Hay un órgano silencioso y discreto que trabaja cada día para mantener nuestro cuerpo en equilibrio. Es un gran desconocido pero su importancia es vital para nuestro organismo porque produce jugos con enzimas que ayudan a digerir los alimentos y, a su vez, secreta hormonas, como la insulina y el glucagón, que regulan los niveles de azúcar en la sangre. Se puede vivir sin él pero la vida se complica si no está. Ese misterioso «mago» se llama páncreas.
El páncreas es una glándula del sistema digestivo y endocrino. Es alargado, pesa unos 200 gramos y mide unos 20 centímetros. Se encuentra localizado en la parte superior de la cavidad abdominal, detrás del estómago e intestino. Está íntimamente relacionado con el hígado y las vías biliares además de otros órganos no implicados en la digestión. Aunque la anatomía del páncreas se conocía desde la antigüedad, su función fisiológica no se comprendió completamente hasta mucho después.
Etimológicamente la palabra páncreas proviene del griego antiguo y se compone de de pan, que significa «todo», y kreas , que significa «carne». Su nombre probablemente se deba a su apariencia carnosa y homogénea.
El páncreas además está relacionado directamente con las emociones. Cuando nos sentimos bien el páncreas lo agradece, sin embargo si tenemos sentimientos negativos el páncreas lo padece. Si lo perdemos, las emociones se descontrolan porque se priva al organismo de la insulina que es la hormona que regula la dulzura de nuestro ser.
Sus páncreas
Mi padre luchó literalmente por su vida cuando el 28 de marzo de 2017 se sometió a una duodenopancreatectomía. Es decir, le quitaron el páncreas, parte del duodeno y la vesícula y él añadía de broma:
“¡Y sabe Dios cuántas cosas más me habrán quitado!”
Fue intervenido por el Dr. Esarte que, literalmente, le salvó la vida. Ese doctor era una eminencia en el campo que operó a mi padre y, sobre todo, tenía una extraordinaria calidad humana. Entre los dos hubo una gran conexión desde el principio. Desde entonces entre mi padre y ese médico se creó un vínculo muy especial, aquél que se crea entre salvador y salvado.
Le operaron en La Clínica Montpellier de Zaragoza. Era una operación muy complicada y con altos índices de mortalidad postoperatoria. Después de una operación de casi siete horas de duración, le llevaron a la UCI. Allí estuvo tres días y después lo trasladaron a planta para su recuperación. Durante su estancia en planta tuvo episodios de empeoramiento y le tuvieron que ingresar de nuevo varias veces en la UCI. Finalmente, el 21 de abril de 2017, tres semanas después de la operación, mi padre recibió el alta en el hospital.
Ese día se convirtió, para mi padre y para todos nosotros, en su nueva fecha de nacimiento. A partir de entonces empezaba una nueva vida para él y para los que le rodeaban.
Su nieto Miguelín era consciente de lo que le había pasado a pesar de su corta edad. Utilizando sus dotes artísticas dibujó un páncreas en el colegio y nos dijo que el abu Pakitin no tenía ese órgano ya que se lo quitaron
“porque se le puso de color oscuro”
Solía comprar dicha medicación en una farmacia que hay en la calle Gran Vía y que le atendía Asun, una facultativa muy maja y amable. Él tenía que tomar alrededor de diez cápsulas diarias de ese medicamento pero las farmacias recibían pocas unidades de ese fármaco por una problemática que había con los laboratorios. Sin embargo, Asun siempre se las apañaba para conseguirle a mi padre un par de botes.
También le prescribieron Pankreoflat, un medicamento que aliviaba las alteraciones digestivas, la aerofagia o las flatulencias por digestiones pesadas a causa de la insuficiencia de enzimas.
Pero lo más notable es que a raíz de extirparle el páncreas se convirtió en insulinodependiente. Adquirió esta condición porque a las personas que se les extrae ese órgano por completo se les deja sin células de los islotes que son las productoras de insulina y otras hormonas que ayudan a mantener seguros los niveles de azúcar en la sangre. El mundo de la diabetes, mi padre de broma la llamaba «diabetis», era un mundo desconocido para nosotros.
Para empezar tuvo que dejar de ser donante de sangre. Siempre colaboró en esta causa hasta que esa enfermedad, y alguna que otra patología más que tenía en su sangre, hicieron que tuviese que abandonar ese gesto tan solidario que realizó gran parte de su vida.
No sabíamos nada de esta enfermedad pero tuvimos que saber sobre ella de golpe y sin anestesia. Tuvimos que ir rápido en el aprendizaje ya que en cuestión de minutos había que tomar decisiones, literalmente, de vida o muerte.
Nuestros inicios fueron a base de prueba error pero a medida que íbamos aprendiendo íbamos adquiriendo una sensación de control y de cierta seguridad lo que disminuía nuestros miedos e incertidumbre y aumentaba nuestra motivación para los cuidados. Así yo fui nombrada por mi padre su enfermera jefe y mi hermana Irene ostentó el cargo de su enfermera de guardia.
Para medirse la concentración de azúcar en sangre, realizaba siempre el mismo proceso. Primero se pinchaba con una lanceta en la yema de un dedo de la mano para obtener una gota de sangre. A continuación introducía una tira reactiva en el glucómetro, un dispositivo que mide la concentración de glucosa en sangre, y finalmente se depositaba esa gota de sangre en la tira reactiva para someterla a la lectura del glucómetro. Si mi padre estaba muy nervioso para hacerse la medición, o si el temblor del Parkinson le impedía hacerse la toma, ahí estábamos la enfermera jefe o la enfermera de guardia para realizar dicho procedimiento.
Mi padre solía bromear y decir que tenía las yemas de los dedos de las manos como acericos de tantos pinchazos que llevaba por los controles de glucemia. Tenía que hacerse una media de 8 controles diarios. Muchas veces me exclamaba:
“¡no me pinches tú, que son mis dedos¡»
Cuando tenía el resultado de su medición decía los valores en alto para que todos los escuchásemos y comentábamos jocosamente que parecía que estaba cantando bingo.
Utilizaba dos tipos de insulina, la insulina lenta y la insulina rápida, para regular sus niveles de azúcar en sangre. La insulina lenta, o basal, se la inyectaba una vez al día y su función era la de mantener el cuerpo con unas glucosas estables a través de una secreción mínima continua de esa hormona. El principal beneficio que tenía este tipo de insulina era que permitía una libertad de horarios en el plan de alimentación de mi padre y, en el caso que no ingiriese alimentos, seguía manteniéndose en equilibro sin hiperglucemias (subidas de azúcar) ni hipoglucemias (bajadas de azúcar).
La insulina rápida se la pinchaba antes de las comidas y su dosis variaba en función de los alimentos que iba a ingerir y el índice glucémico de los mismos.
Este tipo de insulina además servía para corregir las hiperglucemias. La insulina rápida que utilizaba se llamaba Humalog Junior Kwikpen y se presentaba en formato de pluma que permitía ajustar la dosis de insulina en incrementos de media unidad. A mi padre le encantaba la posibilidad que ofrecía dicha pluma de hacer un ajuste tan preciso e incluso afirmaba que estaría aún mejor una pluma que regulase la dosis en incrementos de ¼ unidad.
Debía inyectarse insulina rápida una media de 7 veces al día. Solía pincharse en el bíceps o en la tripa aunque a veces también le pinchaba yo cuando sus niveles del azúcar eran excesivamente bajos o alarmantemente elevados. Poco a poco íbamos controlando mejor sus valores glucémicos. Recuerdo que mi padre empleaba el plural mayestático cuándo dábamos con la dosis adecuada al inyectarle la insulina y entonces exclamaba:
“Moniquilla, ¡vamos cogiéndole el truquillo a esto de la insulina ¿verdad?!”
Sin embargo, cuando nos quedábamos cortos (o largos) en la dosis, me decía:
“Moniquilla, deberías haber puesto más (o menos)”
Yo me reía para mis adentros por la forma tan guasona que tenía de atribuirse los méritos cuando la dosis era la correcta y de lavarse las manos, como Poncio Pilatos, cuando la dosis no era la acertada.
Las plumas de insulina debían conservarse en el refrigerador. Tenía un cajetín en la nevera reservado para las plumas de insulina rápida y las plumas de insulina lenta el cual mi padre había debidamente etiquetado para evitar riesgos innecesarios.
Antes de hacerse el control glucémico e inyectarse la insulina, era imprescindible que la zona del cuerpo a pinchar estuviese correctamente desinfectada. Para ello se aplicaba un poco de alcohol en la piel
«para cumplir con los estándares sanitarios”
como afirmaba él. Tenía un estuche grande con dos compartimentos, uno para el alcohol y el algodón
A través de la asociación quiso obtener informacion acerca de un medidor de azúcar que no requería pinchazos y que se había lanzado recientemente. Era un medidor no invasivo capaz de monitorizar los niveles de glucosa en sangre, en cualquier momento, a través de un simple escaneado. El medidor constaba de un discreto sensor que se colocaba adherido a la piel para medir automáticamente, y almacenar de forma continua, las lecturas de glucosa de todo el día. Además escaneaba dichas lecturas para que a través de los datos recopilados se pudiese comprobar la evolución glucémica diaria.
Pero en 2019 Sanidad sólo financiaba con este medidor a los niños diabéticos y, al aparecer la pandemia del Covid19 un año después, mi padre ya se desentendió un poco del tema.
Acostumbraba a aceptar con bastante conformismo las subidas y bajadas de azúcar y cuando le preguntábamos qué tal se encontraba, él siempre relativizaba y decía:
“estoy bien, no pasa nada. Es el curso normal de esta enfermedad”
Sin embargo era evidente que su nivel de glucosa en sangre jugaba un papel muy importante en la manera en que se sentía tanto física como mentalmente. Cualquiera con niveles de azúcar en sangre «normales» o «en rango» puede experimentar cambios de humor, depresión y ansiedad. Sin embargo, las personas con diabetes se enfrentan a un conjunto adicional de variables que pueden afectar al estado de ánimo, tanto hora a hora como a largo plazo en el transcurso de meses e incluso años.
Cuando sus niveles de glucosa eran bajos sufría fuertes cambios de humor. Si había una temporada que experimentaba niveles bajos con frecuencia se sentía aterrorizado, abrumado y lleno de ansiedad. Ese estado se agudizaba si no ajustábamos bien la dosis de insulina a las necesidades de su cuerpo. Entonces se preocupaba por el próximo valor bajo y sentía frustración porque tenía miedo de las actividades que podrían causarle hipoglucemias.
Dependiendo de lo que estaba haciendo cuando se presentaba una hipoglucemia, podía sentir enojo, frustración, irritabilidad, tristeza, miedo, cansancio, confusión e incluso depresión. De hecho los síntomas de niveles bajos de azúcar en sangre se pueden confundir fácilmente con un ataque de pánico.
Para tratar un episodio de hipoglucemia tomaba carbohidratos de absorción rápida y urtilizábamos lo que se conocía como “regla del 15”, 15 gramos de hidratos de carbono y esperar 15 minutos para reevaluar la situación. Si la bajada era evidente mi padre siempre llevaba con él unos sobrecitos de azúcar, que guardaba en un bote y a los que llamaba «azucarillos», para tomarlos rápidamente.
El glucagón en principio era un arma de prevención por si había que tratar una hipoglucemia grave o severa. Este tipo de hipoglucemias son aquellas en las que la persona diabética no puede consumir azúcar por vía oral debido a que han perdido el conocimiento y no pueden tragar alimentos. Gracias a Dios nunca tuvimos que recurrir a él.
La forma en que los niveles elevados de glucosa en sangre afectaban a su estado de ánimo era mucho más sutil o disimulada que con los niveles bajos. Esto es debido a que no venían acompañados de esa repentina sensación de emergencia o pánico porque no era una amenaza inmediata para la vida como suponen las hipoglucemias. Podía sentir irritabilidad, mal humor, enojo, cansancio, apatía y también depresión. Si bien el nivel elevado de azúcar en sangre le aumentaba lentamente, los síntomas de frustración o enojo aún los percibía muy repentinos, lo que también le llleva a tener cambios bruscos de humor.
Mi padre superó todas las dificultades que le planteó esta prueba de vida. Nadie dijo que fuese fácil pero la supervivencia nunca lo es. Gracias a su empuje, y al nuestro, hicimos frente a la adversidad. Y eso es lo que debe hacer toda familia, estar siempre unidos en cualquier situación.

















