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La garganta es una estructura muscular y tubular compleja que conecta la boca y la nariz con el esófago y la laringe. Sus funciones principales incluyen la conducción de aire hacia los pulmones, el paso de alimentos al sistema digestivo, la producción de la voz y la protección contra infecciones mediante el sistema inmune

Por la garganta pasan también vasos sanguíneos importantes, como la arteria carótida, que lleva la sangre oxigenada al cerebro y la vena yugular que, al contrario, transporta la sangre pobre de oxígeno hacia la vena cava. Estos dos vasos son esenciales para la vida del organismo ya que nutren el cerebro. Y ese es el motivo por el cual la garganta es uno de los puntos más vulnerables en los animales y en el hombre.

Diferentes y numerosas son las enfermedades que afectan a la garganta. Entre las patologías que afectan a la laringe está la difteria que antes podía ser letal pero que en la actualidad ha sido prácticamente erradicada. Menos graves son la laringitis y la faringitis, pudiendo la primera provocar estados de afonía. Pero la más grave de las enfermedades es el cáncer, que puede afectar fácilmente la laringe sobre todo en grandes fumadores o bebedores.

Más allá del plano físico, la garganta también tiene un plano emocional. Una persona preocupada no traga de la misma forma que una relajada porque los músculos de la garganta pueden tensarse más o menos. Además la ansiedad y el estrés provocan lo que se llama «nudo en la garganta» que es esa sensación persistente de tener un bulto, nudo o cuerpo extraño en la garganta, pero sin dolor ni dificultad real para tragar.

Sus gargantas

En su época laboral, especialmente trabajando en la Delegación de Hacienda de Zaragoza, todas las noches y antes de irse a dormir, mi padre se preparaba la ropa que iba a llevar al día siguiente. Me solía pedir consejo para combinar camisa, corbata y traje.

En las corbatas le gustaba hacerse el “nudo Windsor”. Este tipo de nudo recibía ese nombre por el rey Eduardo VIII, después conocido como duque de Windsor, que lo popularizó entre la sociedad británica. Era un nudo grueso. Un triángulo invertido sólido, simétrico y estable, que mi padre ahuecaba para darle el máximo de volumen.

Muchas veces mi padre nos decía que sus compañeros de Hacienda le comentaban:

“¡Cómo se nota que tienes hijas jóvenes!”

y mi padre se llenaba de orgullo al escuchar ese tipo de observaciones, no sólo porque esas palabras significasen que fuese bien vestido sino también porque iba vestido bajo el asesoramiento de sus hijas.

Un accesorio que mi padre utilizó en los últimos tiempos, y que sustituía a las corbatas, fueron las “pajaritas”. Las tenía de diversos colores y le daban un toque muy original y entrañable.

Todo cambió el 17 de Mayo de 2021

Si a mis hermanos o a mi nos veía comiendo mucho, mi padre nos decía:

¡Parecéis unos tragaldabas¡”

y su nieto Miguelín tampoco se salvaba de esta comparación.

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Nosotros nos reíamos cuando nos llamaba tragaldabas. Él nos contaba que esa palabra era un vocablo que venía del Siglo de Oro (XVI y XVII) y que se empleaba como sinónimo de persona tragona o con un hambre descomunal. Dicha palabra nacía de juntar los términos tragar , es decir acción de ingerir un alimento o líquido, y aldaba , una pieza de hierro de gran tamaño colocada en las puertas y que servía para llamar golpeando con ella. El ingenio de los literatos del Siglo de Oro creó este curioso palabro con la clara intención de señalar el hambre, o buen apetito, que tenía alguien y como clara alusión de que se comería hasta las puertas.

Y mi padre tenía razón porque a veces comíamos demasiado y teníamos malas digestiones o ardores de estómago.

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Para solucionar los posibles empachos en mi casa tuvimos durante bastante tiempo las sales de frutas Eno. Recuerdo que utilizábamos las de sabor a naranja.

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Esas sales  eran un medicamento efervescente diseñado para el alivio rápido de la acidez, ardor de estómago y pesadez y además funcionaban en pocos segundos. Se debían disolver en un vaso con agua y esperar a que cesase la efervescencia para entonces beberlas. En una ocasión mi hermano Nacho, que es un despiste andante, se tomó esas sales después de una comilona,

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pero se saltó el paso de disolverlas en un vaso de agua con lo cual se tomó el polvo efervescente directamente. No sólo no mejoró su digestión sino que se pasó todo un día regurgitando puesto que, repentinamente, se liberó gas en su garganta, en su esófago y en su estómago. Gracias a Dios, aparte de los eructos y el mal estar, todo quedó en una anécdota.

Hay veces que no por despiste, sino por pequeños descuidos, se pueden tragar cosas que no se deben. Cuando mi hermana Patricia era muy pequeña no paraba quieta y todo tenía que tocarlo.

En una ocasión mis padres habían utilizado un bote de mercromina y lo dejaron en un lugar inalcanzable para mi hermana. Pero ella no paró hasta coger el bote e ingerir parte de su contenido. Hay que recordar que hasta mediados de los 80 la mercromina fue el antiséptico de las curas caseras de nuestras heridas y era un imprescindible de los botiquines. No extrañaba ver auténticos manchurrones rojos en los codos y rodillas de lo más pequeños.

Hoy en día muchos ya ni se acuerdan de ella y casi ya ha desaparecido. Su ingesta es peligrosa porque contiene mercurio y puede provocar una intoxicación severa ya que el compuesto puede ser absorbido por el tracto gastrointestinal. Mis padres llevaron enseguida a mi hermana al hospital y la historia quedó en un sustillo. Se puede decir que la mercromina roja tiñó la infancia de varias generaciones y más aún la de mi hermana Patricia.

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Uno de los temores que tenía mi padre era que cuando estábamos comiendo pescado nos tragásemos alguna espina. Siempre nos decía que tuviésemos cuidado y que no hablásemos mientras lo comíamos. Estando de vacaciones mi hermana Irene y yo en el Puerto de Santa María (Cádiz), una noche mi hermana Irene comiendo pescado se tragó una espina y se puso muy nerviosa. No paraba de comer miga de pan y beber agua para que la espina no se atorarse en la garganta. Por suerte la espina fue digerida sin problema.

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Pero es cierto, como decía mi padre, que hay que tener cuidado con las espinas de pescado ya que suelen quedarse clavadas en las amígdalas, en la faringe o incluso en el esófago. El fenómeno es especialmente frecuente en países asiáticos donde la dieta suele incluir mucho pescado. Incluso en China han llegado a abrirse clínicas especializadas en retirar espinas de la garganta.

A mi padre de pequeño le quitaron la amígdalas. Situadas a cada lado de la faringe, las amigdalas a veces se inflaman y se infectan produciendo dolor y fiebre. En la época en que mi padre era pequeño se tenía la costumbre que a los niños les extirpasen las amígdalas sobre todo a aquéllos que padecían anginas de forma recurrente.

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La extracción de las amígdalas se solía llevar a cabo sin anestesia y sin los padres. Sin embargo, ahora se sabe que las amigdalas son muy importantes ya que forman parte del sistema productor de defensas del organismo para combatir las infecciones respiratorias de las vías altas y, por lo tanto, sólo se extirpan en contadas ocasiones.

Creo que debido a que le quitaron las amígdalas, mi padre padecía de afonía habitualmente. Esa afonía se agravaba cuando daba clases ya que tenía que estar un rato hablando y además en esas ocasiones alzaba más la voz.

Hace un tiempo mi padre impartía clases a alumnos que se preparaban para las oposiciones del cuerpo de Técnicos de Hacienda y del cuerpo de Inspectores de Hacienda del Estado. Esas clases las daba en la “Academia Anade” que estaba situada en la calle Francisco Vitoria de Zaragoza y estaba especializada en la preparación de ese tipo de oposiciones.

Esa academia se involucraba personalmente en la preparación de los alumnos intentando satisfacer las necesidades de cada uno de ellos. Las clases eran colectivas  pero eso no impedía que existiese un trato personalizado y una atención particularizada para cada opositor. Y fue mi padre quien introdujo a mi hermana Patricia en la “Academia Anade” para que ella también impartiera clases. La mayoría de sus profesores eran Inspectores de Hacienda del Estado en activo. A mi padre le atrajo mucho ese proyecto docente y no dudó en unirse a él.

A veces también mi padre daba clases particulares en casa, Recuerdo que era gracioso porque algunas veces venía algún estudiante a casa para que mi padre le tomase la lección y nos decía:

» Ahora viene un alumno a cantarme un tema»

y mis hermanos y yo pensábamos que realmente iban a cantar.

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En los últimos años, y antes de la pandemia, se ofreció voluntario en la Iglesia del Carmen de Zaragoza para dar clases a mujeres inmigrantes que necesitaban obtener el título de bachillerato.

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Iba dos veces a la semana con su maletín, en el que llevaba sus apuntes y mucha ilusión por enseñar. Quería dar clases a esas mujeres, que por dificultades en su vida, no habían podido sacarse ese grado de estudios. Quería compartir con ellas su conocimiento. En principio, la clase era de sólo tres personas pero enseguida se corrió la voz de que había un buen profesor y aumentó el número de asistentes a sus clases. Tenía tanta dedicación que había anotado en un  esquema las necesidades de cada alumna para poder atenderlas individualmente.

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Mi padre tenía varios remedios para mejorar su afonía. Al que más recurría y tenía más fé era hacer gárgaras de bicarbonato. Aquello era una serenata, un concierto de ruidos y gorgoteos difícil de ignorar. De hecho hacer gárgaras no era de lo que mejor se le daba a mi padre. Aparte de los ruidos, llenaba de gotas el suelo del lavabo y entonces yo le cantaba bromeando la canción de la serie de dibujos animados “Alfred J. Kwak” (1989). Estos dibujos narraban las aventuras de un pato llamado Alfred J. Kwak que fue criado por un topo llamado Henk. El estribillo de la canción, el cual cantaba yo a mi padre, decía:

“Salpica, chapotea, feliz en el agua no esperes que salga….sólo habrá gotitas»

Recuerdo que cuando mis hermanos y yo éramos pequeños mi padre también intentaba aliviar su afonía tomando pastillas para la garganta. Habían unas que se llamaban Hibitane y que tenían sabor a anís. Mi hermana Irene, cuando no le veía mi padre, cogía el tubo de pastillas y se tomaba las que podía. A mí hermana le encantaban su sabor.

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Otras pastillas que también utilizaba mi padre para suavizar su ronquera eran las emblemáticas Juanolas.  Eran unas píldora diminutas para chupar. Tenían forma de rombo y eran de color negro. Ahora las hay de muchos sabores, pero en sus inicios los ingredientes con las que estaban elaboradas eran el regaliz, el mentol, el eucalipto y otros aceites esenciales que las otorgaban un sabor inconfundible.

En el siglo XX en Barcelona, y en una época en la que los boticarios preparaban sus fórmulas en su propio establecimiento, el farmacéutico Manuel Juanola Reixach, lanzó a comercializar las pastillas Juanola que alcanzaron mucha fama en su tiempo y aún dura.

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Un medicamento de farmacia que mi padre también utilizaba para su afonía era el Anginovag, un spray bucal diseñado para aliviar molestias leves de garganta, como dolor, irritación y picor, sin fiebre. Ciertamente era mano de santo aunque hay que decir que la primera pulverización era tan potente que hasta se te ponían los ojos llorosos al rociar la garganta con el contenido que salía de la boquilla del bote.

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La hermana de mi padre, Monicha, tenía una voz preciosa. Mi padre decía que ella cantaba haciendo «gorgoritos». Monicha cantó en varios coros. Uno de los primeros coros de los que formó parte fue el de la iglesia de San Manuel y San Benito. Esta iglesia estaba situada en la calle de Alcalá, frente al parque del Retiro de Madrid.

En ese coro cantaban varios jóvenes, entre ellos Miguel Ángel Villoria, al que su hermano, José Mario Villoria, acompañaba y de paso se quedaba a escuchar los cantos. De tanto ir al coro, José Mario se fijó en aquella preciosa joven cantarina, Monicha. Desde entonces la pareja fue inseparable. Se casaron el 23 de septiembre de 1966,

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y tuvieron dos hijos, Jesús y Mario, que también destacaron por sus maravillosas voces aunque fue Mario el que se ha dedicado profesionalmente al canto.

Mario estudió la carrera de derecho pero muy pronto se sintió atraído por el mundo del teatro, o como mi padre lo llamaba “el mundo de la farándula “, y se rindió a sus pies. Estudió canto y violonchelo en el Conservatorio de Pozuelo de Alarcón y en el Conservatorio Profesional de Música “Teresa Berganza” de Madrid. Continuó sus estudios con Linda Mirabal y en el Royal Northern College of Music de Manchester (Inglaterra) con Barbara Robotham, donde obtuvo premio fin de carrera.

Completó su formación en la Escuela Superior de Música Reina Sofía en la Cátedra de Canto “Alfredo Kraus”. Ha colaborado, en óperas, oratorios y recitales, con orquestas muy famosas bajo la batuta de directores de renombre. Ha participado en varias temporadas de ópera del Teatro Real de Madrid y de otros teatros y auditorios de la geografía española.

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Fue coautor en 2012, junto con Lucía Díaz Marroquín, del libro «La práctica del canto según Manuel García: ejercicios y arias de ópera del Tratado completo del arte del canto».

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Incluso intervino en los ciclos “Clásicos en Ruta” de la AIE y “Solistas del Siglo XXI” de Radio Nacional de España, Radio Clásica.  En la actualidad es barítono en el Teatro de la Zarzuela de Madrid.

Otro barítono que se cruzó en la vida de mi padre, pero no por consaguinidad sino por casualidad, fue Luis Sagi-Vela. Ese barítono fue considerado como uno de los mejores cantantes de zarzuela y ópera del siglo XX.

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Además era el padre de José Luis Sagi-Vela, un famoso jugador de baloncesto. Mi padre me contó que su afición por el billar le unió a José Luis Sagi-Vela ya que ambos coincidían en los mismos lugares en los que deslizaban los tacos con los que golpeaban esas bolas tan coloridas y brillantes que caracterizan a ese juego.

José Luis Sagi-Vela era de la quinta de mi padre, pero bastante más alto que él, medía 1.90, y pronto fue fichado por el Club Estudiantes de baloncesto. En ese Club desarrolló casi toda su vida profesional y se convirtió en el mejor alero de España durante los años 60 y 70.

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Mi padre recordaba que era un tipo genial y lamentaba enormemente la temprana muerte del jugador, a la edad de 44 años, víctima de un cáncer. Mi padre, en  sus últimos días de vida en el hospital, entonó con emoción alguna de las canciones de Luis Sagi-Vela. Yo no sabía que mi padre cantase tan bien. Él no solía cantar las canciones, él las silbaba y las tatareaba. Fue un lujo, y un regalo para mi, el poder escuchar ese chorro de voz que salía de la garganta de mi padre en esos momentos en los que su debilidad física era tan evidente.