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Los pulmones son los órganos centrales del sistema respiratorio y se encargan de tomar el oxígeno del aire y eliminar el dióxido de carbono de la sangre. Durante un día normal se estima que una persona puede respirar aproximadamente 25.000 veces. Respirando tantas veces al día cobra mucha importancia el hacerlo correctamente ya que así se inundan las células y el cerebro con la cantidad de oxígeno necesario para hacer eficientes todos los procesos del cuerpo.

Anatómicamente los pulmones están situados dentro del tórax, protegidos por las costillas, y se extienden a la izquierda y a la derecha del corazón. Debajo de ellos se encuentra el diafragma que separa la cavidad torácica de la cavidad abdominal. Una curiosidad es que el pulmón derecho es más grande que el izquierdo puesto que contiene un lóbulo más.

Emocionalmente los pulmones están relacionados con la tristeza, el estrés y la ansiedad. Y es que esas emociones afectan directamente a la respiración causando falta de aliento, hiperventilación o suspiros y, a su vez, los problemas pulmonares crónicos generan tristeza y ansiedad creándose de esta forma un círculo vicioso.

Se podría decir que el oxígeno es un gas que nos aporta energía mientras que el dióxido de carbono es un producto de desecho del organismo. La respiración podría asemejarse a tomar lo nuevo y dejar ir lo viejo haciendo una metáfora sobre la necesidad de cerrar ciclos y dejar espacio para el cambio y el crecimiento.

También la respiración está relacionada con nuestra libertad. Cuando no podemos respirar es porque en verdad nos cuesta dar el paso hacia nuestra libertad. Por el contrario cuando salimos de una situación de agobio hacemos una inspiración profunda porque hemos exhalado esta situación de nosotros y obtenemos nuestra libertad pudiendo inspirar plenamente.

Una prueba por la que pasan nuestros pulmones cada año es la de soplar las velas de la tarta por los cumpleaños. Nos colocamos delante de una deliciosa tarta, llenamos de aire nuestros pulmones y soplamos con todas nuestras fuerzas para apagar las velas cuidadosamente colocadas sobre la superficie del pastel.

La tradición de soplar velas se remonta a la antigua Grecia y Alemania donde se creía que el humo de las velas llevaba los deseos y oraciones a los dioses (Artemisa) o servía como «luz de la vida» para un año más. En aquel entonces se usaban pasteles redondos para simbolizar la luna y se realizaba un fuerte soplo para que el deseo se cumpliera y alejara el mal. En esta tradición, que nos acompaña hasta nuestros días, no sólo cobra significado el gesto de apagar la velas sino que también adquiere sentido el hecho de encenderlas porque incita a la reflexión.

Además, el acto de soplar las velas rodeado de familiares y amigos fortalece los lazos afectivos, crea recuerdos inolvidables y hace que cada cumpleaños sea verdaderamente especial.

Sus pulmones

Recuerdo que de pequeños en nuestra casa mis hermanos y yo celebrábamos los cumpleaños  austeramente. Invitábamos a un par de amiguitos y pasábamos la velada en casa bebiendo fanta de naranja o de limón, comiendo medias noches rellenas de chorizo, de salchichón o de jamón y queso y devorando gusanitos y patatas fritas.

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021

Como broche final a la celebración, mi madre siempre preparaba una tarta de bizcocho o bien de varias capas rellenas de mermelada y cubierta de almíbar o bien de varias capas rellenas de chocolate y cubierta también de chocolate. Sustituíamos las velas por cerillas porque como he dicho nuestros cumpleaños eran austeros y sencillos.

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021
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Miguelín no iba a ser menos y desde siempre ha celebrado como se merece sus cumpleaños

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Este pasado domingo, once de enero de 2026, Miguelín festejó sus diez años y nos reunimos la familia para celebrarlo todos juntos y disfrutar de un año más.

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021
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Fumar es uno de los malos hábitos que más daña a los pulmones. Antes de casarse mi padre fumaba muchísimo, alrededor de una cajetilla y media de tabaco por día,  hasta que se dió cuenta que no era una costumbre saludable y dejó de hacerlo.

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Así, sin más, de un día para a otro se convirtió en no fumador y no volvió a encender un cigarrillo en su vida. Era muy gracioso porque cuando mi padre se tomaba algún «grisin» o colín, como aperitivo, o durante la comida, se lo colocaba entre el dedo indice y el corazón de la mano como si fuera un cigarro o un puro fino y emulaba el gesto de fumar.

Mi madre, posteriormente, adoptó ese mal hábito que había abandonado mi padre. Ella en la actualidad sigue fumando aunque afirma que fuma muy poco y que además no se traga el humo. Yo creo que son las excusas que dan los fumadores para no dejarlo y que nadie se lo impida.

Mi hermana Patricia y mi hermana Irene cuando eran más jovencitas tuvieron una época de fumar, en el caso de mi hermana Patricia era más bien por motivos sociales. De todas formas, ambas lo dejaron al cabo de poco tiempo. Los que nunca hemos echado una calada hemos sido mi hermano Nacho y yo. Por lo que a mí respecta nunca me atrajo ese hábito y me resulta muy desagradable el olor a tabaco.

Por la parte de la familia de mi padre, su hermana Monicha, también fumaba

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Cuando mi madre y ella iban juntas caminando por la calle, una cogida a la otra, dejaban una estela de humo y de risas a su paso. Mi primo Mario, el hijo menor de Monicha, tuvo una temporada en la que le dió por fumar en pipa.  Es cierto que el humo de la pipa tenía un olor más embriagador que el del cigarrillo al uso, pero era mucho más laborioso prepararse una pipa que encenderse un pitillo. Y así, siempre estábamos expectantes cada vez que mi primo se preparaba la pipa

Y hablando de humo, mi padre nos contaba que cuando era pequeño existía la sana costumbre de llevar a los niños a las estaciones de trenes para respirar el vapor de las locomotoras y así tener unos pulmones sanos. Se creía que inhalar el azufre del carbón que movían las locomotoras abriría las vías respiratorias.

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Mi padre nos contaba que había toda una chavalería en las estaciones de trenes e incluso se llevaban a bebés envueltos en sus toquillas para respirar los beneficios de ese vapor milagroso. La gente llegaba a dar propina al maquinista para que parara la máquina y poder, de esta forma, respirar más vapor producido por la combustión del carbón.

En ocasiones, al echar más carbón, en vez de salir vapor salía de todo menos vapor. Eso llevaba a poner en duda si aquél ritual era beneficioso para la salud o más bien podría provocar daños, o perjuicios, colaterales.

En contraste a la inhalación de humo de carbón de las locomotoras, el Vicks VapoRub era un tratamiento empiricamente más contrastado. Lo utilizábamos en casa cuando nuestros constipados peligrosamente bajaban a los pulmones. Era una pomada medicinal tópica con mentol, alcanfor y eucalipto que aliviaba la congestión nasal y pulmonar así como la tos y los dolores musculares asociados al resfriado y a la gripe.

Podía aplicarse en el pecho, el cuello o la espalda y también podía inhalarse al disolverse en agua caliente. Inigualable era su olor ya que, tanto lo odiases como lo ameses, cuando alguien abría un envase de ese fármaco se reconocía al instante.

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Inolvidable era el anuncio televisivo de principios de los años noventa de esta pomada. En él aparecía una niña tumbada en la cama con un buen trancazo y le decía a su madre con voz tomada: «¡Mamá, mamá! mañana no podré bailar, me cuesta respirar» entonces la madre empezaba a extenderle ese ungüento por el pecho, la espalda y el cuello y al instante la niña quedaba aliviada y lista para dormir a pierna suelta.

Cuentan que ese bálsamo nació de la desesperación de un boticario de pueblo, Lunsford Richardson,  cuando una noche de 1890 en Carolina del Norte, su hijo no paraba de toser y ningún jarabe le hacía efecto. Decidido a encontrar una cura para su hijo se encerró en su pequeño laboratorio y allí mezcló todo lo que tenía a su alcance: alcanfor, mentol y eucalipto. Buscaba aire. Buscaba paz. Buscaba libertad.

Lo que encontró fue un ungüento espeso que, al frotarlo en el pecho, devolvía el aliento y el descanso. Lo llamó “Vicks Croup and Pneumonia Salve” en honor a su cuñado, el doctor Vick, a quién ayudaba a preparar las medicinas que este recetaba. Posteriormente el mundo conocería ese bálsamo como «Vicks Vaporub».

Pero no sólo los seres humanos tenemos pulmones, también las ciudades tienen pulmones. Y así los jardines y parques son llamados «los pulmones de la ciudad» porque purifican el aire al absorber dióxido de carbono y liberar oxígeno mediante la fotosíntesis. Combaten de esta forma la contaminación, reducen la temperatura urbana y además ofrecen espacios vitales para el bienestar físico y mental. Cuando íbamos con mi padre a un jardín, a un parque o a una zona con árboles siempre nos decía:

«Respirad profundo y coged aire puro»

Y así lo hacíamos.

En Madrid íbamos a El Retiro que es uno de los pulmones de Madrid y el parque más importante de la capital.  Es un gran espacio verde de 118 hectáreas en pleno centro de Madrid frecuentado tanto por madrileños como por turistas.

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Este gran parque urbano se construyó a mediados del siglo XVII para el disfrute del rey Felipe IV. Aunque fue parcialmente destruido durante la Guerra de Independencia, posteriormente recuperó todo su encanto y elegancia y se convirtió en un parque para el pueblo y la realeza.

Tiene infinidad de jardines con árboles muy longevos. Así, en su jardín Parterre Francés hay un ahuehuete, el árbol más antiguo de Madrid, que se dice podría tener alrededor de 400 años. Desde el 25 de julio de 2021, El Retiro es reconocido, junto al Paseo del Prado, como Patrimonio Mundial de la UNESCO.

Recuerdo que mis padres, o mis tías, nos llevaban a El Retiro a mis hermanos y a mi para respirar aire puro y jugar en plena naturaleza.

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Cuando vivíamos en Tarrasa acudíamos al Parque Vallparadis que era el parque central de la ciudad y su pulmón. Tenía una longitud de 3,5km con de más de 395.000 m2 de espacio verde y atravesaba la ciudad de norte a sur. Estaba lleno de fuentes naturales y ofrecía una gran diversidad de fauna y flora y árboles centenarios.

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Uno de los rasgos más característicos del parque era su piscina de más de 4.000 m².

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A mitad del siglo XX el parque de Vallparadís fue declarado Monumento Histórico Artístico por el Gobierno del Estado.

Otros jardines a los que solíamos ir más a menudo en Tarrasa eran los Jardines de la Casa Alegre de Sagrera.

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Dichos jardines se encontraban en la parte trasera de la Casa Museo Alegre de Sagrera, en la calle de la Font Vella, núm. 29, en el centro de la ciudad y muy cerca de la Calle Mayor donde vivíamos nosotros. Mi padre nos llevaba allí, a mis hermanos y a mi, para que estirásemos las piernas y respirásemos aire puro.

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Un pequeño estanque, una gruta con cascada y una pérgola vegetal, completaban el conjunto de los jardines de la Casa Alegre de Sagrera. El acceso al jardín era una puerta de hierro forjado, con decoración de guirnaldas y rosas, que separaba la Casa Museo Alegre del jardín. Nadie podría imaginar tal oasis al atravesar dicho portón y menos aún que estuviese en medio de la ciudad.

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Sin embargo, en Valldoreix nuestros pulmones se recargaron al 100% de oxígeno. Es  una localidad situada en un entorno natural excepcional que disfruta de la tranquilidad y la montaña a la vez que se encuentra muy cerca de Barcelona y a escasos minutos del centro de Sant Cugat.

Básicamente la forman casas unifamiliares y fue en una de esas casas donde mi familia y yo veraneamos varios años a finales de los años ochenta. La casa que alquilamos, más que una casa familiar, podría decirse que era una finca. En esos veraneos nos acompañaban mis tías Lola, Emilia y Esperanza, las hermanas de mi madre, y la abuelita Esperanza, la madre de mi madre.

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Y es que la finca tenía dos casas independientes, una en la parte de arriba y otra en la parte de abajo. Nosotros vivíamos en la parte de arriba y mis tías y mi abuela en la parte de abajo.

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E incluso teníamos piscina

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La finca estaba rodeada por una enorme parcela de bosque de único disfrute para nosotros en la que te podías encontrar ardillas, conejos de bosque y otras especies de roedores que por allí habitaban.

El primer verano que fuimos la parcela estaba totalmente descuidada. Mis tías, mis padres, mis hermanos y yo, con pico, pala y rastrillos estuvimos quitando arbustos secos y hierbajos y nivelando la tierra. Con mucho sudor y esfuerzo dejamos ese terreno cuidado y despejado.

En esa parcela de bosque había una pequeña cabaña hecha de troncos a la que mis hermanos y yo íbamos cuando nos enfadábamos o queríamos estar solos. Allí, alrededor de esa cabaña yo intentaba cazar pájaros mediante trampas de comida ideadas para que los pajarillos cayesen en ellas. Iba también provista de un saco de patatas por si veía algún pájaro y lo podía atrapar con el saco. Cuando mi padre me veía de esa guisa decía de broma:

«¡Ahí va la loca del saco!»

Menuda ingenuidad la mía el pensar que de esa manera iba a poder atrapar algún pájaro.

Por las tardes, cuando el sol bajaba, nos íbamos de excursión por los alrededores de la finca.

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A esas excursiones solíamos ir mis tías, Emilia y Esperanza, y mis hermanos y yo. Mi padre fue en alguna ocasión pero no era lo suyo. Volvía lleno de arañazos, picado por los mosquitos y deshidratado. Mi padre era más urbano que de campo.

Íbamos a coger del suelo del bosque la ramas secas y la piñas secas que caían de los pinos y que utilizábamos para encender una barbacoa que teníamos en la finca. Si las piñas que cogíamos eran de pinos piñoneros, entonces sacábamos los piñones de su interior y los usábamos para hacer algún postre.

También cogíamos moras de las zarzamoras y hacíamos mermelada con ellas. Yo aprovechaba para coger caracoles y meterlos en una caja de cartón de zapatos y llevármelos a casa para darles de comer y cuidarlos. En esa caja de cartón hacía agujeros en la tapa porque esos gasterópodos, por pequeños que sean, respiran y lo hacen por el único pulmón que tienen.