El baile puede estar en tu mente, recordemos los pasos de tango que mi padre memorizó en su cabeza. El baile lo puedes admirar, recordemos una de las películas preferidas de mi padre, “La Milla Verde”, con el baile maravilloso de Fred Astaire y Ginger Rogers. Pero mi padre también experimentó la sensación de bailar con la costura. Sin moverse de una silla, su aguja llevaba al hilo y se entrelazaban sobre el tejido que cosía. Todo el rato juntos, movidos por las manos de mi padre, el hilo y la aguja sólo se separaban al final del baile. Sin moverse, mi padre bailaba.
El Gran Pakitín y su Costura
Mi padre, aparte de casero, era muy hacendoso. Siempre hacía sus quehaceres y menesteres de casa con mucha atención y dedicación. Cuando iba a hacer alguna tarea doméstica siempre decía en tono de humor: “voy a hacer las tareas propias de mi sexo y condición”. A veces canturreaba una cancioncilla, que no sé de dónde aprendió y, que decía:
“No queremos mujeres en casa
porque suben
porque bajan
porque ensucian toda la casa
Sa, sa, sa,”
Lo que no saben la mayoría de los que conocen a mi padre es que a él le encantaba coser. El mismo Parkinson que parecía desaparecer con su Meccano, con sus sellos y al dar cuerda a sus relojes, también desaparecía con la aguja y el hilo.
Me contaba mi padre que cree que esta afición le venía porque su madre, la abuela Teresa, tenía un cuarto de costura en la casa en la que vivían en Madrid en la calle Canarias 30. Supongo que aquel cuarto despertaría la curiosidad de mi padre a temprana edad. Me lo imagino entrando a ese cuarto, sin que su madre se diese cuenta, y teniendo sus primeros contactos con ese mundo tan desconocido para él y a la vez tan creativo.
Le gustaba ir a la mercería a comprar útiles de costura. Por cierto, que siempre se cuestionaba qué beneficio podría tener una mercería ya que los productos que vendían en ese tipo de tiendas eran de poco importe: alfileres, agujas, bobinas de hilo, dedales, imperdibles… Mi padre como siempre calculando todo lo que se podía calcular en esa mente de Ingeniero que nunca le abandonó.
En casa teníamos un costurero de tres pisos con mucho material de costura. Estaba colocado nada más abrir una de las puertas del armario empotrado del pasillo. Él, de vez en cuando, intentaba ordenar ese costurero, pero al poco tiempo estaba otra vez todo desorganizado. Como él solía decir:
“Si metes a oscuras la mano en ese costurero te arriesgas a perder un dedo o la mano entera”
Y es que las tijeras rondaban a sus anchas, al igual que los alfileres y agujas que estaban clavados en el acerico . Por eso mi padre, para poder desarrollar el arte de la costura, se había agenciado de un mini costurero, mucho más seguro que el grande que teníamos en casa, y con todo lo necesario para tal propósito. Se había agenciado de una máquina de coser. Se compró un huevo de madera para zurcir con más facilidad los calcetines. También poseía una taladradora para hacer agujeros, especialmente en sus cinturones. Si un cinturón se le quedaba grande porque había adelgazado, pues cogía la taladradora, hacía agujeros en la correa y problema solucionado.
Los bajos de los pantalones los cosía a mano y le quedaban muy bien. Siempre decía:
“¡Mirad qué obra de ingeniería he hecho con estos pantalones!”
A mi padre le gustaba llevar el largo los pantalones sólo de una forma. Para él, el largo de los pantalones tenía que cubrir el tacón por detrás cuando estaba de pie. Era muy maniático con esto porque no quería que al sentarse se le viesen mucho los calcetines. Siempre llevó esa medida para el largo de los pantalones y cuando digo siempre, es siempre….
Si se compraba unos pantalones y no estaba el largo a la altura que él consideraba adecuada, se llevaba los pantalones a casa y cortaba y cosía el doblado o sacaba el dobladillo y lo cosía. Estaba muy contento con unos pantalones que se había comprado en color gris y marrón hechos de tencel y a los cuales también había cogido el bajo. Y es que el tencel poseía unas características que hacían que mi padre se hubiese vuelto fan de ese tejido.
Era la fibra celulósica más respetuosa con el medio ambiente y se producía exclusivamente a partir de la pulpa de madera de árboles de eucalipto. Poseía una impresionante absorción ya que absorbía la humedad relativa en función de la temperatura de la piel con lo que aseguraba la comodidad de quien la vistiese . Era excepcionalmente suave y perfecto para las personas de piel sensible, como era el caso de mi padre. Las fibras mas largas de tencel daban una sensación sedosa que proporcionaba una caída impresionante a la prenda que la poseía. Se podía lavar a máquina y la tela hecha de fibras cortas de tencel era similar al algodón, pero ni se arrugaba ni se encogía ¡quién da más!
Cierto es que, cualquier ropa que tuviese que no le acababa de encajar, cogía hilo y aguja y empezaba su creación. Al coser inventaba. Si un pantalón de deporte llevaba el típico cordón en la cintura, cosa que no le gustaba ni un pelo, lo quitaba y cosía los extremos por donde salía el cordón y ya no había cordón. Recolocaba las cremalleras de los pantalones. Quitaba la capucha a alguna chaqueta porque no le gustaban para nada las capuchas.
Tenía unas zapatillas deportivas que a una del par le había quitado la lengüeta. Supongo que esa lengüeta le molestaría al caminar y decidió prescindir de ella. Comía con delantal negro para no mancharse la ropa al comer y como ese delantal no se le ajustaba del todo, cogió tijeras, hilo y aguja y cortó y cosió los tirantes y la lazada de la espalda. Mi hermano Nacho que vino de Francia a quedarse una temporada en casa después del fallecimiento de mi padre, se puso ese delantal para comer un día y dijo: “¡Qué le ha pasado a este delantal!”. Y es que claro, mi padre cosía a medida, a su medida.
Nada se interponía en su camino cuando se trataba de coser y “customizar” (él no hubiese utilizado esta palabra tan anglosajona).¡Llegó a coser unas tiras elásticas a las tiras de una mascarilla, para conseguir más holgura, porque decía que la mascarilla le apretaba! y eso que utilizó la mascarilla sólo un día como marcaban las normas de seguridad e higiene durante la pandemia del Covid19. Por cierto que mi padre llamaba “caretillas” a las mascarillas, una muestra más de su originalidad al expresarse.
Mi padre de vez en cuando padecía de vértigos por tema de cervicales. En ocasiones simplemente con aplicar calor en la zona era suficiente para. Para ello se colocaba en el cuello un saco térmico de semillas que le relajaba bastante el dolor. Sin embargo, dicho saco no se encajaba justamente a su cuello y a sus hombros. Así que, ni corto y ni perezoso, cogió aguja e hilo y apañó el saco a su conveniencia.
En otras ocasiones que los vértigos le daban más fuerte, entonces tenía que ir a un fisioterapeuta para que le diese masajes. Su “fisio” era José Luis O. y mi padre lo llamaba “JoséLuisito”. Mi padre confiaba mucho en él. En las sesiones de masajes hablaban de todo y mi padre, que normalmente iba con cierto miedo por si los estiramientos “le hacían ver las estrellas”, cuando llegaba a la consulta se relajaba enseguida. Mi padre bromeaba con él cuando le hacía los masajes y le decía: “¡Mira que si ahora me pongo a gritar como un descosido, la clientela se te va¡”. Cosido, descosido.
Acabo este capítulo con humor del de mi padre, y en especial con unos chistes de sus preferidos, muy “al hilo”, nunca mejor dicho, de la costura:
“Un hombre va a hacerse un traje a una sastrería de las que hacen trajes en una hora. Le toman las medidas y vuelve al rato a por el traje. Cuando el hombre se prueba el traje le dice al sastre: ¡Oiga, que esta manga me queda larga! Y el sastre le dice: ¡Pues alargue ese brazo¡. El hombre dice: ¡Que la pierna derecha me queda corta! Y el sastre le indica:¡Pues encájela! . Y el hombre sale de la sastrería con una pierna encogida, el brazo alargado y renqueando. En esto que lo ve uno por la calle y dice:¡Jodo, que tío más mal hecho y lo bien que le sienta el traje!”
“Un hombre va a una sastrería para encargar un traje. Cuando el hombre va a recoger el traje que había encargado, el sastre se lo entrega y el hombre observa que el traje tiene tres mangas y dice: ¡Si este traje tiene tres mangas¡ y el sastre le contesta:¡como usted no me indicó nada! ”.
















