El Gran Pakitín y sus otras tareas
En el capítulo anterior sobre la costura, se me olvidó añadir este chascarrillo que le gustaba mucho a mi padre:
“No es lo mismo Tejidos y novedades en el piso de arriba que Te jodes, no ves nada y encima te pisan»
Seguimos con las “tareas propias de mi sexo y condición” a las que mi padre dedicaba parte de su tiempo. Le gustaba, y mucho, fregar los platos después de las comidas.
Como decía él:
“fregar los cacharros”
Aunque en mi casa tenemos lavavajillas, confieso que sólo lo hemos utilizado, creo, una vez. Desde siempre en nuestra casa, ese electrodoméstico ha cumplido la sencilla función, a la par que necesaria, de almacenamiento de productos alimentarios de diversidad varia. Mi padre se empeñaba en fregar él aunque mi madre le dijese que se eternizaba en esa labor. Y es que mi padre se tomaba su tiempo en fregar la vajilla y secarla después.
Además, entre fregado y secado, igual se iba a su despacho a acabar de ajustar una tuerca de alguna construcción de su Meccano o se iba a leer unas páginas que le quedaban pendientes de algún libro. Como mi madre se ponía muy nerviosa con el tiempo que mi padre empleaba para fregar y secar los platos, más de una vez cuando mi padre volvía a la cocina para proseguir su tarea, mi madre ya la había acabado. Entonces mi padre le decía contrariado: ¡Pero titis, que iba a acabar yo de hacerlo! ¡Si había ido sólo un momentito a mi despacho a ordenar unas cosas! .
Le gustaba fregar los platos con guantes de goma y cuando veía a mi madre fregando sin guantes le sugería que también los utilizase para que las manos no se le agrietasen. El inconveniente de utilizar guantes de goma al fregar es que se pierde el sentido táctil y de cierto agarre que se tiene cuando friegas sin guantes, lo que puede provocar que un vaso o un plato se resbale entre las manos y se rompa haciéndose añicos, cosa que alguna que otra vez le ocurrió a mi padre. Para lavar los platos en invierno, mi padre se confeccionó unos brazaletes con cinta elástica blanca, como si fuesen unos manguitos, que se ponía en los antebrazos para que no se le mojasen las mangas. En este caso, unió su pasión por como lo llamaba él, “el fregoterio”, con su ya conocido gusto por personalizar prendas y similares mediante aguja e hilo.
Le gustaba limpiar el polvo de toda la casa. Decía de broma:
“ ¡Voy a limpiar sólo lo que ve la suegra!”,
haciendo referencia de esta forma, a que iba a hacer una limpieza muy superficial sin profundidad. Sin embargo se tomaba su tiempo en limpiar el polvo. Y es que como a mi madre siempre le ha gustado mucho ventilar la casa para que se fuesen los olores, había que limpiar el polvo con regularidad. Mi padre nos decía que a mi madre, eso de ventilar tanto la casa, le venía ya de jovencita.
Mi padre nos contaba que cuando mi madre y él empezaron a ser novios, la primera vez que fue a la casa en la que vivía mi madre con sus padres y hermanas en Tarrasa, de la corriente que había sólo se oían los portazos al cerrarse de golpe las puertas por alguna ráfaga de viento fuerte. Ese mismo día mi padre se dio cuenta que “las corrientes” le acompañarían el resto de su vida. Y no estaba equivocado. Como decía mi padre cuando mi madre ventilaba: “En esta casa no nos apolillaremos”
Para limpiar el polvo mi padre iba pertrechado de gran variedad de utensilios para dejar la casa como “los chorros del oro”. Sus aliados eran unos plumeros de diferentes tamaños que le permitían acceder a todo tipo de rincones, unos trapos, y diversas cremas para nutrir los muebles de madera y los sillones de piel.
Cuando yo lo veía limpiar me venía a la memoria el anuncio del limpiamuebles “Pronto” de la marca Johnson que se publicitó en 1989 en televisión y cuyo slogan era: “Tú pasa el Pronto y yo el paño”.
En este conocido anuncio, dos mujeres se repartían el trabajo de sacarle brillo a una interminable mesa de madera de un gran despacho. Y, sin sangre, firmaban un pacto que duró años: “Tú el pronto y yo el paño”. Una, la menos afortunada, aplicaba el espray milagroso.
Pero el prodigio llegaba justo a continuación, cuando la otra, con una macro bayeta colocada a modo de babero gigante, se lanzaba sobre el interminable tablero y se deslizaba por él como si fuera un Superman con capa delantera, mientras sonaban unos acordes triunfales dignos de un campeón olímpico. Justo a tiempo para que llegasen un grupo de hombres trajeados al inmenso despacho y se deslumbrasen con el brillo de la noble madera. Presidiendo la mesa, al otro extremo, les esperaba sentada una mujer con una especie de túnica que los llamaba al orden: “¡Señores, seriedad, a trabajar! ” y daba la casualidad que esa mujer era la misma que había pasado el paño al vuelo. En el caso de mi padre, él era hombre y no mujer, y él pasaba tanto el Pronto como el paño. Mi padre era todo un “amito de su casa”.
Recuerdo que mi padre al limpiar los muebles y librerías de casa que tenían adornos, después recolocaba los adornos y figuritas en otras partes de la librería, como decía él, “para cambiar la decoración y que no fuese siempre igual”. Una de las partes de casa a las que más minuciosamente limpiaba el polvo eran las puertas. Al ser las puertas de madera y con muchas molduras, el polvo tendía a acumularse en la zona de las molduras. Entonces mi padre con una brochita, y mucha paciencia, iba dando pinceladas a su obra de arte, y el polvo se esfumaba como por arte de magia.
El planchar era otra de las labores de casa que a mi padre también le gustaba realizar. Especialmente planchaba en su época laboral cuando tenía que ir vestido con traje y camisa al trabajo. Teníamos en casa un centro de planchado que utilizaba a menudo y que le encantaba porque dejaba las prendas como si hubiesen salido directamente de una tintorería.
Al planchar mi padre dedicaba especial atención a las mangas de las camisas y a las perneras de los pantalones (o como los llamaba él “pantaleones”) con raya. Para las mangas se compró un “manguero”, que era una pequeña tabla de planchar específicamente diseñada para planchar las mangas y los puños de las camisas. Como las mangas eran lugares complicados de planchar, con el “manguero” mi padre conseguía un planchado sin ningún pliegue ni arruga.
Para las perneras de los pantalones con raya su mejor baza era su gran destreza para delinear, no sólo en papel y con lápiz, sino también en tejido y con plancha.
Mi madre mandaba algunas veces a mi padre a comprar al supermercado. Cuando mi padre volvía con el carro de la compra con los productos que había adquirido, siempre había alguno que no coincidía con lo que mi madre le había pedido, y mi padre no dudaba en volver al supermercado para cambiarlo. Durante la pandemia, mi hermana Irene se ofrecía y nos iba al supermercado a hacer la compra semanal a mis padres y a mi para evitar contagios. Mi padre elaboraba a mi hermana unas listas de la compra en las que dejaba ver su, tan característico, sentido del humor.
Mi padre cocinaba poco porque mi madre prefería cocinar ella ya que se quejaba que cuando mi padre cocinaba dejaba todo revuelto. Cuando en ocasiones puntuales se hacía con los mandos de la cocina, mi padre se preparaba unos buenos huevos fritos con patatas fritas, dicho sea de paso mi plato preferido desde pequeña. A él le gustaba hacerse los huevos fritos porque quería que le quedasen con la clara completamente cuajada, la yema perfectamente líquida y una preciosa puntilla a su alrededor.
Aprendió a hacer un plato que se llamaba “purrusalda” o “porrusalda” con bacalao. (o como la llamaba él, “purrusalfa”). Este plato era típico del País Vasco y su nombre significaba “caldo de puerro”. Es decir, era una sopa o guiso a base de puerro, que también llevaba patatas, ajos y dependiendo de sus variantes podía llevar zanahorias, cebollas o perejil. La porrusalda, en su versión más famosa, se hacía con bacalao. Este plato solía servirse como única comida, con abundantes patatas. A mi padre le gustaba prepararla con una consistencia más de guiso que de sopa. Fue mi hermana Patricia quien le enseñó a hacer ese guiso y mi padre tenía apuntaditos en unas hojitas arrancadas, todos los ingredientes y los pasos necesarios para su preparación.
Ese plato le quedaba muy bueno y nosotros se lo decíamos y él, ¡cómo siempre¡, sacaba a pasear su modestia verdadera, que no falsa modestia. De igual manera cuando mi madre, o yo, cocinábamos y a mi padre le gustaba mucho lo que le habíamos preparado, él decía :
“¡Un hurra por la cocinera! “ y a su vez aplaudía y los demás contestábamos :¡Hip, hip, hurra¡
Acabo con un chiste que mi padre siempre contaba y que está muy relacionado con este capítulo:
“Una señora le dice a un Señor: ¿a usted le gustan los niños? Y el Señor le contesta: Señora yo como de todo”












