¿quién ha comprado esa gabardina tan pequeña al niño?! ”
Cosas de madre e hijo, cosas de familia, cosas de los Pérez.
Sin embargo, cuando fueron pasando los años, mi padre se volvió más coqueto y presumido. Pero su coquetería no era ni vanidosa ni engreída. Era una coquetería fresca y divertida. De algún modo mi padre intentaba resarcirse de ese gusto al estrenar que no pudo probar cuando era más pequeño e incluso ya de joven. Esa coquetería también se manifestaba en el hecho de que mi padre siempre llevaba en algún bolsillo de la camisa, o de la chaqueta, un peine para, de vez en cuando, retocarse el pelo.
En su época laboral, especialmente trabajando en la Delegación de Hacienda de Zaragoza, todas las noches, antes de irse a dormir, mi padre se preparaba la ropa que iba a llevar al día siguiente. Me solía pedir consejo para combinar camisa, corbata y traje.
En las corbatas le gustaba hacerse el “nudo Windsor”. Este tipo de nudo recibía este nombre por la persona que lo popularizó, el rey Eduardo VIII, después conocido como duque de Windsor, entre la sociedad británica. Era un nudo grueso. Un triángulo invertido sólido, simétrico y estable, al que mi padre intentaba darle el máximo volumen.
Un accesorio que mi padre utilizó en los últimos tiempos, y que sustituía a las corbatas, fueron las “pajaritas”. Las tenía de diversos colores y le daban un toque muy original. Muchas veces mi padre nos decía que sus compañeros de Hacienda le decían, por ejemplo, :
“¡Cómo se nota que tienes hijas jóvenes!”
y mi padre se llenaba de orgullo al escuchar ese tipo de comentarios , no sólo porque esas palabras significasen que fuese bien vestido, sino que estaba orgulloso de ir vestido bajo el asesoramiento de sus hijas.
Cuando hablé de mi padre y de mi madre como pareja de por vida, comenté que a mi padre le gustaban el color marrón, el negro, o el azul oscuro para vestir y que mi madre cuando mi padre llevaba ropa de ese color le decía:
“¡Paco, que parece que vas a un entierro¡”
Cuando salían juntos a comprar ropa, mi padre algunas veces conseguía prendas del color que le gustaba a él, pero el resto de prendas eran de colores más llamativos elegidos por mi madre. Y la verdad es que a mi padre le acababan gustando mucho los modelitos coloridos que le compraba mi madre. Estaba muy guapo y le sentaban muy bien así que salía de casa muy contento con sus nuevas adquisiciones textiles.
Pasados unos años de casados, mi madre compró a mi padre un abrigo precioso y que le quedaba de maravilla, tanto que Fernando M., un amigo y compañero de mi padre de Marconi, le dijo al verle con el abrigo:
“¡He visto a marqueses con peor aspecto que tú¡”
Una de las cosas que más le irritaba a mi padre era, que una vez ya se había arreglado y se disponía a salir a la calle, le dijésemos, justo antes de salir, :
“ ¿Y por qué en vez de esa cazadora no te pones la cazadora de piel?”
o por ejemplo:
“¿Y por qué no te pones los zapatos negros en vez de los marrones?”
Y entonces él se cruzaba de brazos resignado y a regañadientes decía:
“¡Bueno, pues nada, elegid vosotras lo que me tengo que poner!”
Y entonces llegábamos a una solución salomónica entre lo que él había elegido de ropa y lo que nosotras le sugeríamos que se pusiese.
Cuando salía a la calle y por ejemplo había salido más abrigado de lo necesario, era capaz de pasar calor antes de quitarse ropa y tener que ir por la calle con un jersey o una cazadora en el brazo o en la mano. Si salía con un modelito, lo tenía que llevar puesto todo el rato.
No le gustaban, para nada, los jerséis de punto o de lana que con el tiempo “hacían pelotillas”. Siempre que iba a comprar un jersey se cercioraba que no fuesen de los que hiciesen pelotillas. Tenía una chaqueta de punto larga de botones y de color azul oscuro.
Esta chaqueta era apreciada por mi padre ya que, además de práctica, no se le hacían pelotillas y eso que mi padre la tenía desde tiempos inmemoriales. En casa la llamábamos “la chaqueta de abuelete”, nombre con la que la bautizó mi hermana Patricia.
Cuando se ponía un jersey o una chaqueta de vestir encima de una camisa de manga larga, el puño de la camisa tenía que sobresalir por debajo de la manga del jersey y llegar casi hasta los nudillos de las manos. Tampoco olvidemos cómo le gustaba llevar el largo de los pantalones, lo suficiente largos como para que estando de pie, el bajo del pantalón cubriese el tacón de los zapatos.
Y hablando de zapatos, para mi padre, los zapatos tenían que estar muy limpios. Antes de salir a la calle les sacaba lustre con un cepillo, betún y un trapito para aplicar el betún. Tenía un zapatero de madera de color naranja, con una empuñadura superior y dos puertas abatibles, en el que guardaba los productos para la limpieza del calzado.
Este zapatero tendrá unos 40 años y mi padre lo conservaba con mucho cariño. En el interior de una de las puertas abatibles estaban escritas las palabras “caca, pis y culo”. Mi hermano Nacho escribió esas palabras cuando era pequeño, en esa época en la que a los niños les hace mucha gracia ese tipo de palabras escatológicas que consideran inocentemente como palabrotas.
Una vez ya tenía limpios los zapatos se los abrochaba estando sentado y apoyando la pierna del zapato que se ataba en la pierna contraria. Muchas veces utilizaba un calzador para introducir el pie en el zapato en caso de que el zapato tuviese una horma estrecha. Incluso una vez se compró unos zapatos negros preciosos de cordones para ir a bodas y similares, pero eran muy estrechos y un poco pequeños, así que compró unas hormas para ensanchar esos zapatos. También, solía utilizar unas plantillas en los zapatos para que su pisada fuese lo más cómoda posible.
Para cubrir sus pies al llevar los zapatos, utilizaba calcetines y esos calcetines tenían que cumplir la condición de que quedasen “cuadrados a escuadra y cartabón” a los pinreles. El talón y la punta del calcetín tenían que quedar bien “encajados”. Si le iban un poco apretados por el tobillo, no dudaba en coger unas tijeras y dar un corte.
Algo muy típico de él en su atuendo, eran las carteras tipo bandoleras. Tenía unas cuantas y le gustaban porque tenían muchos bolsillos y compartimentos. En cada bolsillo metía una cosa, pero luego se ponía a rebuscar y no encontraba nada de lo que había guardado ¡Cuántas veces estuvo rebuscando dentro de una bandolera para encontrar algo¡ Cosas del espacio, cosas guardadas, cosas encontradas.










